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Edición del DOMINGO 16 de Diciembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Taylor Edwards, ilustre visita científica
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El científico de sonrisa contagiosa posa para La Revista.
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

Galápagos es un lugar para encuentros excepcionales, esta semana, por ejemplo, he conocido al hombre que manipulará mi ADN para descubrir mis ancestros.

Se trata de Taylor Edwards, científico de la Universidad de Arizona que dirige el laboratorio de National Geographic del Proyecto Genográfico.

Nunca se me hubiera ocurrido enviar mi ADN de paseo, pero luego de escuchar una charla en las oficinas de National Geographic en Washington D.C. y de que me regalaran el kit con todas las instrucciones y herramientas decidí probar. Lo único que tuve que hacer fue raspar la parte interior de mi paladar con un cepillito, para luego introducir la muestra de células en un recipiente especial que envié a Estados Unidos.

Un mes más tarde podía chequear en internet la ruta seguida por mis ancestros maternos, la madre de la madre de la madre de mi madre, cuando aproximadamente 40.000 años atrás dejara el Medio Oriente para hacer un largo viaje a través de generaciones hasta llegar, cruzando el estrecho de Bering, a la bella América. Una parte de mis antepasados había sido rastreada. Siendo yo hembra humana, es decir, poseedora de dos cromosomas X, solo podía trazar mi linaje materno. Porque existen dos métodos para reconstruir el pasado de una persona: a través del ADN mitocondrial (que se usa para las hembras) y a través del cromosoma Y (únicamente posible con los machos).

Pequeñísima fracción
Taylor explica con paciencia los procedimientos en su laboratorio. Visualizo cómo los robots de la Universidad de Arizona manipularon los frasquitos contenedores de mi ADN, con la esencia misma de lo que yo soy, cadenas de bases químicas con la información completa de mi presente y de mi pasado. Sin embargo, toda mi individualidad se reduce a menos del 0,1%, ya que el 99,9% del ADN de todos los seres humanos es idéntico; es justamente estudiando esa pequeña fracción que los genetistas pueden definir las diferencias entre nosotros.

Aunque suene gracioso, Taylor llegó al Proyecto Genográfico a través de su amor por los reptiles. Fue su estudio sobre tortugas del desierto de Arizona lo que lo enrumbó en el camino de la biología molecular. Él buscaba respuestas en su afán de promover la conservación de diferentes especies de tortugas; debía clasificarlas y determinar qué tan únicas eran a zonas específicas. Para esto se valió de muestras de ADN y se especializó en un campo nuevo de la ciencia conocido como “genética para la conservación”.

Y como ADN es al fin y al cabo ADN, no importa de qué especie, y ni siquiera si sigue viva o no, Taylor pasó de trabajar con ADN de reptiles a ADN de humanos. Su laboratorio cuenta con 8 técnicos, 2 especialistas en investigación, 14 estudiantes de universidad y 4 de colegio. Recibe entre 1.200 a 4.000 muestras por semana, y hasta el momento ha analizado cerca de 300.000 como parte del Proyecto Genográfico.

Las células que llegan al laboratorio no se utilizan para ningún otro propósito que no sea este proyecto, y todo se maneja con códigos, es decir, el individuo analizado queda en el anonimato.

Proyecto Genográfico se realiza con el fin de completar el mapa que cuenta la historia de cómo nuestros ancestros dejaron África hace 60.000 años para colonizar el resto del planeta. National Geographic e IBM, con el apoyo de la fundación Waitt, llevan a cabo esta empresa bajo la dirección del famoso genetista de poblaciones Dr. Spencer Wells, quien es un cazador de fósiles, pero fósiles que yacen en las células y en la sangre.

Educación ecológica
Existen diez laboratorios en el mundo que recogen muestras de diferentes poblaciones, pero al de Arizona llegan las del público en general. Taylor Edwards tiene tres años en este proyecto, lo que no significa que haya olvidado sus otras pasiones. Sigue dedicado a la genética para la conservación de tortugas, culebras y anfibios. Es presidente de la Sociedad Herpetológica de Tucson y realiza periódicas visitas a escuelas y colegios. “No es fácil hacer que los niños aprecien un animal venenoso, como una cascabel; pero es importante que los chicos aprendan a respetar a los seres del planeta por su valor intrínseco; debería bastar con que existen y por tanto tienen derecho a la vida como todos nosotros. Tal vez no podamos reconocer cada especie de insecto, planta o reptil por separado, pero siempre es posible apreciar su contribución a la magnífica belleza de un lugar en particular”.

Taylor podría hablar por horas, siempre muy claro en sus explicaciones, muy firme en sus convicciones. Cuando le pregunto sobre su interés personal en el Proyecto Genográfico responde: “Me motiva, más que por la investigación en sí misma, por el valor educacional que tiene. Nos muestra cómo todos vinimos de África no hace mucho tiempo y cómo estamos tan cercanamente relacionados, aunque seguro que esto va a herir a algunos. En tiempos en que la tecnología se ha utilizado en cosas algo negativas, como pruebas de paternidad, etcétera, con este proyecto se utiliza más bien para algo positivo, para ver el mundo de una forma unificada. Ahora que, más que nunca, gentes de diversas culturas tienen que convivir en el mismo espacio, es crítico que recordemos que todos somos iguales, que tenemos las mismas raíces”.

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