Daniel Alfredo es un niño de 9 años muy inteligente. Sabe manejar a la perfección su laptop o cualquier otra computadora. Es quien enseña a sus padres a chatear, a abrir cuentas de correo y hasta bajar música de internet. Pero él tiene un problema: su prioridad no es estudiar y su gran distracción son los juegos de video.
María Laura, de 10, en cambio, prefiere darle tiempo a su mascota virtual. Está atenta a qué hora le toca comer o dormir para que no se muera. Sin embargo, cuando su mamá la llama a hacer los deberes o a repasar la lección no puede concentrarse. Se distrae constantemente por estar pendiente de su “responsabilidad virtual”.
Ambos son ejemplos de algunos alumnos que dedican más su tiempo a actividades que si bien los mantienen distraídos no son la prioridad.
Para Patricia Nevárez Páez, psicóloga clínica y magíster en desarrollo educativo, existe un sinnúmero de razones para que a un niño o niña no le guste estudiar y se debe a que en la actualidad son producto de otra época. Ellos pertenecen a la era de la imagen de internet, de lo digital, de la inmediatez, de la falta de límites, de lo espectacular, de lo impactante, de la rapidez de los estímulos o del facilismo, entre otros. Por estos motivos no tienen mayores expectativas, intereses y algo que es fundamental: motivación.
Esto agregado a la falta de hábitos de trabajo o que están acostumbrados a que les resuelvan los problemas o les hagan todo, equivale a no tener ningún tipo de responsabilidades. “Son estudiantes que no se esfuerzan en lo más mínimo, nada les cuesta y se han dado cuenta de que en muchas instituciones educativas e incluso en sus hogares no pasa nada si no estudian, ya que tienen miles de oportunidades para hacer y entregar sus tareas o copiar deberes y exámenes, o contratar a alguien para que lo haga”, dice Nevárez.
En cambio, para Sonia Navas, especializada en terapia familiar sistémica, un niño que no quiere estudiar es alguien que está necesitando que su sistema lo apoye o lo motive. Aquí no se le puede dar la espalda al decir que es un síntoma, sino que puede ser causa de alguna dificultad en una de las áreas de su red de apoyo: la escuela, la familia, sus vecinos, parientes cercanos, iglesia a la que asiste, entre otras.
“Esto hace que el niño sea atrapado por la innovación tecnológica. Sin embargo, no se llega ni a competir con unos planes de estudios antiguos, con una familia que ha perdido la costumbre de divertirse juntos o una institución que no busca un lenguaje juvenil”, agrega Navas.
Facilismo o baja autoestima
La falta de interés en estudiar también tiene que ver con una inadecuada introducción al conocimiento de parte de las personas encargadas de hacerlo. Según Nevárez, puede ser que lo que van a aprender no les diga nada o esté desfasado o que existan problemas para aprender, leer o escribir.
Otras razones son una baja autoestima o no encontrar desafíos en lo que hacen. Incluso observan que los adultos no investigan o discuten sobre diferentes temas. Estos motivos se pueden aplicar a los chicos de cualquier nivel de estudios.
Navas dice que el placer por leer y el gusto por investigar se cultiva desde los primeros años de escolaridad a través de maestros motivadores y de familias involucradas en el aprendizaje. De tal forma que cuando llegan a tener acceso a la tecnología los niños o niñas siguen investigando.
“Hay que reconocer que hoy a través de internet se tiene acceso al conocimiento de libros, material de diversas culturas, museos, juegos educativos y no se puede decir que esta tecnología tiene solo un lado oscuro”, dice.
Lo importante es educar en la criticidad que no es crítica destructiva, sino la capacidad de desarrollar autonomía, decidir por sí mismo, es decir, con criterio formado.
Nevárez indica que los niños y adolescentes cuentan con muchos distractores y si no tienen hábitos de estudios, interés, motivación y metas, es difícil que se dediquen a estudiar.
Otro punto importante, agrega, es tener en cuenta la expectativa de los padres. Lo único que quieren es que pasen de año, no importa cómo lo hagan o que tengan 20 o 10, según sea el caso; y el hijo se convierte en “una nota”, no en alguien que siente, piensa, sueña, aprende o sabe.
¿Afecta no estudiar?
Si el niño o niña no es motivado a estudiar será alguien mediocre, no tendrá posibilidad o se le dificultará insertarse en este mundo globalizado. Es importante decirle que el conocimiento le brindará mayores estrategias, más oportunidades, mejores formas de resolver los problemas e información para enriquecer su creatividad.
Incluso, agrega Navas, los padres deben ser un buen modelo. Si leen o se acercan a la cultura o a todas las expresiones de arte eso se hará una cultura de vida.