No creo en el éxito de ninguna iniciativa para solucionar un problema que se centre en atacar los efectos o los síntomas y no sus causas. Mientras que las razones que dan lugar al aumento en los embarazos precoces, abortos y enfermedades de transmisión sexual entre los jóvenes sigan vigentes, cualquier medida que se tome para evitar tan solo sus resultados será un fracaso.
Y los programas o campañas educativas que incluyen como solución ante todo informar a los jóvenes sobre sus derechos sexuales y sobre los métodos anticonceptivos a su disposición están orientados a combatir los efectos de la promiscuidad sexual y no la razón de ser de tal conducta.
Un paso indispensable para solucionar este problema es preguntarnos: ¿a qué se debe la iniciación temprana y la promiscuidad entre los menores de edad? Algunas de las razones más evidentes, en mi concepto, son: la cultura mediática en que están inmersas las nuevas generaciones que por todos los medios los bombardea con imágenes y mensajes de sexo explícito y desligado del amor, convenciéndolos de que su capacidad sexual es solo un instinto incontrolable y exquisito del que pueden gozar cuando quieran y con quien quieran.
La inmensa necesidad que tienen muchos menores de sentirse “amados” por alguien, como consecuencia de la soledad tan patética en que viven y que los anima a aceptar la intimidad sexual para retener a quien dice amarlos; el imperioso deseo de muchas jóvenes por tener un hijo porque lo ven como la única opción para sentirse necesitadas por una criatura que las ame más que a nadie; la presión interna (de sus hormonas) y externa (de sus amigos) a que están hoy sometidos los adolescentes al crecer en un ambiente en que “todos lo hacen”.
La falta de una formación ética y moral cimentada en el respeto a la vida que ha sido suplantada por una filosofía hedonista centrada en “gozar la vida” a como dé lugar, gracias a lo cual se hacen más esfuerzos por enseñarles cómo tener relaciones sexuales que cómo no tenerlas.
Todo apunta a que lo que necesitan las nuevas generaciones para protegerse de los problemas que les pueden acarrear sus relaciones sexuales prematuras o promiscuas es, entre otras, crecer rodeados de una cultura mediática más sana y decente que les ayude a integrar el sexo con la belleza del amor cultivado a la luz del respeto y la fidelidad.
Crecer en hogares en que los acojan sus padres y no solo aparatos que los desconecten de su dolorosa soledad; tener límites consistentes que fortalezcan el desarrollo del autocontrol que les urgen para poder dominarse y no ser dominados por sus instintos; contar con padres que los orienten y les den un ejemplo impecable de la conducta sexual que quieren ver en ellos; y recibir una educación que no les informe ante todo cómo evitar crear la vida, sino cómo respetar su capacidad de gestarla.
No podemos olvidar que todo lo que tiene el potencial para ser la experiencia más exquisita y maravillosa de la vida también lo tiene para ser la más dolorosa y desastrosa.
Optar por soluciones facilistas y pragmáticas que prevengan más que nada las consecuencias de un problema tan profundo y serio como es la actividad sexual indiscriminada de muchos menores de edad es desconocer la trascendencia y poder de la sexualidad humana.
Un asunto de vida o muerte, ya que nos permite crear una vida y también puede llevarnos a acabar con ella.