La política comercial internacional es un componente central de cualquier modelo de desarrollo, especialmente en el mundo globalizado actual. Esa política puede contribuir al crecimiento económico al expandir los mercados para nuestros productos, incentivar mayor competitividad y diseminación del conocimiento técnico, además de asegurar un flujo de divisas que permite adquirir los bienes que el país requiere y sostener el sistema monetario. Puede adicionalmente contribuir a la reducción de la pobreza y el desarrollo humano por medio de la generación de empleo y por ende de ingresos y por esa vía mejorar acceso a nutrición, educación y en general a mejores capacidades. También apoya el desarrollo humano por vía de recaudación impositiva y puede favorecer gasto público en política social. Obviamente, mayor inversión en política social de calidad: educación y salud por ejemplo, pueden contribuir a que un país tenga una fuerza de trabajo con mejores destrezas y más capacitada para realizar operaciones productivas complejas. Hay, como dice el PNUD, una relación de doble vía entre desarrollo humano y comercio.
La evidencia de América Latina demuestra al menos dos cosas: que hay una relación fuerte entre política comercial activa y crecimiento económico, como demuestran los casos de Perú, Colombia y Chile entre los países de la región, ni que hablar de países lejanos como China.
Segundo, que si queremos que el comercio apoye desarrollo humano, es necesario impulsar políticas activas y de calidad en campos como la educación, como lo hacen Chile o Costa Rica.
Una política comercial activa implica al menos cuatro dimensiones interrelacionadas: negociaciones que permitan estabilizar mercados con los que se tiene una relación de complementariedad (Estados Unidos, Unión Europea, Canadá, Rusia) o a los que se busca ingresar (China o India). Estos acuerdos o tratados son fundamentales porque equiparan las condiciones de acceso que a ese mercado tienen otros países. Sin embargo, ello es totalmente insuficiente si no hay una agresiva política de apertura de mercados para nuestros productos. Si no se asegura que nos compren, lo más seguro es que el otro país llene nuestra despensa. Esto requiere fuerte colaboración público-privada; no hay otra forma de hacerlo, pues las empresas por sí solas difícilmente lograrán entrar a mercados tan difíciles como los asiáticos, sin el apoyo promocional del Estado.
También resulta fundamental generar un mejor ambiente interno para hacer que nuestros productos sean competitivos. Aquí nuevamente la acción del Estado es fundamental. Ello va desde mejor funcionamiento de las instituciones relacionadas al comercio internacional: aduanas, sanidad agropecuaria y pesquera, celeridad de trámites, flujos de los sistemas de pagos internacionales para citar algunos, hasta buenas carreteras, costos de la electricidad y apoyo a la investigación tecnológica. Por último, es necesario inversión en desarrollo humano, educación principalmente, pero también incentivos para vincular activamente a los pequeños productores y Pymes al comercio internacional.
Si evaluamos la política comercial de nuestro país desde estos cuatro parámetros, el balance es descorazonador. Estamos atrasados en negociaciones, no hay una activa colaboración público privada para abrir nuevos mercados para los productos estrella, cuya lista no se conoce (me pregunto, por ejemplo, cuántas misiones mixtas se han hecho a la India e Indonesia después del viaje presidencial), la modernización de las instituciones de comercio exterior va lento y la inversión en desarrollo humano o incentivos a las pequeñas empresas para involucrarse en el comercio exterior, no es todavía una preocupación de los responsables pú-blicos.