Podría sentarse a contemplar los atardeceres desde su casa de Media, Pensilvania, visitar a los nietos los domingos, es una posibilidad. Pero para alguien acostumbrado a caminar por los bosques evaluando la calidad de la madera, técnicas de tala y de siembra, para alguien que ha recorrido cañones y cuevas en busca de evidencia de asentamientos humanos, el quedarse en casa no era una opción.
¿Cómo combinar los conocimientos de una vida y, sobre todo, habilidades tan diferentes en una actividad única? ¿Cómo lograr seguir expresando su vitalidad?
Steve Conway optó por hacerse sanador, por regalar paz y relajación a los enfermos a través de su música y sus historias.
A pesar de haberse graduado con una especialidad en arqueología, Steve terminó dedicándose, por casualidades de la vida, a trabajar en una empresa papelera por más de treinta años. Comenzó como supervisor en las zonas madereras para llegar a alto ejecutivo. Eventualmente le llegó el momento se retirarse: con 58 años de edad, una esposa, tres hijos y algunos nietos, Steve pasó a las filas de los jubilados. Así empezó y terminó su carrera de empresario.
Una vez retirado se dedicó a viajar por los estados del oeste de Estados Unidos, a disfrutar de la naturaleza al mismo tiempo que recorría sus pasos como arqueólogo. Se ofreció como asistente de campo en la Universidad de Nuevo México y empezó a colaborar en excavaciones varias. Así reanudó su carrera de arqueólogo.
Un buen día, mientras descansaba de una excursión en balsa a lo largo del río Colorado, descubrió una nueva afición. Habían acampado para almorzar en un pequeño cañón, el cañón Elf, muy angosto, de apenas 3 metros de ancho y con paredes de granito que se elevaban hasta 300 metros de altura. Reinaba el silencio, tanto que se podían escuchar los latidos de su propio corazón. Mientras descansaban, uno de los arqueólogos sacó de entre un paño hecho de piel de venado una flauta de cedro.
Era una flauta muy larga, construida por nativos americanos tal como la hicieran sus ancestros cientos de años atrás. Cuando empezó a tocarla, las paredes de granito parecieron extenderse hasta el infinito, alcanzando el cielo y más allá. Steve quedó prendado de la música ancestral y divina de aquel instrumento y decidió aprender a tocarlo. Así empezó su carrera de músico.
Pero Steve buscaba algo en lo que pudiera combinar todas sus habilidades y conocimientos. Al enterarse de que existía la carrera de terapeuta musical, se inscribió en el respectivo curso de entrenamiento. Con 80 horas de clases aprendió lo básico sobre lo que ocurre en un hospital, protocolos para trabajar con pacientes.
Hoy su labor consiste en tocar la flauta y contar historias de los viejos habitantes de América a gente que necesita relajarse, antes o después de una operación, personas en el programa de transición, que es como se conoce al programa que prepara a aquellos que tienen enfermedades terminales.
Empieza a tocar al ritmo de la respiración del paciente, o siguiendo los latidos de su corazón, controlando los monitores que todo lo indican, y poco a poco, con su flauta, conduce al paciente a una respiración más relajada o a que disminuya su ritmo cardiaco, de estar acelerado. Les da tranquilidad, les regala alegrías, les cuenta de las flautas que se han encontrado en cuevas y excavaciones, de para qué sirve cada agujero, que por dónde se escurre el soplo de aire que infunde al instrumento.
Aquí en Galápagos Steve no encontró respiraciones ni corazones que calmar, se dedicó entonces a entonar siguiendo la silueta de los volcanes o el ir y venir de las olas, o la huella que las iguanas dejan al caminar por la playa.
Ascendía lentamente en la escala musical, dibujando con tonos suaves las laderas de volcán Wolf, para llegar a su cumbre relativamente plana, describiéndola con sonidos uniformes, luego descendía marcando con dulces tonos los flancos de poco gradiente, llegaba al nivel del mar, para dar otra vez en sonidos la forma del siguiente volcán escudo de Isabela, volcán Darwin, y así de uno en uno tocó los seis volcanes de la isla más grande.
“Cualquier cosa se puede tocar con la flauta, no es necesario tener partituras, basta con leer en las formas y colores de lo que nos rodea, se puede hacer música de lo que sea”.
Steve ha regresado a su país, a su trabajo de sanador. Yo me he quedado con sonidos de flauta en la cabeza. Cada vez que contemplo Isabela no puedo más que pensar en los tonos ascendentes y descendentes que dibujan sus volcanes, Isabela ya no es solo la isla imponente y visualmente hermosa, es un conjunto de sonidos, sonidos de flauta ancestral americana.