Mucho antes de que Mike Huckabee perdiera alrededor de 50 kilos, hacía campaña en este pueblo de mil habitantes y les echaba el ojo a los suculentos pies en el acogedor restaurante Bear City Diner. Los clientes ahí también han experimentado de cerca la elocuencia de Bill Clinton.
Ninguno de los dos hombres es un misterio en ese punto en el mapa —un pueblo que no es mucho más que un aserradero junto a las vías del tren y unas casas de apariencia desgastada— y los electores les han tomado simpatía a ambos hombres, uno un demócrata centrista y el otro un republicano conservador religioso.
Igual que generaciones de políticos de Arkansas que los antecedieron, los dos ex gobernadores han ejercido su oficio por todos los rincones del pequeño estado, donde la historia ha creado una mezcla poco común de conservadurismo del sur de Estados Unidos y populismo del oeste.
Esa preparación dice mucho del veloz ascenso de Hu-ckabee en la contienda por la nominación republicana a la Presidencia de Estados Unidos.
Otros estados producen sus propios populistas campechanos. Pero pocos los han sometido a un escrutinio tan implacable y a pruebas tan constantes como Arkansas, estado de 2,7 millones de habitantes, geográficamente compacto, étnicamente homogéneo y políticamente diverso. Arkansas, en el sur central de Estados Unidos, es dos veces más rural y pobre que el promedio nacional, en el lugar número 47 de ingreso per cápita, y durante gran parte de su historia se mantuvo al margen del Estados Unidos.
Es hasta cierto punto un misterio para los observadores políticos de Arkansas cómo es que su estado ha cambiado esta relación en décadas recientes y le ha dado a Estados Unidos políticos que lo dirigen, o que aspiran a hacerlo.
Clinton, y luego Huckabee, se pusieron a prueba con algunos de los electores más duros que hay: religiosos practicantes y conservadores, aunque recelosos de la riqueza concentrada y dispuestos a acoger a los paladines de los menos poderosos.
En la práctica, los dos gobernadores alcanzaron posiciones similares, en términos generales, mientras gobernaban pragmáticamente desde el Palacio de Gobierno en Little Rock. Clinton expresó su respeto por los valores de los religiosos practicantes, lo que le permitió seguir una agenda reformista moderada, mientras que Huckabee, como predicador bautista del sur, tuvo la libertad de buscar reformas similares sin que su conservadurismo fuera puesto en duda.
Los temas divisivos fueron mantenidos muy en el fondo, si es que siquiera eran tocados, durante la era de Hu-ckabee. “El conservadurismo social se daba por sentado”, dijo Ben F. Johnson III, historiador de la Universidad del Sur de Arkansas, en Magnolia, y no necesitaba ser demostrado.
En pocas palabras, una ideología rígidamente consistente no es lo más exitoso en Arkansas.
En el condado de Ouachita no hay misterio acerca de la figura nacional más reciente del estado.
“Para empezar, es tan común y corriente como yo”, dijo Jim Lusby, dueño de Bear City Diner, al explicar por qué planea continuar con su apoyo a Huckabee, de la misma manera en que apoyó a Clinton.
“Tiene los pies en la tierra”, dijo. “Apuesto a que Huckabee es más cercano a esa casa rodante que a la Casa Blanca”, añadió.
Se refería a la residencia temporal de Huckabee en una vivienda prefabricada cuando la Mansión del Gobernador fue renovada en 2000. “Así es la gente de aquí: tienen antecedentes austeros”.
Don Parrson, quien administra un restaurante en el centro de Fordyce, ha votado por Huckabee, y también por Clinton, pero comentó que no volvería a votar por Huckabee.
“Ha convencido a otras personas en otros estados: ‘Soy el cristiano que nos sacará de este enredo’”, dijo Parrson entre risas. “Pero nosotros sabemos la verdad que hay debajo de eso”.