Titular un espacio periodístico, ‘De cine y del resto’, abre muchos puntos suspensivos y sobre todo podría vaticinar fantasmagóricas trifulcas políticas reservadas a otras páginas del diario.
No hay que preocuparse. Para un cinéfilo apasionado, muchos de los aprendizajes y descubrimientos cruciales se han realizado frente a la pantalla grande y algunos libros o cuadros, pero nunca ante vociferantes letanías en noticiarios televisivos. Las voces que han movido algunos pasos de mi vida han importado porque eran únicas.
Están las palabras de Federico Fellini en 1974 escribiéndole a la directora Liliana Cavani en una carta pública, a propósito de la censura sobre una película: “¿Cómo podremos cambiar esa indolente, conservadora e infantil mentalidad nuestra, que siempre intenta identificarse con esquemas colectivos y nunca toma posiciones individuales?”. Si Fellini se hubiera involucrado participativamente en lo que sucedía en Italia y el mundo nos hubiéramos quedado sin algunas de las películas que cambiaron la faz del cine.
Más de tres décadas después, el calificativo de obras maestras a las cintas más laureadas –ni siquiera hablo de las más exitosas– es casi un imposible. Se perdió ya lo que Peter Matthews en la revista inglesa Sight & Sound define como “obras iluminadas que describen maravillosas vibraciones de sus creadores”. Para este catedrático, el cine actual es un cine domesticado, industrial, derivativo, crudamente impersonal.
Estas aseveraciones son motivadas por la muerte de Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni en un mismo día de julio, una fecha que para algunos quedará registrada como el final de una era. Al mismo tiempo que nos conectaban con imágenes y percepciones nunca antes registradas, en estos realizadores siempre se advertía una visión introspectiva, individual, cuya única manipulación estaba ligada al manejo de una técnica depurada que descubría universos desconocidos.
Siempre me obsesionó ese mítico Festival de Cannes de 1960, cuando La aventura de Antonioni –en su estreno mundial– era recibida con una rechifla infernal por el público. Nadie parecía entender la ruptura que sucedía a los primeros treinta minutos de la película. La bella protagonista desaparece durante la travesía en una isla desolada. Entonces, en ese preciso instante, comienza la verdadera historia: tanto su amante como su mejor amiga (Monica Vitti) inician una búsqueda infructuosa que solo los lleva a una relación más desesperada y alienante.
Antonioni trastocaba los procesos narrativos conocidos para llevarnos dos horas después a un largo vacío en el clímax final en un parque, donde el desolado ambiente circundante, los susurros del viento en los árboles, parece tragarse a estos seres. Y a nosotros también.
Detectar la realidad de una manera innovadora es también un proceso exhaustivo. Estos artistas la sacaban de sus propias vidas, donde siempre había una amalgama de energías y contrastes, en medio de relaciones cuestionadoras con los núcleos familiares y la sociedad.
Antonioni venía de Ferrara, ciudad italiana que en el invierno se sumerge en una bruma que persiguió al director toda su vida y que hasta vemos en sus películas rodadas en otras ciudades.
Cuatro siglos antes, otro Michelangelo genial transformó el mundo de la pintura. En medio de la exacerbada imaginería religiosa del renacimiento, Michelangelo Merisi di Caravaggio trajo un peculiar realismo a escenas bíblicas que parecían montajes cinematográficos en calles romanas y sórdidas habitaciones.
Lo que rompe todo es la resplandeciente sensualidad de la piel de sus modelos. Por el estudio de Caravaggio (nadie lo llamaba por su nombre) desfilaba una horda de los arrabales, donde no era nada raro ver a prostitutas personificando santas o adolescentes andróginos apareciendo como querubines. Vistos ahora, sus enormes óleos lucen como fotos de una época donde la expresión artística se liberaba de la represión católica y del dogma.
A su prodigioso individualismo se sumaba una sensibilidad inconcebible durante borrascosas etapas de una vida que acabó misteriosamente antes de los cuarenta años. Para Caravaggio –que vivió exactamente como pintó– lo necesario era ser auténtico, “sin esperanza y sin miedo”.
Todo el fanatismo y la ignorancia de las injusticias de su tiempo quedaron enterradas frente a las verdades de sus cuadros. Y esto lo recuerdan poetas. “Ser uno mismo”, dice e.e. cummings, “en un mundo que día y noche hace lo imposible para obligarnos a ser como los demás: esa es la batalla más dura que un hombre puede librar y nunca abandonar”.