Recientemente la democracia ha inspirado algunas reflexiones pero ninguna tan aguda como la de Madeleine Albright, ex secretaria de estado del Presidente Clinton. En el libro sobre sus experiencias políticas publicado el año pasado ella critica duramente a la administración actual de su país, donde según Albright el error más grave es que “ahora la democracia es casi una mala palabra”. Añade: “Se la identifica con imposiciones y ocupación. Pero imponer la democracia es un oxímoron, una contradicción. Le toca a los pueblos elegirla y esto siempre tiene que venir de abajo”.
La película alemana Sophie Scholl (2005) transplanta esta lucha permanente en medio de la más trágica debacle hitleriana. Inspirada en hechos y personajes reales, es una memorable dramatización de momentos casi apocalípticos en la historia del pueblo alemán.
El filme tiene que ver con algunas vidas cercenadas de La Rosa Blanca, movimiento secreto de la resistencia alemana, cuando jóvenes universitarios distribuían hojas informando a la comunidad sobre los horrores en los campos de concentración y la cercanía de una derrota, después del desastre de Stalingrado, donde 200.000 soldados alemanes perdieron la vida. Sophie Scholl es detenida junto a su hermano (Fabián Hinrichs) cuando son capturados como sospechosos en los corredores de la universidad repartiendo los papeles.
De la misma manera que en La caída hace dos años se trataba de ofrecer una necesaria visión germánica del funesto pasado en la II Guerra Mundial, el director Marc Rothemund trae a una Sophie Scholl de 21 años interpretada magníficamente por Julia Jentsch, actriz de rasgos físicos muy parecidos a la verdadera Sophie.
La película no abandona un segundo a su heroína y a través de sus ojos entendemos mejor ese espíritu íntimo, congénito, de legítima rebelión ante regímenes totalitarios del cual habla Madeleine Albright décadas después. Aquí la imposición es un nacionalismo exacerbado, tan histérico como los ataques de rabia de Mohr (Alexander Helt), el investigador de la Gestapo que es enfrentado por Sophie con una mirada de sutil superioridad moral.
Esta película se trata mucho de esa mirada. La faz de la joven estudiante se queda en nuestra memoria, porque es esta juventud que estamos encarando, junto al franco reconocimiento de la enorme y sangrienta mentira que sufre el país.
Rodada en peculiares tonos cafés y grises en algunos de los inmensos edificios de Munich donde se desarrolló la trama, Sophie Scholl nunca incorpora los elementos más facilistas y espectaculares de las cintas en tiempos bélicos: no vemos nunca escenas de guerra, solo ululares de sirenas previniendo bombardeos y las explosiones consiguientes, todo reflejado en los rostros de los jóvenes apresados.
Hay también el dolor y el vacío de vidas empujadas al abismo. Una negrura que solo se ilumina con el silencio atronador de la mirada de Sophie Scholl, cuando ella encara los semblantes del farsesco jurado al cual es sometida. El verdadero horror de las dictaduras es precisamente ese: el poder que exige la sumisión total.