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Edición del DOMINGO 13 de Enero del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Salzburgo y su patrimonio mejor guardado
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Niño prodigio: retrato Mozart con nido de aves de John Zoffany, 1764/65.
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Texto: Reinaldo Cañizares, especial para La Revista en Salzburgo

El pianista y director del Conservatorio Rimsky-Korsakov en Guayaquil, descubre los tesoros de la increíble infancia de Mozart, en una visita a la Casa-museo del genio.

Llegamos  a la Casa-Museo en la que vivió la familia Mozart en su natal Salzburgo, pero no era este nuestro destino final sino tan solo nuestro punto de encuentro. Con una breve llamada al celular de Clementine Neuray, directora de orquesta que en esta ocasión hacía las veces de traductora, el profesor Reinhart von Gutzeit, rector del Mozarteum (Universidad de la Música en Salzburgo), nos comunicaba que todo estaba listo.

Habíamos pasado una mañana formidable en su despacho, el rectorado, junto a Clementine y a Peter Krakauer, jefe del área de Musicología del Mozarteum.  Mi “visita oficial” había derivado en una fraternal y apasionada discusión musicológica entre colegas sobre los más diversos temas, llenos de experiencias y de anécdotas, que de manera natural fluyó hacia un recorrido por aquellas aún flamantes instalaciones monumentales, seguido de un reconocimiento exhaustivo de su nueva y muy moderna Sala de Conciertos.

Esta última tiene inmensos cristales detrás del escenario que circunscriben al artista en una panorámica y magnífica vista de los jardines del palacio Mirabell, coronando todo esto con un sustancioso almuerzo salzburguez en el que topando el tema ineludible el colega rector resolvió: “no puedes irte sin ver eso... Yo lo arreglo”.  Y lo hizo.

Ya en el lugar nos esperaba la legendaria frau Geneviève Geffray. Baja de estatura, elegantemente vestida y con ojos llenos de vida, Geffray, una autoridad en el tema mozartiano, ofreció en octubre del 2005 su conferencia sobre el tema, en la Casa-Museo Mozart, para la Cumbre en Salzburgo de los presidentes federales de Alemania, Liechtenstein y Austria, que contó con la asistencia de su Serenísima Alteza la princesa Alois y de su Alteza Real la princesa Sophie de Lichtenstein, así como con herr Gabi Burgstaller, gobernador de Salzburgo.

Dos años después, durante el Año Mozart, en el 2006, fue la encargada de recibir con igual finalidad al Comité de las Artes del Parlamento Europeo y a la delegación de ministros extranjeros.

Siendo guiados por esta ‘personalidad’ de Salzburgo el guardia obvió la revisión de rigor y tras abrir la puerta de barrotes de hierro nos condujo por un pasillo a una cámara pequeña donde debimos dejar nuestras pertenencias para de allí, por un ascensor, descender hasta un piso inferior, subterráneo, a otra cámara menor, donde nos esperaba una gran puerta blindada con contraseña y combinación. El guardia nos acompañó en todos nuestros movimientos.

Se abrió lentamente la gran puerta y a la vista quedó un salón abovedado, color vino y blanco, profusamente iluminado.  Dispuestas junto a las paredes, a manera de mesas, estaban las pequeñas vitrinas negras, horizontales, y dentro de ellas el tesoro mejor guardado, el santasanctórum de la Meca (Salzburgo) del Culto Mozartiano... los manuscritos de W. A. Mozart, ¡desde niño!

Vedados a los ojos del público y custodiados las veinticuatro horas del día, los manuscritos son mantenidos en condiciones de humedad, iluminación y temperatura especiales. La Cámara de los Manuscritos solo se abre a los huéspedes ilustres (según reza incluso la voluminosa publicación del 2006 de la Internationale Stiftung Mozarteum, de Salzburgo) en ocasiones especiales.

En las vitrinas estaban las primeras páginas de música, manuscritas de W.A. Mozart, a los 5 años de edad. Con las flecas (ganchos) de las notas al revés. Posteriores obras mayores, las primeras páginas de su Fantasía y Sonata para piano en do menor, su Cadenza para el Concierto en si bemol mayor K.238, cartas, juegos de palabras, páginas pautadas en las que la mente del compositor alterna la creación musical con el control de sus finanzas, números, pequeños dibujos, progresiones geométricas, más juegos de palabras y cartas... varias cartas: a Leopoldo y de Leopoldo, su padre, y una agenda.

No deja de ser curioso ver cómo la caligrafía musical y literaria de Mozart cambia con los años y termina pareciéndose tanto a la de su padre... Uno solo de estos fragmentos de cartas, tan solo una pequeña hoja manuscrita, le costó al Archivo más de 300.000 euros y llegó a pagar luego 1’200.000 por unas pocas hojas más.

La observación rigurosa de estos manuscritos y su explicación minuciosa  en la tenue y pausada voz de frau Geneviève, simultáneamente traducida por Clementine, prolongaron nuestra visita hasta que oscureció.

Un breve retoser del guardia nos volvió “a tierra”. El proceso de salida fue lento, reverente. La puerta blindada era muy gruesa y muy pesada, la combinación, las aldabas… todo aquello exigía su cuota de tiempo.

Nos despedimos en la escalera que conduce al espacioso departamento en que la familia Mozart habitó por muchos años y salimos para recorrer Salzburgo en silencio. El termómetro marcaba 10° bajo cero.


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