Es un esqueleto de piedra en medio de la plaza del Azoguejo. Se eleva a casi 30 metros y está conformado por dos niveles de arquerías. Dos mil años después de su creación, el acueducto de Segovia todavía trae agua desde el manantial de Fuenfría, a 17 kilómetros de distancia.
El rigor romano de su simetría armoniza con la ondulación de las colinas que rodean Segovia. En días despejados, sus 163 arcos convierten el cielo en una geometría azul.
Pero los segovianos la ven de otra manera o quisieran, a ratos, no verla. Desde que el acueducto fue declarado Patrimonio de la Humanidad ningún automóvil puede atravesarlo y eso ha dividido la ciudad en dos. De tanto en tanto, alguien se sube a lo alto del puente y amenaza con suicidarse, y entonces todo el mundo lo vuelve a ver.
Quizá porque en lo alto de su remate la vista es apaciguadora y porque el suicida escucha pasar el agua, su tentativa queda en un susto y la vida continúa, quizá no tan tranquila como siempre, pero continúa.
Es un placer discreto caminar por las calles segovianas, perderse en ellas como si fuera un laberinto de piedra con ciertos claros donde se abren plazas que rematan en monumentos únicos, como sus famosas iglesias y su imponente Catedral. Decía María Zambrano, la gran escritora y filósofa española que residió varios años en la ciudad del acueducto, que Segovia se alza hacia la luz.
Al contemplar los pináculos y los arbotantes de la Catedral de Segovia se podría añadir que la ciudad alza sus construcciones hacia la luz como si quisiera rasgar el cielo. Algo místico hay en ella si pensamos en su recogimiento y que allí fundara San Juan de la Cruz el convento de los Carmelitas.
También hay mucho de sensualidad por sus calles y en su gastronomía. El famoso cochinillo asado que se ofrece en sus restaurantes es una delicia que se sirve cortándolo con un plato para mostrar la suavidad de su carne, y al plato, como quien quisiera llamar la atención, se lo rompe contra el piso.
Se extrema Segovia en sus esquinas. En un confín de la ciudad, sobre un contorno de roca que labraron los ríos Eresma y Clamores, se eleva el famoso alcázar real. Conviene contemplar de noche sus torres apuntadas, en especial la torre de Juan II con sus bellísimos esgrafiados que contrastan su blancura con la noche que cubre los campos donde cazaban los reyes españoles.
En las torres del alcázar se refugiaba Alfonso X el Sabio y acaso pensaba en cómo celebraría las cortes generales. En sus patios se proclamó a Isabel la Católica como reina de Castilla en el siglo XV, o tuvo lugar la boda de Felipe II con Ana de Austria. Pero más allá de su historia, al contemplar el alcázar se le termina dando la razón a Ortega y Gasset cuando decía que Segovia parece una nave abriéndose ruta en medio de sus dos ríos.
La famosa granja
Y desde Segovia sí que se pueden buscar nuevos rumbos en los alrededores, a tan solo 15 minutos en autobús. En una visita a esta ciudad de Castilla no se puede dejar de visitar La Granja de San Ildefonso, el palacio de recreo que ordenó crear Felipe V en el siglo XVIII.
Ubicado en una ladera que se eleva hacia la sierra de Guadarrama, este palacio, y en especial sus jardines, recuerdan mucho a Versalles, por la perspectiva monumental de sus fuentes y esculturas de temas mitológicos en medio de frondosos castaños. Dentro del palacio, la asociación con el estilo francés se acentúa en la serie de salones que se pueden recorrer a modo de laberinto, y en donde habría que detenerse para descifrar las representaciones gigantescas que ofrecen los magníficos paños ubicados al comienzo del recorrido.
Pero hay que volver a Segovia, seguir recorriéndola y dejar que su gente comparta la calidez de la vida apacible que transmite esta ciudad. Pocos se marchan de ella, y la tentación cercana es Madrid. La gente joven va a estudiar allá pero vuelve. No cambian la vida plácida de sus calles por el alboroto madrileño.
Esta ciudad no está hecha para urbanistas, y quizá haya que mirarla con cuidado para descubrirla más allá de sus tópicos souvenirs, porque a su manera se esconde.
Quien se marcha de allí o piensa volver de visita o sabe que ya no volverá nunca, recordará que por esa ciudad corren otras aguas, silenciosas y apacibles, y algunos misterios que no se dirán aquí para no agotar los descubrimientos que hará el lector, pero coincidirá con María Zambrano en que toda Segovia se alza hacia la luz.