martes 29 de enero del 2008 Columnistas

Guayaquil DM

La idea de la distritación metropolitana de las grandes ciudades no es del todo descabellada, es más, puede ser una adecuada herramienta para el desarrollo y el autogobierno de los pueblos. Como bien lo recoge EL UNIVERSO en su nota del 22 de enero, esta ha sido una idea que se maneja en otras grandes ciudades como Bogotá y Lima, con un aproximado de 7 y 8 millones de habitantes, respectivamente. Esto, en principio, ha permitido democratizar el poder –delimitando los centros de elecciones en lugares determinados de los núcleos urbanos– y una mayor y más directa rendición de cuentas. Sin embargo, es necesario hacer algunas puntualizaciones:

La distritación metropolitana responde, en esencia, al mismo ideal de la descentralización política, esto es acercar el poder del centro a la periferia y ponerlo más cerca de los ciudadanos. En este sentido, el primer y más importante paso es descentralizar el poder del Estado central a los entes seccionales. Para ilustrar podemos imaginar una escalera de cuatro escalones, en el primer y más alejado peldaño se encuentra la mayor cantidad de poder –que reside en el Estado central–, en el segundo peldaño se encuentra el poder de las provincias, en el tercero el poder de los municipios y en el cuarto el de las parroquias, cada una con una menor proporción que la anterior.

¿Sería sensato organizar el poco poder de decisión que manejan los municipios, cuando en realidad la mayor parte de la toma de decisiones se hace a nivel del Estado central? A mi juicio es más urgente repartir el poder del Estado central bajo la indisoluble unidad del Estado ecuatoriano, de manera que permita a cada región autónoma –sean estas provinciales, cantonales o mixtas– gestionar sus propios intereses. Luego, una vez que parte significativa del poder se encuentre en las provincias o en los municipios, se puede llegar a un proceso de segunda o incluso tercera descentralización.

Esta idea de distritación también debe conectarse con la vieja propuesta de los distritos electorales, que buscan encontrar representantes directos de la población para el Congreso Nacional en cada uno de los distritos creados para el efecto. De la misma manera que este fenómeno puede sufrir un abuso conocido como guerrimandaje –en inglés gerrymandering, en honor al gobernador de Massachusetts, Elbridge Gerry–, la creación de los distritos metropolitanos llevada a cabo maliciosamente puede desembocar en el mismo vicio. Este abuso en la distritación implica la formación de distritos al antojo del gobernante de turno con el exclusivo objetivo de dividir a los eventuales electores de la oposición en varios y diferentes distritos.

Producto de esa división de la oposición se facilita lograr una mayoría afín al gobernante, en la mayor cantidad de distritos. El clásico ejemplo sucedió en el año 1812 en el estado de Massachusetts, Estados Unidos, donde los demócratas jeffersonianos crearon absurda y arbitrariamente un distrito en forma de salamandra que dividió el voto de la oposición y les permitió ganar las elecciones al senado.

Son precisamente estos abusos los que se deben evitar en una eventual distritación de Guayaquil y asegurar que no esté dirigida a dividir a la población con base a su afinidad política. Es necesario enfatizar que lo más urgente para el Ecuador es democratizar el poder del Estado central hacia las regiones autónomas y luego, una vez que exista más materia sobre la cual decidir, entrar en un proceso de segunda descentralización o distritación metropolitana.
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