Domingo 11 de noviembre del 2007 Religiosa y Obituarios

Sobre el cielo y sobre el suelo

Dios y yo

Intentar representarse el cielo es un inmenso disparate. Porque nadie puede imaginar lo que será la comunión de lo Perfecto y lo Infinito con lo imperfecto y limitado.

Pero si no se puede ni siquiera suponer lo que será vivir en comunión con Dios, sí es posible conseguir algún conocimiento, aunque sea ciertamente elemental, de algunos de los bienes que acompañan esa Vida de felicidad.

Precisamente hoy, el evangelio de la misa nos ofrece una característica del cielo: allí los bienaventurados –nos lo enseña Jesucristo– no se casarán.

Lo dice tras oír una tremenda historia que le cuentan unos saduceos: la de una pobre dama, casada siete veces por obligación, que muere tras haber piadosamente dado sepultura a sus esposos.

“Cuando llegue la resurrección –preguntan a Jesús los interrogadores– ¿de cuál de ellos será esposa?... porque los siete han estado casados con ella”.

El Señor responde sin perder la calma: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como los ángeles, son hijos de Dios porque participan en la resurrección”.

No acabándose la vida, no tiene ya sentido transmitirla. Y es lógico por tanto, que los bienaventurados tengan superada la sexualidad.

Sin embargo, no sucede así con la afectividad. Esta perfección humana –claro está que de manera superordenada– será una parte de la gloria accidental del cielo. Es decir, de lo que secundariamente se recibirá en el cielo.

Si usted la quiso en la tierra a una persona, en el cielo la querrá también. Siempre, claro está, que la persona amada, por haber sido salvada, pueda amar y ser amada.

Este asunto del afecto bienaventurado nos permite preguntarnos: “¿a cuál de sus siete esposos querrá más la multiesposa?”. La respuesta es muy sencilla: al esposo que mejor haya cumplido –antes de casarse y en el matrimonio– la Santa Voluntad de Dios. Esto es: la esposa querrá más, al esposo que haya amado más a Dios. Y consecuentemente –por tratarse del más santo– a aquel que la haya amado más perfectamente en esta tierra.

Así serán las cosas en el cielo: cuanto más haya querido usted a Dios en esta vida, más amable será usted eternamente. Y cuanto más haya querido usted a los demás en este mundo, más le querrán en el otro.
Desde luego este querer y ser querido siempre, comparado con el ver y poseer a Dios es algo secundario. Ya hemos dicho que es tan solo una parte de la gloria accidental, que acompaña necesariamente a la esencial.

Mas, la gloria accidental no es algo despreciable. Su conocimiento es una ayuda más para aspirar al cielo, y una espuela para aprovechar el tiempo aquí en el suelo.
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