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Edición del DOMINGO 4 de Noviembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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De bus y mula a 4 x 4
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Comuneros de la zona llevando a sus ovejas.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto: Alexis Gómez

Salir rumbo a la laguna de Quilotoa en Cotopaxi se convirtió en una travesía de locos, en medio de transportes del ‘año de la pera’, de animales de carga y de carros todoterreno.

¿Por qué te llamas María? “Mi mamá nos puso así. Yo soy María Clementina y mis hermanas  María Hortensia y María Eulalia”. ¿Y tus hermanos? “Los cuatro mayores son José y los dos últimos Manuel… perdón, Manueles”. La joven indígena de 14 años no tenía idea de por qué el 90% de las mujeres de su comunidad en Maca Grande (Pujilí) llevaban el mismo nombre. “La Virgen se llamaba así y el San José, José”, comentó. Y el Manuel, entonces, ¿de dónde viene? “Esito no sé”. Así empezó el diálogo con María Clementina Pelahuano, minutos antes de que me bajara con ella del bus, en medio del páramo, la nada, la niebla y el frío.

A punta de pan
Era un domingo de agosto, 20:30, esperando el carro para ir a Quito. Viajaría en Lucy Express, una cooperativa Guayaquil-Quito y viceversa, servicio puerta a puerta. De ahí tomar un bus hasta Latacunga y luego otro hasta la laguna Quilotoa, a 79 km de Latacunga. Sería una travesía con mochila al hombro, dinero justo para lo necesario, mapa básico y hartas ganas de explorar nuevos paisajes. Mochilear con amigos es una aventura de compañerismo, de cuidarnos el uno al otro, pero mochilear solo es una mezcla de sensaciones más cercanas al miedo de ser asaltados a mitad de camino. Sin embargo, ese era el desafío, hacerlo en solitario.

Los portales turísticos en internet indicaban que al llegar a la terminal terrestre de Latacunga debía tomar un bus de la Vivero, lo único que no mencionaron era que estos carros fueron fabricados en el ‘año de la pera’, tanto que ninguno de sus conductores supo decir de qué año eran. “¡A Zumbahua, a Quilotoa!”, gritaban los recaudadores afuera de las boleterías vacías. Los pasajeros subían y bajaban de los vehículos sin tiques, registros ni asientos numerados. “Suba, señorita, que salimos en una hora”. ¿Una hora? Pues sí, estos vehículos  solo salen dos veces al día, a las 09:40 y al mediodía.

Definitivamente hay que echarse muchas ‘porras’ antes de embarcarse. El temor de que nos quedemos varados en el páramo se sumó a la desconfianza inicial de saber que era la única que hablaba español o la única que no era indígena dentro del bus. Conforme transcurrieron los minutos el temor se fue. Las mujeres cargadas de canastos y niños amarrados a sus espaldas sonreían. Todos se conocían, todos se saludaban en quichua, y aunque yo era la única mestiza entre ellos me trataron como amiga.

La Vivero salió a full. Dos alemanes alcanzaron a subir y sentarse en un asiento cedido. María Delfina, una mujer de 81 años, pidió permiso para acuclillarse en un rincón casi inaccesible del carro, sobre la tapa de una tetera. ¿Quiere sentarse aquí? pregunté.  “No, tú, tú ahí, yo bien”, dijo.  Mientras tanto, María Hortensia Cochiparte intentaba entablar una conversación con su escaso español.

Con 40 años y 8 hijos, hablaba de su primogénito José de 19 años y su reciente acuartelamiento. De que al mes luego de pagar la luz y el gas le sobraban $ 5. Contaba de las habas y las papas que sembraba afuera de su casa en Quilapungo y del cerdo negro que criaba. Pronto, María Clementina Pelahuano se nos unió con un español mejor estructurado.

Pasamos por La Victoria y Pujilí antes de llegar a 4 Esquinas, un barrio de Pujilí. De repente, la Vivero se detuvo y todos los indígenas bajaron... a comprar pan. Era extraño que un bus se detuviera por veinte minutos solo para que sus pasajeros compraran pan y por montones. Dora Cárdenas, propietaria de Panadería Moderna, relató que los indígenas del sector cuando iban a pedir la mano de una chica en matrimonio llevaban unos 500 panes ($ 0,09 c/u) y luego para el casamiento unos mil, a más de las veinte jabas de cerveza.

La propuesta
Si con la barriga llena el corazón se pone contento, con la amena conversación –entre señas y mezcla de quichua con español– se puso mejor. Quizás por verme sola mandaron  a regalar, desde los asientos de atrás, bizcochos, empanadas de queso, pan de dulce, pan de sal, allullas. Dicen que es de mala educación en los sectores rurales no comer lo que nos brindan, por eso probé un poco de cada pan. Los paisajes de sembríos de la zona embelesan. Hay quienes piensan que todos los páramos son iguales en la Sierra ecuatoriana pero no, estos son más multicolores que el resto.

Muchos cuando viajan a la Sierra  ‘mueren’ por saber cómo viven en esas chocitas alejadas del mundo. María Clementina me leyó el pensamiento y me propuso conocer su casa de reojo. Al rato estábamos abajo, en el frío intenso. El chofer accedió a esperarnos. Descansar del traqueteo del carro. La anfitriona me hizo subir corriendo por un camino empinado repleto de monte, ramas secas, estiércol ‘marchito’. Entramos por dos minutos a su humilde hogar. No sé qué les dijo en quichua a sus hermanas, María Hortensia y María Eulalia, que  se lanzaron a saludarme y presentarme a Mariposa, su gatita. La mayor parecía enredarse la lengua para pedirme que por favor no hablara de su casa. Los turistas pueden pasear por sus viviendas, pero nadie entra. Clementina trajo un plato de melloco con carne asada del día anterior y así, sin calentar, nos lo comimos a punta de cucharas. La despedida fue sin abrazos, solo con fuertes apretones de mano y varios “chao” a todo pulmón.

De regreso en el bus, los sembríos bajo el brillo del sol de las doce amagaban un efecto visual de arco iris. Collas, Macas, Milin, Tigua, Guantopolo, Zumbahua, Pochahugsha y Cocha fueron las poblaciones recorridas antes de llegar a Quilotoa. Con 3 grados de temperatura y a 3.900 metros de altura, fue sencillo comprender la presencia de tantos turistas extranjeros (lamentablemente, pocos ecuatorianos): Esta laguna deja sin aliento a cualquier viajero rankeado. Quizás frente a ella hasta los ateos empiecen a dudar de la existencia de Dios, porque la naturaleza ha jugado en perfecta armonía con cada detalle.

Tomó varios minutos asimilar tal belleza. Dejarse cegar por el esmeralda azulado o azul amarillento de sus aguas minerales, para luego emprender la bajada hasta tocar la pequeña playa formada alrededor del cráter del volcán.

Los Gallegos
Caminar a pique sobre ceniza volcánica hizo que varios visitantes resbalaran, pero ¡caramba! por fin  estábamos en el Quilotoa. La altura  afectó un poco a los desacostumbrados, mas pronto el cuerpo se aclimata. Dora Gallegos, una turista, llevaba rato observándome. “Disculpa, veo que no eres de aquí, ¿quieres un caramelo para que te eleve la presión?”, preguntó y cómo rehusarse ante su gentileza.   
       
Tan buena química hubo que a los veinte minutos Dora, Marco Elicio, Sonia, María Cristina, Vicente Sebastián, Félix Mateo, Marco Joel y Anita, la familia  Gallegos, decidió ‘adoptarme’. Después de un suculento almuerzo con presas de cuartos de pollo más cola, era hora de navegar por las enigmáticas aguas de la laguna.

La familia entera quiso ir ‘arrejuntada’ en el bote, unos apretados con otros. La comodidad quedó en segundo plano, lo primordial era estar juntos abrigándose del frío. La quietud del agua (5 grados) aquietó a los pequeños hijos de los Gallegos, oriundos de Latacunga y Quito. Una extraña paz envolvió el lugar, el silencio habló de leyendas de peleas de fuego entre los dioses Quilotoa y Toachi, creencias populares del siglo XVIII.

La subida de regreso sería al mirador del volcán, desde ahí tocaría alquilar una camioneta para llegar a Zumbahua, luego un bus hasta Latacunga y otro hasta Quito,  donde dormiría esa noche. 

Orlando Lima alquilaba mulas y caballos desde $ 8. Al inicio nadie pensó en pagar tal valor, ¿un robo?, quien sabe, pero bastó observar la empinada subida para  cambiar de opinión. Luisa, Carmen, Martín y Colón fueron las mulas y los caballos contratados. Sin monturas, solo con unas cobijas encima,  nos llevaron en sus lomos a paso lento. Tan cansados se veían que a ratos se inclinaban por los barrancos del camino, como anhelando que por error cayéramos al suelo.

No eran malos, peor vagos. Sencillamente las ocho subidas y bajadas anteriores (a 3.900 metros de altura) les habían corroído el lomo y las patas. Los hijos de Marco Gallegos dejaron de arrear a su mula. La dejaron descansar mientras acariciaban sus orejas. “Vamos a subir caminando, papi; la Carmen está muy cansada”, dijeron, mas su padre prefirió hacer descansar a los animales de tramo en tramo.

El intenso dolor de las piernas durante una hora con diez minutos cuesta arriba fue desvanecido por la mirada de los animales al despedirnos, como agradeciendo las galletas y pan que los chicos les dieron. Para los Gallegos sonó inaudito la idea de regresarme sola a Latacunga, mucho más “cuando ya formaba parte de su círculo de amigos”. 

Caía la tarde, 16:50, ni un flete de alquiler a la vista para el viaje de retorno. No quedó otra. Tocó regresarme con ellos, y para sorpresa, un potente vehículo del año todoterreno esperaba.

De nuevo todos apretados, pero qué importaba, aquel día los Gallegos  volvieron a una desconocida  parte de su familia, como horas antes lo hicieran María Clementina y sus hermanas.


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