Ojalá que los niños sí disfruten esta Navidad! Y no digo esto porque crea que las circunstancias del mundo o los problemas de nuestros países pueden amargarles esta festividad tan especial, sino porque el estilo de vida en el que están creciendo se las puede arruinar.
Hace un par de años por esta época, la revista Time publicó un artículo en el que anotaba que muchos niños no tenían qué pedirle al Niño Dios como regalo de Navidad, porque tenían todo lo que querían y lo que no también. Aunque no le daban mayor importancia al hecho, a mí me pareció terrible pensar que en la infancia, cuando el deseo de descubrir el mundo, de explorar lo desconocido, de entender y conocerlo todo está en su apogeo y hace que los niños tengan muchos más intereses y entusiasmo que nunca, muchos estén tan saturados que ya no haya nada que deseen tener.
De hecho la Navidad también se ha convertido para muchos adultos en una celebración poco anhelada porque implica un exceso de trajín, gastos, trasnochadas y compromisos que nos dejan exhaustos y con el presupuesto desfalcado. Sin embargo, una opción para evitar que las celebraciones navideñas sigan siendo un evento que ante todo beneficia al comercio es revaluar la verdadera intención de esta importante fiesta.
La Navidad es una ocasión para celebrar uno de los hechos más significativos de nuestra historia cristiana y constituye el momento ideal para que los niños aprendan a vivirla como lo que es: el cumpleaños del Niño Jesús y la ocasión en que Él visita su hogar para traer los regalos que todos anhelamos: paz, amor y alegría.
Las festividades y tradiciones navideñas hacen eco a esta ocasión sin igual para que la familia se reúna con el único fin de expresarse el cariño que se tiene. Constituye un paréntesis en la rutina cotidiana que nos ofrece un espacio para que padres, hijos, abuelos, hermanos, tíos y demás allegados se junten a disfrutar de su mutua compañía. En estas fiestas los adultos, tanto como los niños, muestran un rostro distinto, comparten la dicha y reviven la magia de las fantasías de su infancia.
Para hacer de esta una experiencia espiritual inolvidable no hace falta dinero, sino vivirla como la gran oportunidad para dejar una huella imborrable de nuestro afecto en el corazón de los demás, porque les damos, no regalos, sino todo el afecto y aprecio de que somos capaces. Los mejores regalos no agotan nuestros ahorros ni pueden empacarse. Hay regalos que no valen dinero, que nadie pide y que muchos anhelan: un gesto amable a quien se siente rechazado, un “te quiero” a quien parece hostil por su timidez, un favor a tiempo a quien no tiene quien le dé una mano, un rato de compañía a la anciana tía que no puede levantarse de su cama, un “perdóname” a quien permanece resentido, así no tenga razón para ello, una comida caliente al portero o al policía que vigilan la calle mientras nosotros celebramos, o una sonrisa que sirva de luz a quienes no la tienen y contagie nuestra gratitud y entusiasmo por lo mucho que hemos recibido.
Como hay más felicidad en dar que en recibir, una Navidad en estos términos no nos deja el presupuesto desfalcado ni el corazón vacío, porque será un espacio de calor afectivo que nos servirá para “calentar” el alma.