En el siglo 18, las medicinas se vendían en las pulperías, a “receta” del dueño del negocio o por consejo de alguna comadre del vecindario. Algunos medicamentos eran en polvo, otros líquidos, cocciones o infusiones.
Esa tarde antes de solicitar un pedido, me dediqué a curiosear por la sección de libros y revistas de una farmacia de un centro comercial.
Fue cuando observando una colección de viejas fotografías fui recordando boticas ya desaparecidas y también historias de cómo se curaban antes las enfermedades invernales en Guayaquil.
Habría que comenzar diciendo que en la ciudad, las primeras noticias de un boticario, datan de 1683 cuando el doctor Alonso Preciado registró su título en el Cabildo.
En esa época, las medicinas se vendían en las pulperías, a “receta” del dueño del negocio o por consejo de alguna comadre del vecindario.
A finales del siglo XVIII, habían tres boticas: la del hospital, las de Pedro Gaudino e Ignacio Hurtado. Un tanto exóticos eran los nombres dado a los medicamentos, por ejemplo, un vermífugo era conocido como aceite de serpiente.
Para embarcarnos en un viaje hacia el pasado de las boticas y las costumbres que giraban en su torno, lo mejor es conversar con Cristóbal Loor Macías, presidente de la Asociación de Farmacias, Boticas y Droguerías del Guayas, él gratamente recuerda cuando el preparador elaboraba lo que el médico prescribía con fórmulas ya diseñadas. Pero en los últimos 50 años, esas farmacias tradicionales fueron desapareciendo. En ellas, el mortero que servía para machacar, triturar era de piedra, cerámica, vidrio o mármol.
Algunos medicamentos eran en polvo, otros líquidos, cocciones o infusiones cuando la base era la herbolaria (hierbas, raíces, etcétera).
“Al médico farmacéutico le está prohibido fallar. Otro profesional puede equivocarse en juicios, cálculos, decisiones, pero el error de un boticario es fatal porque el paciente se va directo al cementerio”, asevera Loor Macías y evoca esas boticas con bancas para que la gente esperara pues la preparación de un medicamento podría demorar una o dos horas. También se exhibían envases de vidrios que eran de ámbar oscuro para proteger las sustancias médicas del clima.
Durante estos meses de invierno, enfermedades y pestes azotaban a la Costa. Era cuando las boticas tenían gran demanda de medicamentos.
Numerosas personas venían del campo donde no existían médicos ni farmacias. En haciendas, ingenios, aserraderos se producían accidentes y enfermedades. Por eso, las tiendas de abarrotes de ciertos pueblos ofrecían medicamentos.
Un anciano que está en la botica de Cristóbal Loor comenta que en esos tiempos, era común escuchar: “¿Adónde se va compadre? Voy a repararme a Guayaquil”, contestaba el otro. Queriendo decir que iba a mejorar su afección, su estado de salud. También cuando un parroquiano llegaba a la botica, pedía: “Quiero que me de algo para dolores de encuentros”.
Es que la mujer se levantaba desde muy temprano a rayar, cocinar, lavar. Labores domésticas en las que empleaba la fuerza física. Por su parte, el hombre acarreaba agua y leña, montaba caballo durante largas jornadas. Lo que daba lugar a los dolores y “los encuentros” eran las articulaciones, la cintura, las caderas, las rodillas, los tobillos, los hombros. Para esos dolores había obleas, ungüentos o pomadas.
También los emplastos, ahora en desuso, eran para el mal de ojo, los nervios, el vahído –así llamaban al desmayo–, la jumera, mareos, vómitos, etcétera.
Otra expresión era: “Doctor deme algo que se me va la respiración, se me va la vida”. Entonces le recetaban: Tónico Muscular o una gaseosa como la Coca-Cola que era una especie de los actuales energizantes.
Cuando la causa eran los parásitos entraban en acción los vermífugos a base de paico. Entonces se armaba la guerra para que los niños tomaran jarabes cuyo olor espantaba. Para las deficiencias había el aceite de bacalao, y la emulsión de Scott.
Ahora lo difícil es adquirir los medicamentos. “La gente llega a las farmacias con la receta, quiere comprarla pero no puede. En las farmacias –testimonia Cristóbal Loor– somos como un confesionario donde llega la gente ha quejarse. Esa tarde cuando está listo mi pedido, soy desalojado del pasado, de esas historias guardadas en envases de vidrio ámbar oscuro y tapón de colcho.