Contesto puntualmente el correo electrónico que me llega a diario. Cuando varias personas expresan la misma angustia pienso que vale la pena dedicarles un artículo. Suelen ser mujeres aunque de repente aparezca un hombre con inquietudes parecidas. Frente a mis ojos tengo aquel párrafo: “Le escribo como último recurso, pues no sé qué hacer. Nosotras fuimos criadas bajo la religión católica, pero mi hermana ha perdido la fe en Dios, dice que la ha olvidado, que la castigó demasiado, le ha quitado su razón. Ha tratado de quitarse la vida. No quiere hacer terapia con psiquiatras ni psicólogos. Mi hermana tiene el alma partida de tanto dolor. Por favor, ayúdeme, ¿cómo se puede salvar un alma?”.
Lo que siento al leer aquello es impotencia: no soy psiquiatra, me mueve la empatía, hago mío este dolor, lo puedo palpar, experimentar en carne propia, llega a quitarme el sueño, busco inconscientemente una respuesta, la palabra mágica imposible de hallar. ¿Qué debo decirles a Betty, Anita, Berenice y otras desparramadas en Ecuador, España o Estados Unidos? Cuando se muere un ser amado –esposo, esposa, hermano, hijo, nieto, madre– el mundo se detiene, uno pierde conciencia del tiempo que transcurre, la vida se vuelve pesadilla entre condolencias, abrazos, recuerdos que azotan como latigazos. Leo ahora el mail de Clotilde (perdió a su hija y a su hermana en un accidente automovilístico). Me moretea el alma aquel desconsuelo: “Quiero morirme... quiero que me ayude, pedirle a usted su consejo, quiero que me dé fortaleza”.
Volver a vivir cuando acecha la muerte es tarea difícil. La fe en Dios, la creencia en otra vida ayudan más que cualquier otro consejo, pero el alma a punto de naufragar empieza a pedirle cuentas al cielo. El agnóstico tiene como único camino diluir su propio dolor en el de los demás, esperar con todo el corazón que los creyentes estén en lo cierto. Pienso que estamos en la tierra para superar con una vida intensa la fatalidad de nuestra propia muerte. Es el milagro del humanismo.
¿Volver a enamorarse? También resulta difícil si brota la sensación de ser infiel aunque el ser amado haya desaparecido para siempre. Quedan los recuerdos, grita cada objeto, rezuma la tristeza, exuda la pena, mana a través de los poros la caricia recordada. Uno experimenta a la vez el deseo de un beso, el calor del abrazo y solo encuentra la vanidad del gesto. El psiquiatra aconseja cambiar de casa, no mirar fotografías, ilusionarse otra vez, pero lo que más hacemos es construir un santuario con todas las vivencias, objetos entrañables, cenizas, cabellos, cositas inútiles que nos trastornan. Entonces, ¿qué puede aconsejar este ingenuo columnista si no logra solucionar sus propios dilemas? Quizás mirar a nuestro alrededor, ver que el sol aparece cada día, que las plantas nos saludan en el jardín, las aves cantan en el balcón, aun teniendo un ala rota, existen seres mil veces más golpeados que nosotros, hombres torturados hasta perder la razón, seres humanos que gritan su dolor en cualquier hospital, en cualquier trinchera. Vivir es amar, cueste lo que cueste. |