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Dos hechos relacionados con mujeres en el poder o cercanas al mismo, resultaron singularmente interesantes en el transcurso de la presente semana. El más significativo, desde el punto de vista político, es el que provocó Cristina de Kirchner, flamante presidenta de Argentina, acusando a la FBI de montar una operación “basura” que vincula el famoso maletín venezolano con ochocientos mil dólares con una ayuda directa a su reciente campaña política.
Pero antes de referirme a Cristina de Kirchner, me resultó más curioso el incidente provocado por Lucy Kibaki, primera dama de Kenia, quien protagonizó un hecho por demás significativo. Resulta que su cónyuge, el presidente de Kenia, Mwai Kibaki, es conocido por ciertos devaneos amorosos atribuidos a la presión que tiene en su trabajo, lo cual no llama especialmente la atención a los kenianos, acostumbrados a que sus gobernantes tengan tal tipo de distracciones. Lo que ocurre es que lo que debería ser un secreto bien guardado, nunca declarado abiertamente, se convirtió en una presentación pública con muy graves consecuencias: en una ceremonia desarrollada en los salones de la presidencia, el Secretario General de gobierno era el maestro de ceremonias y el encargado de presentar a los diversos invitados a medida que iban llegando al acto.
Todo estaba bien hasta que apareció la primera dama, es decir la esposa del presidente keniano y el referido maestro de ceremonias tiene un lapsus tremendo y en lugar de llamarla por su nombre, la presenta con el nombre de la amante, entrañable amiga del gobernante africano; en otras palabras no se refirió a ella como Lucy Kibaki sino como la señora Wambui, precisamente su despiadada contrincante. Como ustedes podrán imaginarse, se levantó un impresionante murmullo, la gente no entendía lo que había acabado de oír; quien sí entendió muy bien fue la primera dama, quien ni corta ni perezosa se acercó al infortunado presentador y lo abofeteó rudamente para luego exigir su retiro con el auxilio de la fuerza pública. ¿Hizo bien la primera dama de Kenia al responder de esa manera?, ¿debió haber primado su orgullo de mujer ofendida o en su lugar tenía que haber respetado la investidura que ella llevaba en esa ocasión?
La respuesta, por supuesto, no es fácil, como tampoco es la que se plantean los argentinos ante la insinuación de que los ochocientos mil dólares en efectivo, descubiertos hace algunos meses en un maletín que se trataba de ingresar por el aeropuerto de Buenos Aires, constituían un pequeño aporte del Gobierno venezolano para la campaña presidencial de Cristina de Kirchner. La actual presidenta de Argentina, fiel a su fama de mujer dura, respondió inmediatamente acusando a los Estados Unidos de montar una patraña internacional con el único fin de desacreditar sus buenas relaciones con su amigo Hugo Chávez. Es como si quisiera recalcar que su temperamento es parte de su personalidad política, así que con ella mejor no meterse. Me pregunto, ¿habrán ya conversado Lucy y Cristina?
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