Es un hombre de risa limpia y gestos amables. De hablar pausado y fresco, pero intenso con las frases que grafican su vida. Con un modo muy particular de decir las cosas, con calma, como quien mira la vida con detenimiento y tranquilidad.
Vive en Ernesto Albán y Tulcán, calles de la coop. Dignidad Popular, en el sur de Guayaquil. Se levanta a las 05:30 junto con su compañera Tania –con quien ha pasado un buen tiempito–, mira a su hija Fernanda Belén (15), quien también se arregla para salir al colegio. A las 07:00 llega el expreso que lo traslada a su trabajo en el centro comercial San Marino, adonde arriba a las 07:45 y labora de 08:00 a 20:00 de domingo a jueves.
Cuando vuelve a casa, los vecinos lo ven y dicen ‘ahí viene el agente’, lo levantan en peso entre cuatro o cinco personas para que pueda entrar y salir bien de casa.
Cuenta que lo más bello que le ha pasado es ingresar a trabajar en el centro comercial. “Me pongo frío y me emociono cuando me pregunta sobre ese tema. Salgo de casa y mi hija está feliz porque tengo un trabajo, me llama dos y tres veces al día. No sabe la alegría que siento cuando hablo de esta situación”, relata.
Antes de conseguir este trabajo asistía a una central política para personas con discapacidad, donde los compañeros de la asociación le dijeron que llevara sus documentos al SIL (Servicio de Integración Laboral), donde habló con Wilson Flores, quien le refirió que necesitaban una persona con discapacidad en silla de ruedas. Llegaron quince aspirantes, algunos con triciclos, y le realizaron una evaluación. “¿Tú crees que puedas? fue la pregunta. “Por supuesto que sí” fue su respuesta.
En el San Marino se entrevistó en el departamento de Recursos Humanos con el Ing. Armando Badillo. La reunión duró tres horas y quedó abierta la posibilidad de que lo llamaran, porque habían acudido otros discapacidados.
Al siguiente día lo llamaron y le dijeron que el trabajo era suyo. Luego conoció al teniente Gamboa, jefe de seguridad del centro comercial, a quien califica de muy buena persona. Él le aseguró que era lo que necesitaban y poseía el perfil adecuado. Entró a laborar el 2 de abril de este año.
Cambio total
Nueve años después del accidente que lo dejó en este estado, considera que los discapacitados son relegados. “Aquí me han valorado, me siento útil, capaz, una persona íntegra, por eso digo que es lo más bello que me ha pasado después de mi accidente”, afirma.
Su reinserción a la sociedad laboral es algo que aprecia y valora. Sus compañeros y superiores lo ayudan y apoyan. El trato es muy bueno y hasta ahora no ha tenido problemas. Feliz es poco para definir su estado actual, esa palabra queda corta cuando se trata de explicar su realidad de vida.
Como cuando una clienta que lo observó mientras realizaba su trabajo le dijo que si no le ofendía le regalaba una silla de ruedas. Para él fue un tremendo obsequio porque es cómoda y liviana.
Le encanta conversar y hacer amigos. Aprecia la sinceridad y frontalidad del teniente Gamboa cuando le señala sus errores. El pasado ya no cuenta para él. Ahora es un discapacitado. En noviembre de 1998 tuvo un accidente de tránsito viniendo de Quito para Guayaquil. Chocó y se lesionó la columna.
Luego de eso sobrevivió realizando trabajos esporádicos, vendiendo guitarras y ropa de mujer en las ferias libres.
Siempre ha sido amable, no es su condición de discapacitado que lo ha vuelto así. Asegura que su trabajo es repartir amabilidad y cortesía a los clientes del San Marino, no le han tocado problemáticos y siempre recibe felicitaciones que lo reaniman, ya que muchas veces se deprime, por lo cual pasaba enfermo, tenía infecciones estomacales y en las vías urinarias constantemente. El trabajo le ha ayudado a superar todo eso.
Sus padres son Luz María Guerrero (75) e Ignacio Merelo (78), y tiene doce hermanos; él es el cuarto. Bolivia, la hermana que más adora, es enfermera, trabaja en el Luis Vernaza y lo atendió desde que se accidentó, “por ella no estoy en el otro mundo, me dio una infección general y los médicos dijeron que moriría, pero ella me llevó a casa y me cuidó”, comenta.
Hay una diferencia sustancial de como era su vida antes y de como es ahora. Vivió la vida loca como dice el cantante Ricky Martin. Andaba de juerga. “Ahora cada minuto que pasa lo vivo a plenitud, mi familia y mi hija son lo más importante; antes tomaba, ya no sé lo que es un trago, me transformé totalmente”, comenta.
Cuando quedó en ese estado intentó quitarse la vida en tres ocasiones, quiso tomar veneno porque no aceptaba lo que le había sucedido, “era demasiado para mí, no me veía en una silla de ruedas, no lo consideraba justo. El médico me decía que en un año todo estaría normal, pero yo sabía que esas palabras eran mentira, una lesión medular es irreversible”, agrega.
Según Merelo, ya aceptó la vida, está consciente de que es una persona con discapacidad, solo un milagro podría cambiar esta situación. Tiene amigos discapacitados y pertenece a Asoplejica, donde se reúne junto con 120 asociados los sábados para conversar, tocar guitarra y cantar.
Explica que no tiene limitaciones. La misma persona lo hace difícil, solo las alturas y las escaleras son sus obstáculos, teniendo mentalidad positiva no hay problema. No piensa en renunciar, aunque admite que no es fácil estar sentado doce horas. “Estoy enamorado de mi trabajo, estoy muy a gusto, tengo escuela de capacitación y responsabilidades. Hay que ser fuerte mentalmente, esa es la clave”, refiere.
El teniente Gamboa, su jefe, dice que los alegra mucho haberle dado una oportunidad, piensan que no se equivocaron con Miguel. Ha demostrado que a pesar de su discapacidad suple ese problema con otras virtudes. Es constantemente evaluado con los mismos parámetros que los demás. No tiene beneficios ni privilegios adicionales. Hubo personas que pensaron que era descabellado tener un agente de seguridad en silla de ruedas, pero él ha funcionado.
Miguel lo dice con el corazón. Esta es su vida y su verdad. Le han robado tres veces, tirado para atrás como un costal. “Se llevan mi plata, mi celular, les he dicho que por favor me levanten y sigo mi camino, la vida continúa. Siempre le sonrío y no me amargo. Soy feliz”.