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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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El círculo, los círculos |
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Una valiosa ex alumna me escribe y me da la pauta para participar en la dramatización del fin de año. Quiero decir, en la representación, en la puesta en escena, en la comedia. Que no suene despectivo, trato de referirme al hecho de repetir actos a conciencia (y eso se hace cada vez que los actores representan). Me dice mi generosa dialogante que el tiempo dividido en años nos produce la idea –aunque sea engañosa en materia de historia– de iniciar y terminar ciclos. Y la idea vale, más que nada, para la ilusión del empezar y para cortar fases y situaciones dañinas e inútiles.
Visto así, el círculo de un año –que no comienza necesariamente uno de enero ni termina el treinta y uno de diciembre– permite desde el orden, el control y la sanación espiritual. El 2007 debe significar algo muy diferente para el Presidente de la República que para el común de los ciudadanos, por ejemplo, mientras él debe estar haciendo el balance de cuántas de sus decisiones han beneficiado en realidad al pueblo, nosotros, los de a pie, los de la circunstancia cotidiana, hacemos cuentas y ajustes para ver hacia atrás y en perspectiva. ¿Nos equivocamos otra vez en el zarandeado ejercicio democrático?
En uno de esos esfuerzos de síntesis valorativas de un año, me preguntaron por los libros del 2007. Malentendí la pregunta, pero pensé sobre el tema. Y revisando mis apuntes aprecio que he leído mucho este año. La lectura ha sido más que nunca el castillo de todos los refugios y la atalaya desde donde se mira y se entiende mejor la vida. Tengo muchos títulos que señalar (algunos han ido saliendo en esta columna), tal vez valga referirme a algunos para ejemplificar uno de los tantos círculos que pronto se cerrarán. A nuestra avidez lectora llegan ejemplares por muy diferentes caminos: los regalos de los autores y editoriales, los préstamos de los amigos, la compra directa luego de la ingenua pregunta al ingresar a una librería “¿Qué ha llegado?” y como resultado salimos con las manos cargadas.
Desde esas fuentes han sido lecturas felices: Jardín Capelo, de Javier Vásconez; 13,99 euros, de Frederic Beigbeder y El común olvido, de Silvia Moloy. Todas novelas, preferidas por aquello de que este género es el más parecido a la vida. La primera ilustra el vigor de la narrativa ecuatoriana de la promoción madura (me refiero a la edad); la segunda es una diatriba de autor francés contra el lenguaje más peligroso de la posmodernidad, el publicitario; la tercera, una historia de reencuentros con una ciudad olvidada –Buenos Aires–, con una familia que se creía inexistente. Cada una de ellas me atrapó, me obligó a salirme de mí misma y luego, levantó un puente para que regrese, mejor provista, a mi propia aldea.
Ni qué decir de las relecturas que estuvieron centradas en García Márquez por los célebres aniversarios. Pensar que hay gente que devalúa el acto de leer porque supone quietud, detenimiento. Ciegos a los viajes del alma, a las guerras de la imaginación, a las multiplicadas conversaciones con seres virtuales, se pierden la inagotable aventura que brota de las páginas. Yo sigo en lo mío: ya tengo visto el libro con el que abriré el nuevo círculo de lectura. |
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La iglesia bautista Israel invita al público en general a participar del 10 al 15 de febrero de su campamento para adolescentes, y del 18 al 22 de febrero de su campamento para niños, que se realizará en las playas de Manglaralto.
INSCRPCIONES: EN Víctor Emilio Estrada 822 e Higueras. INFORMES: 238-7876 - 238-2201. |
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