“¡Afuera, guayaquileños ladrones!”. Con esta frase y arrojando piedras, los ecuatorianos vimos estupefactos las imágenes que proyectaba la televisión de un joven peninsular que, acompañando a una turba de desalmados, fuera de control, aparte de insultos, entre quema de llantas y destrozos de automotores, procedía a incinerar la bandera celeste y blanco, símbolo de la libertad y del honor de los guayaquileños, en la carretera que une nuestra ciudad con los balnearios.
Desde el fondo de mi alma protesto y rechazo por la actitud que tomaron esos desalmados sujetos. Los crueles chantajistas de siempre, aprovechándose de sus deshonrados cargos públicos de la Península, manipularon a esa infeliz turba para atacar la bondad de los guayaquileños.
Somos casi tres millones de guayaquileños que año tras año, durante décadas, hemos ido fielmente a los balnearios a dejar nuestro dinero, tiempo y cariño, dando trabajo, alimentando y enseñando con el ejemplo a que los peninsulares vivan mejor.
Los guayaquileños no somos ladrones como pretendió decir al Ecuador la turba encabezada por esos nuevos sucesores de las antiguas mafias políticas, quienes habiéndose apoderado por muchos años de los puestos municipales claves, lo único que han hecho es llevar miseria e ignorancia a los habitantes a lo largo de las playas del Guayas.
Los caciques de las hordas que se apoderaron de la carretera utilizaron choferes municipales, volquetes, empleados, recolectores de basura, vagos y asaltantes sin trabajo para insultar a quien realmente les da de comer.
Todos los guayaquileños sabemos de qué forma se manejan los dineros en las costas ecuatorianas.
Los pueblos siguen con sus calles polvorientas, sin pavimentación, sin agua, sin luz, basura por todos lados, sin protección ni educación.
Exigimos a las autoridades competentes que fiscalicen y muestren al país cómo se han invertido los millonarios impuestos recaudados durante los últimos 50 años por los concejos que desunen a los costeños del Guayas, y los seguirá apoyando el Presidente de la República. Los guayaquileños no somos ladrones.
Hemos recibido el infame pago del perro que muerde la mano del amo que le da de comer, no del pueblo peninsular, sino de unos cuantos miserables que no conocen la palabra agradecimiento.
Alfredo R. Suárez,
Guayaquil
Hay una nueva provincia del Ecuador. El 16 de octubre del presente año será un día histórico e inolvidable para quienes nacimos en la península de Santa Elena, al recordar por siempre el sacrificio y las barreras que nuestra población debió realizar y vencer para que la Península sea reconocida como provincia ecuatoriana por parte del Congreso Nacional.
Fueron 57 distinguidos diputados de diferentes partidos políticos que con decisión y sentido de justicia supieron captar las claras aspiraciones de la comunidad peninsular para votar a favor de la provincialización. Regocijado celebro la elevación a provincia de nuestra región y agradezco mucho a mis conciudadanos de la Península.
Atrás quedaron los errores, los excesos y las diferencias de criterios a favor o en contra de la provincialización de Santa Elena; ahora el principal objetivo debe ser mantener el respeto, la unidad y la solidaridad entre ciudadanos de las provincias del Guayas y de Santa Elena, para atraer la inversión nacional o extranjera con el propósito de conseguir mejores días para nuestra población peninsular.
Héctor Villón Mateo,
economista peninsular, Guayaquil