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¿Infeliz? ¿Autocrítico? Quizá sólo sea perfeccionista

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Diciembre 16, 2007

Por BENEDICT CAREY

Prácticamente toda película de deportes, novela barata de aeropuerto o cinta motivacional regala unas cuantas reglas comunes para alcanzar el éxito: Crea en sí mismo, no acepte un no por respuesta, nunca se rinda y confórmese sólo con lo mejor.

Sobre todo, sea auténtico consigo mismo. Es difícil discutir esas máximas. Parecen evidentes por sí solas.

Sin embargo, varios estudios recientes advierten contra tomar demasiado en serio las obviedades de los logros. Las nuevas investigaciones se centran en un tipo familiar, el perfeccionista, que sucumbe al pánico o la ira cuando las cosas no salen bien. Las conclusiones no sólo confirman que tales puristas suelen correr el riesgo de padecer angustia mental —como ha sido predicho desde hace mucho tiempo por Freud, Alfred Adler e innumerables padres desesperados— sino que también sugieren que el perfeccionismo es un lente valioso a través del cual se puede entender una variedad de dificultades mentales aparentemente no relacionadas, desde la depresión hasta el comportamiento compulsivo y la adicción.

Algunos investigadores dividen a los perfeccionistas en tres tipos, con base en sus respuestas a cuestionarios estandarizados: los luchadores que se orientan a sí mismos y que tienen dificultades para estar a la altura de sus altos estándares y parecen correr el riesgo de padecer una depresión autocrítica; los fanáticos que se dirigen hacia el exterior y que esperan la perfección en los demás, con frecuencia arruinando las relaciones; y los desesperados por vivir a la altura de un ideal que están convencidos que los demás esperan de ellos, lo cual representa un factor de riesgo para el pensamiento suicida y los desórdenes alimenticios.

“Es natural que las personas quieran ser perfectas en unas cuantas cosas, como en el trabajo”, dijo Gordon L. Flett, catedrático de psicología en la Universidad de York y autor de muchos de los estudios.

“Es cuando se generaliza a otras áreas, como la vida en el hogar, la apariencia y las aficiones, cuando se empiezan a ver verdaderos problemas”.

A diferencia de las personas que reciben etiquetas psiquiátricas, los perfeccionistas no luchan contra un estigma ni se consideran disfuncionales.

Al contrario, dijo Alice Provost, asesora de asistencia al empleado en la Universidad de California en Davis, quien recientemente dirigió terapias de grupo para miembros del personal que tenían dificultades con los impulsos perfeccionistas.

“Están muy orgullosos de sí mismos”, dijo. “Y la cultura valora y refuerza mucho sus actitudes”.

La carga de las expectativas perfeccionistas le resulta familiar a cualquiera que haya batallado para poner fin a un mal hábito.

Caiga una sola vez —fume un solo cigarro, tome una sola bebida— y en el mejor de los casos es un “resbalón”. En el peor, es un fracaso. Y si ya ha fracasado, bueno, qué importa si toma una o dos (o tres) bebidas más.

Es por eso que los expertos, desde hace mucho tiempo, han debatido la conveniencia de insistir en la abstinencia como algo necesario para tratar el abuso de sustancias.

O se está libre de drogas o no se está; no hay un nivel seguro de uso. Este enfoque, sin duda, ha funcionado para millones de adictos, pero si los estudios sobre los perfeccionistas sirven de guía, ha socavado los esfuerzos de muchos otros.

Provost dijo que quienes estaban en su programa en la Universidad de California, en Davis, solían mostrar síntomas de desorden obsesivo compulsivo, otro riesgo de los perfeccionistas. No podían soportar un escritorio desordenado. Les resultaba casi imposible dejar una tarea a medio hacer.

Algunos dedicaban un número absurdamente enorme de horas a rehacer tareas.

Como experimento, Provost obligó a miembros del grupo a luchar contra estas tendencias: salga del trabajo a la hora. No llegue temprano. Aproveche todos los descansos permitidos. Deje el escritorio hecho una mugre. Permítase un número fijo de intentos para terminar un trabajo; luego entregue lo que tenga. Los sorprendió que, efectivamente, todo siguió funcionando, y las cosas que tanto les preocupaban no eran tan cruciales”, dijo Provost.


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