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El miedo a la libertad |
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El título de este artículo es el de un hermoso libro de Eric Fromm, que me permito usar porque resume la idea central de esa nota.
La libertad es una de las características de la condición humana y solo de ella, los otros reinos de la creación no la tienen. Es por esto que solo los seres humanos son responsables de sus actos, que entrañan una decisión tomada haciendo uso de su libertad y una vez que se han conocido las opciones.
No en vano, el primer artículo de la declaración de los Derechos Humanos es que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos...”. Los demás, desarrollan y enriquecen esta idea cuando señala el derecho a la vida, a la seguridad, a la educación, a la salud, a la igualdad ante la ley, a la vida privada y a algunas libertades explícitamente mencionadas como “el derecho a circular libremente”, el “derecho a la libertad de pensamiento”, el “derecho a la libertad de opinión y de expresión”, el “derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas”.
Pero hacer buen uso de la libertad nos es fácil, hay que aprender no solo a ejercerla, sino a aceptar las consecuencias de su aplicación. Y no solo es difícil ejercer la propia libertad sino, también, aceptar la de los demás, aunque constituya una limitación de la propia.
El camino hacia la libertad no es fácil y entraña riesgos, pero solo aceptándolos se crece como ser humano y como pueblo. A veces, justificándose en evitar los riesgos, se limitan las libertades de los otros, lo hacen los padres cuando quieren que sus hijos permanezcan para siempre bajo su autoridad porque “saben lo que es bueno para ellos”, lo hacen los jefes cuando no admiten la opinión de sus colaboradores, ni siquiera para rectificar un error, lo hacen los gobernantes con vocación mesiánica, cuando limitan la libertad de los ciudadanos que no comparten sus criterios o su estilo de hacer las cosas. En el fondo esas limitaciones a la libertad de los otros, a veces, solo ocultan una gran inseguridad y el temor a ver amenazados sus criterios y decisiones, o lo que es casi lo mismo, un profundo temor a ver disminuido su yo. De casos como estos está llena la historia de muchas personas y de muchos pueblos.
Por esto, en estos días en que todos hacemos propósitos, propongo el de trabajar por hacer realidad el derecho a la libertad propia y ajena, personal y colectiva, recordando un texto que se le atribuye a Bertold Brecht, pero también a otros autores:
“Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque yo no era. Enseguida se llevaron a unos obreros pero a mí no me importó porque yo tampoco era. Después se llevaron a los sindicalistas pero a mí no me importó porque yo no soy sindicalista, luego apresaron a unos curas pero como yo no soy religioso tampoco me importó. Ahora me llevan a mí pero ya es tarde”.
Que en el 2008 se cumplan sus propósitos, amables lectores.
No en vano, el primer artículo de la declaración de los Derechos Humanos es que “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos...”. |
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