viernes 04 de enero del 2008 Columnistas

Cancillería y comercio exterior

La Ministra de Relaciones Exteriores, en entrevista concedida a este Diario la semana precedente, señaló que “a partir de que la Cancillería se encargó del comercio exterior hay un déficit en esta área”, y que los más de 700 diplomáticos que prestan sus servicios “son funcionarios con un perfil diferente y enfocados en la representación fuera del país”, agregando que existen partidas para designar a nuevos funcionarios que “deben tener un perfil más comercial”.

Concuerdo con la Ministra, y precisamente eso fue lo que manifesté a su antecesora en el mes de julio último en una reunión que tuvimos con ella varios articulistas en la Fundación EL UNIVERSO, pues siempre he creído que para conducir el comercio exterior se requiere de una experiencia más que académica, práctica, de la vida diaria, presente o pretérita, para saber cómo se negocian las compras y las ventas internacionales, y cuáles son los intereses, las razones, los resortes que impulsan a quienes exportan o importan mercancías, sean productos naturales o industrializados. Incluso llegué a decir en esa cita, en un lenguaje coloquial, que me parecía que la diplomacia era muy “acartonada” para manejar los temas mundanos de los negocios entre los ávidos comerciantes o productores del país y del exterior. Por supuesto que en esa reunión hubo opiniones de personas vinculadas con el servicio externo, que no estuvieron conformes con mi observación, pero la discrepancia es aceptable en una conversación amigable, y con mayor razón si cualquier criterio se emite con altura.

Tener el comercio internacional bajo la Cartera de Exteriores fue una vieja aspiración de la Cancillería por la que luchó hasta que la obtuvo hace pocos años, pero nuestros diplomáticos de carrera, la mayoría de ellos excelentes en su especialidad, con gran cultura y don de gentes, han estado sin embargo ajenos –como es casi obvio– al movimiento de los mercados bursátiles de bienes y productos en el mundo, y de las consiguientes transacciones mercantiles dentro o fuera de bolsa. Ellos son diplomáticos, no gestores comerciales.

Cuando me cupo, por corto lapso y hace veinticinco años, estar ligado al comercio exterior ecuatoriano, con una economía que tenía grandes dificultades productivas causadas por un fenómeno de El Niño devastador y por acuerdos regionales que no andaban, sin enfatizar en que hasta comunicarse personalmente de país a país era difícil, en una época en que la internet no existía, pude percatarme de que la Cancillería no era la dependencia adecuada para conducir algo tan dinámico y tan fuera de protocolos y formalismos como los negocios internacionales que exigen inmediatez y soluciones rápidas y pragmáticas.

La Cancillería puede ser de gran utilidad como soporte y facilitadora de contactos y de convenios, oficiales y privados, y una ayuda inmejorable en las decisiones políticas que desembocan en negocios, pero no la rectora del comercio internacional del Ecuador, que debe tener la dedicación exclusiva de una oficina independiente que funcione con dinamia como gran promotora de los productos ecuatorianos, siempre que exista un inventario fiable de artículos exportables y un rígido control de calidad, porque hay que impedir que se exporten bienes desmejorados que perjudiquen al comprador externo y dañen la seriedad del país. O puede ocurrir también que la oferta exportable sea insuficiente y estemos haciendo promociones en el aire.

Las declaraciones de la ministra Salvador me hacen pensar que sabe lo que dice.
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