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Los rehenes de Colombia

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Enero 11, 2008

Diario de un reportero - BBC Mundo | Miguel Molina

El siglo comenzó con la historia de Elián González, quien de niño náufrago se convirtió en niño trofeo, en niño de la discordia entre los cubanos de un lado y los cubanos del otro. Entonces dije que la historia lo absorbería, y así fue porque la memoria es débil y selectiva.

Y para mí este año se inicia con la historia de Juan David Gómez o Emmanuel Rojas, un niño que nació cautivo de las proscritas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, hijo de una rehén y de un guerrillero, concebido quién sabe cómo en la selva, y –como Elián González- convertido en niño trofeo gracias a las historias que contaron los medios y las maniobras que hizo la política.

Pero la historia que simboliza Emmanuel, como la que simbolizó Elián, está en otra parte.

Quién puede confiar en las FARC

Todos sabemos a estas horas que las FARC ofrecieron liberar a tres y sólo a tres de los cientos de rehenes que tienen en su poder, como muestra de desagravio al presidente de Venezuela Hugo Chávez, porque el presidente de Colombia Alvaro Uribe desautorizó su mediación con los guerrilleros.

Liberaron a dos. Clara Rojas y Consuelo González.

Unos sostienen que la primera vez, en diciembre, el propio ejército saboteó la entrega de los rehenes con operativos militares en la zona y la fecha en que los venezolanos recibirían a los cautivos. Otros dicen que sólo fue coincidencia…

Viéndolo bien, lo que simboliza el escándalo de la entrega de rehenes es el estado de cosas en Colombia y en otras partes de la región.

En primer lugar está el hecho indiscutible de que las FARC son un grupo que nació bajo la bandera de una lucha ideológica y descendió a la delincuencia común marcado por el narcotráfico y el secuestro.

Uno entiende que el presidente de Venezuela haya intentado negociar con ellos, porque es uno de los escasos interlocutores que le quedan a las FARC en la región y tal vez en el mundo, y porque la mediación le otorgaría a Hugo Chávez valiosos puntos políticos ante Washington y ante Bogotá, además de permitirle aparecer como una voz de cordura en el resto del continente.

Lo que habría que ver es quién más está dispuesto a negociar lo que sea con las FARC, quién estará dispuesto a creer lo que le digan, a confiar en lo que ofrezcan.

Lo que habría que ver es quién estará dispuesto a negociar con narcotraficantes y delincuentes comunes, que sin rehenes no tendrían nada o tendrían muy poco para presionar al gobierno colombiano.

Lo que se puede ver es que la atención se desvió de los rehenes a la pugna entre Uribe y Chávez, como si la intervención del venezolano y la molestia del colombiano fueran más importantes que las vidas de los prisioneros.


Ni la comunidad internacional ni nadie

Quizá esta historia simboliza también el estado de cosas en América Latina.

La comunidad internacional –ese vago nombre que presupone un vago conglomerado de países con intenciones comunes- no ha podido hacer mucho para evitar medio siglo de atrocidades en Colombia.

La Organización de Estados Americanos, que se presenta como adalid de los valores democráticos, representante de la voz de la sociedad civil, vigilante en la lucha contra la corrupción y el narcotráfico y otras cosas, no tiene ni el peso ni la autoridad políticos –y mucho menos los medios- para intervenir de manera directa en la solución del serio problema que representan las FARC.

Uno pensaría que el de las FARC, el de sus primos del también proscrito Ejército de Liberación Nacional y el de sus hermanastros paramilitares de las Autodefensas Unidas, han dejado de ser únicamente asuntos internos de Colombia.

Hay indicios que sugieren que los paramilitares de extrema derecha sirvieron a intereses políticos para ensuciar una guerra que nunca fue limpia, porque el camuflaje ideológico de los rebeldes no duró mucho tiempo. Pero unos pistoleros no sacan a otros.

A finales del siglo pasado, el presidente Ernesto Samper (cuyo gobierno se vio involucrado en acusaciones de corrupción con fondos del cartel de Cali) declaró a las Naciones Unidas que el narcotráfico era un problema internacional y pidió ayuda internacional para hacerle frente. No le hicieron caso, y no pasó nada.

Pese a los antecedentes, el canciller de Colombia Fernando Araújo declaró esta semana que su gobierno no aceptará nuevas comisiones internacionales para negociar o recibir a rehenes, “porque no conocen la situación colombiana ni a las FARC”.

Argentina respondió con sorpresa al débil argumento del diplomático. Quién sabe qué habrán hecho los gobiernos de Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Francia y Suiza, que también participaron en la comisión. Quién sabe qué pensará ahora el propio Araújo.

Es claro hasta ahora que el gobierno de Colombia no puede ganar la batalla ni contra el narcotráfico ni contra los grupos armados, aunque conozca la situación colombiana y a las FARC.

En la paz como en la guerra

Pero sobre todo esta historia simboliza la paradoja que vive Colombia a través de los rehenes.

Unos fueron secuestrados por los rebeldes, otros viven en zonas controladas por los rebeldes, y los demás temen los coletazos de la violencia.

Las vidas de todos se han visto seriamente afectadas –ahora o antes o después- por fuerzas que nadie puede controlar, al menos en el país. Sería necio negarlo.

Como el niño Emmanuel, hay muchos que nacieron y viven bajo la sombra de la amenaza, a la vera del peligro, ante el cañón de un arma. Como al niño Elián, la historia parece haberlos absorbido. Pero todos somos o podemos ser ellos.

Y como el resto del mundo, uno se acuerda de ellos, y de los otros, sólo cuando se vuelven noticia, que hasta ahora ha sido buena sólo para dos de ellos.

Lo que uno piensa cuando ve el caso del niño Emmanuel es que el conflicto se ha reducido a la esperanza de que los cautivos salgan con vida.

No se puede uno imaginar qué otra cosa puede exigir el gobierno colombiano, ni puede uno imaginar qué pueden ofrecer los rebeldes.

Tampoco se puede uno imaginar cómo vivirán en la paz -que hasta ahora ha sido elusiva- quienes llevan años viviendo en la guerra.

Quien resuelva las incógnitas que ofrece la paz habrá avanzado en la solución de la guerra, una tarea muy importante como para dejarla sólo en las manos de los políticos.


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La Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol) organiza un seminario sobre ‘Tributación básica’, que se desarrollará en el campus de Las Peñas los próximos 11 y 12 de enero.
Horario: 08:30 a 17:30.
Informe: 253-0354.

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