- NOV. 12, 2007 - Foto - Cartas al Director - EL UNIVERSO
Antes de que se tomen resoluciones definitivas sobre el destino de los restos del general Eloy Alfaro, se requiere llegar a la total certeza sobre la autenticidad e identidad de ellos y sobre las circunstancias que rodearon a la masacre.
Referiré a continuación el testimonio de un testigo presencial del asesinato, arrastre y cremación de don Eloy Alfaro en el parque de El Ejido en Quilo en 1912 por parte de la plebe ignorante y fanática, enardecida por las fuerzas políticas conservadoras y retardatarias de aquella época a las que se unieron los traidores al liberalismo naciente.
Don Julio Palomeque Gómez, tío mío por el lado materno, era parte de una familia de profundas convicciones liberales. Su casa era un lugar de reunión y refugio de muchos jóvenes progresistas de entonces.
Por prescripción médica, mi tío Julio fue enviado a vivir en Quito, en donde luego formó su familia. Tenía una memoria extraordinaria y una formación cultural sólida. Hasta su jubilación, trabajó en el Archivo del Poder Legislativo del cual llegó a ser, durante muchos años, su Director.
Después de su retiro vino a vivir en Guayaquil. A sus sobrinos mayores, el doctor Avelino Arteaga Palomeque y yo, y a mi hijo mayor, el doctor Jorge Swett Martínez, nos refirió detalladamente los pormenores de la masacre del General y su hermano y sus colaboradores más cercanos y de los planes que tuvo con su amigo de apellido Chevasco, que tuvo en Quito, de origen chileno (según el testimonio de mis primas) y con el que planificaron rescatar el cadáver del mártir para esconderlo enterrándolo en una quinta que su amigo tenía en las afueras de la ciudad.
Don Julio Palomeque, sin hablar ni protestar, para no ser identificado como ‘mono’ y su amigo, sin perder de vista al cadáver del General, caminaron con riesgo junto al grupo que rodeaba a los mártires, desde la sacada del Panóptico hasta El Ejido, que en el macabro recorrido eran pateados, apaleados, acuchillados, disparados e insultados. En el lugar de la inmolación fueron apilados por los sicarios, pero don Julio y su amigo los tenían perfectamente ubicados. El único cadáver sobre el que no cabían dudas era el de su hermano Flavio, que aún tenía la presencia del yeso que le había sido colocado unas semanas antes en razón de haber tenido una fractura.
Los cadáveres –nos refirió mi tío– estaban en muy mal estado pero no desintegrados, ni hechos cenizas, sino «chamuscados», tostados, desgarrados, con cercenamientos parciales en algunas extremidades. La quema de los cadáveres, cuyo fuego debió ser alimentado con algún combustible, levantó una no muy alta ‘Hoguera Bárbara’ como la tituló Alfredo Pareja Diezcanseco. La temperatura alcanzada por el fuego no era suficientemente alta como para llegar a volver ceniza hasta a los huesos. Esto no sucedió.
Nos relató mi tío, que cuando una lluvia de mediana intensidad se presentó, los bárbaros se retiraron. Él y su amigo se quedaron escondidos tras los matorrales desde donde lanzaban piedras a los perros del vecindario que fueron atraídos por el olor a carne ‘chamuscada’.