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Dos candidatos se foguearon en contienda por el Senado

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Quizás se enfrenten otra vez Rudy Giuliani y Hillary Clinton.
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Diciembre 16, 2007

Por ADAM NAGOURNEY

Para cuando el ex alcalde Rudolph W. Giuliani, de Nueva York, se paró ante una pared de cámaras de televisión en el Palacio Municipal, el 19 de mayo de 2000, se habían agotado las sorpresas.

En el transcurso de tres tumultuosas semanas, Giuliani había sido diagnosticado por los médicos con cáncer de próstata, había anunciado que dejaba a su esposa después de que los tabloides reportaron que él tenía una aventura y ahora, había venido para anunciar su retiro de la contienda por el Senado contra Hillary Rodham Clinton, lo que puso fin repentino a una campaña altamente anticipada.

Los doce meses que precedieron a la salida de Giuliani son tan ilustrativos hoy como fueron fascinantes en ese entonces: un intenso año de escaramuzas mentales, ataques mordaces, contrastes en personalidades y posturas, y metidas de pata, de parte de dos importantes figuras políticas en una atmósfera súper acalorada.

Fue un año en el que tanto Giuliani como Clinton se hicieron de muchas de las habilidades políticas que ahora ven en Estados Unidos mientras hacen campaña por la candidatura presidencial. Fue una época en la que se tomaron la medida como adversarios y fue un capítulo compartido en sus vidas que ofrece una ventana a cómo podría ser una contienda por la Casa Blanca en 2008 entre estos neoyorquinos, en caso de que cada uno gane la nominación de su partido. Una encuesta de New York Times/ CBS News dado a conocer hace algunos días muestra que ellos reciben los mayores índices favorables entre los miembros de sus partidos.

Aquella mañana en la que renunció Giuliani, hace siete años, los dos bandos estaban absortos en los preparativos de campaña.

Después de un comienzo incierto durante el cual Giuliani la mantuvo fuera de base, Clinton había encontrado su manera de enfrentar los ataques por parte del antagónico ex alcalde.

En lugar de seguirle el juego, Clinton se convirtió en la reprobatoria madre de paciencia infinita de un adolescente que siempre se porta mal.

“No puedo responder cada vez que el ex alcalde se enoja”, declaró Clinton, con una sonrisa, mientras hacía campaña en el norte de Nueva York unos cuantos días antes de la Navidad de 1999. “Porque eso es todo lo que haría”.

Más que nada, las primeras etapas de la contienda de 2000 por el Senado brindaron una lección sobre la política de la guerra psicológica.

Giuliani se abalanzó sobre el más mínimo paso en falso de Clinton, al percibir vulnerabilidad en esta candidata nueva y nerviosa. El alcalde, ex fiscal, frecuentemente exageraba las faltas de Clinton y describía ligeramente mal sus posturas, señalan algunos asistentes, en un esfuerzo deliberado por instigarla a corregir la versión que él daba; mientras Giuliani proseguía con su siguiente ataque.

Él se mostró descarado y teatral, al volar a Little Rock, Arkansas, donde Bill Clinton había sido gobernador, para anunciar que ondearía la bandera de Arkansas sobre el Palacio Municipal de Nueva York para destacar el hecho de que Hillary Clinton contendía por un puesto en un estado donde nunca había vivido.

Al anunciar su retiro de la contienda, Giuliani dijo que quería dirigir su atención a combatir su cáncer. Pero algunos republicanos de alto nivel de Washington y asistentes, hoy dicen que semanas antes habían llegado a la conclusión que él había perdido interés en la contienda, en parte porque se había enamorado de Judith Nathan, la mujer que ahora es su esposa con quien en ese entonces tenía un amorío, pero también porque se dio cuenta de que se sentía atraído hacia la campaña más por el placer y la distinción que habrían venido con la derrota de una Clinton, que por la idea de prestar servicio en el Senado.

Con la llegada de la primavera, Giuliani empezó a bromear melancólicamente sobre la vida como un senador novato y la transición de ser jefe ejecutivo a ser uno de 100 senadores.

Se quejaba sobre las obligaciones de la recaudación de fondos, mientras que sus asistentes se sentían cada vez más frustrados por su renuencia a hacer campaña fuera de la ciudad de Nueva York o a discutir asuntos federales.

Mientras sus campañas por las candidaturas presidenciales miran al pasado en preparación para una posible reanudación de su contienda abortada, ambos han llegado a conclusiones similares respecto a su potencial oponente: ocho años mayores y más experimentados, Giuliani y Clinton son mucho más duros y cabales de lo que eran en 2000.

“Hoy es una candidata fantástica”, comentó Frank Luntz, encuestador de Giuliani en 2000. “Hoy en día ella es una candidata endurecida. Ha aprendido cómo convertir a personas que eran abiertamente hostiles a ella, en partidarios”.

Anthony V. Carbonetti, uno de los principales asesores políticos de Giuliani, dijo que la falta de experiencia ejecutiva de Clinton había sido una desventaja crítica entre los electores de Nueva York en 2000, y volvería a serlo con los electores nacionales. “Pero es una persona completamente diferente”, agregó Carbonetti.

“Ahora uno tiene que darle crédito por la experiencia en el Senado. En la actualidad, no es el demonio que era al salir de la Casa Blanca. Yo no la subestimaría en absoluto”.

Asesores de Clinton dicen lo mismo sobre Giuliani. “No voy a discutirle esto: hoy en día parece un candidato más disciplinado”, dijo Howard Wolfson, que trabajó como director de comunicaciones de Clinton en 2000, donde frecuentemente cruzó espadas con Giuliani, y hoy desempeña el mismo papel. “Me sorprende la forma en que ha mantenido controlada su ira”, agregó.

En caso de que se sostenga su estatus como los favoritos nacionales de sus partidos, Giuliani podría tener contra Clinton la pelea que alguna vez deseó. Y en esta ocasión, es por un puesto que parece querer.


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