¿Cuál es el valor evolutivo del arte y por qué le dedicamos tanto tiempo? En un simposio realizado, en octubre, en la Universidad de Michigan, Ellen Dissanayake, académica independiente afiliada a la Universidad de Washington, en Seattle, ofreció su tesis de gran alcance, en la que mezcla con destreza temas familiares con lo radicalmente nuevo. Según su opinión, el impulso artístico es inherente al ser humano, un rasgo tan antiguo, universal y persistente que, casi con toda seguridad, es innato.
Aunque algunos investigadores han sugerido que nuestra capacidad para el arte surgió de manera accidental, como producto secundario de cerebros grandes que evolucionaron para solucionar problemas y se aburrían con facilidad, Dissanayake argumenta que el impulso creativo tiene todas las características de ser una adaptación en sí mismo. La elaboración de arte consume enormes cantidades de tiempo y recursos, observó, extravagancia que no se esperaría de un desarrollo secundario en la escala evolutiva.
¿Cuál podría ser ese propósito arraigado de la creación de arte? Geoffrey Miller y otros teóricos han propuesto que el arte sirve como un escaparate sexual, un medio para hacer alarde de la paleta talentosa de genes de cada uno. Una vez más, Dissanayake difiere en pensamiento.
Para los occidentales contemporáneos, dijo, el arte puede parecer distanciado del mundo real. Pero entre las culturas tradicionales y a lo largo de la mayor parte de la historia humana, dijo, el arte también ha sido un asunto profundamente comunitario, de danzas de la cosecha, espectáculos religiosos y reuniones para elaborar frazadas, de las apasionadas rivalidades entre poblados que nos dieron las agujas que coronan las iglesias de Chartres, Reims y Amiens.
Ella y otros postulan que el arte no surgió para destacar a unos cuantos, sino para convocar a muchos a incorporarse al desfile.
Por medio del canto, el baile, la pintura, el relato de fábulas y otras actividades de lo que Dissanayake llama “artificar”, las personas pueden reunirse de manera rápida y exultante, e incluso se puede persuadir a extraños a tratarse como parientes.
Por medio de la armónica magia del arte, la relativa debilidad del individuo puede transformarse en la fortaleza de la colmena, cohesionada en una unidad social lista para enfrentar al mundo.
Quizá el elemento más radical en el marco evolutivo de Dissanayake sea su idea de cómo empezó el arte. Sugiere que se pueden encontrar las raíces de muchos de los fonemas básicos del arte, las convenciones estilísticas y los patrones tonales, en la más primigenia de las complicidades: la interacción íntima entre madre e hijo.
Después de estudiar cientos de horas de interacciones entre bebés y madres en muchas culturas diferentes, Dissanayake y sus colaboradores han identificado operaciones universales que caracterizan el lazo entre madre e hijo. Son pistas visuales, gestuales y vocales que surgen de manera espontánea e inconsciente entre las madres y sus bebés: las llamadas y respuestas, el amplio abrir de ojos, la sonrisa exagerada, las repeticiones y variaciones.
“Estas operaciones de ritualización, estas señales de afiliación entre la madre y el niño, también son operaciones estéticas”, dijo Dissanayake, en una entrevista. “y lo que hacen los artistas son operaciones estéticas.
Conscientemente o no, cuando se elabora la coreografía de una danza o se compone una pieza musical, se formaliza, exagera, repite, manipula expectativas y varía el tema de manera dinámica”.
En el arte y la danza, como en el amor, si no se sabe los pasos, realmente no hay forma de fingirlos.