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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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Oropel |
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En tiempos de fin de curso escolar y graduaciones, vuelvo a plantearme el sentido de la palabra éxito. Veo a muchas personas tan afanadas en el lado externo de las cosas, en la sobredimensión de las ceremonias, los vestuarios y las fiestas que parecería que el dichoso término se inserta más en formas sociales que en su verdadero significado.
Si se trata solamente de llegar al “fin o terminación de un negocio o asunto” como dice el DRAE en su tercera acepción, no importaría tanto la calidad del producto que llega a ese fin, los medios que se utilizaron durante el recorrido. Pero en los casos de culminación de estudios o de etapas de la vida, se exige mucho más para reconocer el éxito. Esperamos límpidos procesos ajustados a las normas y a la ética; valoramos los esfuerzos que se realizaron para llegar a una meta; estamos deseosos de apreciar las destrezas y los conocimientos adquiridos en el camino. Insisto, entonces, en las mismas palabras, requerimos de la calidad del producto.
Aclaro, eso sí, que es desagradable utilizar la palabra producto para referirse a seres humanos, pero vivimos tendencias que han trastornado muchas maneras de decir las cosas (siempre me resistiré a ver en estudiantes y pacientes, por ejemplo, la mera posibilidad de llamarlos y sentirlos como “clientes”). Valga, entonces, excepcionalmente, la expresión “producto” para aludir a los miles de estudiantes que cierran una instancia del proceso educativo, ahora, o la culminan. Y para preguntarnos sobre su calidad, que lleva implícitas observaciones a nuestro sistema educativo.
¿Serán productos que dejaron atrás el memorismo, el aprendizaje pasivo?, ¿aprendieron a razonar, a investigar, a expresarse con solvencia oralmente y por escrito?, ¿se vincularon a su medio, se asomaron a los problemas del Ecuador y del mundo?, ¿adquirieron hábitos de lectura?, ¿alimentaron su curiosidad?, ¿recibieron ejemplo de conducta solidaria y transparente y empezaron a practicarla? Allí están las preguntas sonoras y acuciantes, a ratos, angustiantes. De inmediato recibiremos a las nuevas hornadas en las universidades y se entablarán los inevitables juicios. Y continuaremos tapando los huecos de una escala que se ha acostumbrado a echar las responsabilidades al nivel anterior.
Lo cierto es que es este un mes lleno de zozobra para el sector educativo del régimen de Costa. Apréciese si no el caudal de trámites en la Dirección Provincial de Educación, cuando si la meta de una familia es que los hijos aprueben los cursos a como dé lugar, la desconfianza en el plantel que han elegido para ellos, se vuelca en las solicitudes de recalificación, verdaderamente oportunistas. O adviértase los desesperados diálogos de los padres de familia –que jamás visitaron el establecimiento a lo largo del año– con autoridades y profesores para “solucionar” los problemas.
Me temo que hay un cierto vano triunfalismo en muchas celebraciones de auténtico oropel. Con ojos ciegos a endebles realidades educativas –que provienen de muchas fuentes y responsabilidades– se alzan copas para brindar sobre una soterrada cadena de mediocridad. |
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