Mientras que la segunda es darles gusto en lo que quieran, la primera es entender qué razones y motivaciones son las que llevan a los niños a actuar de una determinada manera para poder alentar en ellos todo lo que los anime a comportarse en forma adecuada.
Debido a que actuar bien y como personas bien educadas no es natural en los seres humanos sino que es algo que hay que aprenderlo, los padres tenemos que entender cómo se cumple este aprendizaje para poder promoverlo en los hijos.
Lo primero que es preciso recordar es que, como aprender a obrar debidamente es un proceso y no un suceso, toma un buen tiempo. Por eso, así como a nadie se le ocurre castigar a un niño porque no se aprende las letras y sus sonidos después de haberlas escuchado cinco veces, no se puede esperar que ellos puedan poner en práctica todas las normas de conducta y la forma de hacer las cosas que les establecemos los adultos simplemente porque se las hemos repetido en varias ocasiones.
Los niños hacen todo más lento que los adultos, y también requieren más tiempo para entender y poder hacer todo lo que les exigimos. Acosarlos, gritarles o preguntarles “¿por qué no haces lo que te digo?” lo único que consigue es que se angustien, se sientan incompetentes y que, por lo mismo, no hagan lo que deben.
Para enseñarles a los niños a actuar correctamente hay que fijarnos cómo aprenden ellos para así saber qué debemos hacer nosotros. Mientras que los adultos actuamos a base de ideas, argumentos o juicios, los niños viven y vibran en el mundo del juego, la fantasía y la aventura, por lo que aprenden no en virtud de nuestros sermones, sino ante todo de sus experiencias.
Es decir, de lo que experimentan, y es por ello si reconocemos el esfuerzo que han hecho indistintamente de lo que hayan logrado, si aplaudimos su progreso por poco que sea, si los felicitamos por la valentía con que asumen sus errores o si nos concentramos en sus aciertos más que en sus fracasos, nuestros hijos aprenderán que son personas buenas y capaces, y será muy posible que actúen como tales.
Además, como todos los hijos, por más de que hayan crecido en el mismo hogar y les hayamos dado las mismas cosas, son personas distintas que tienen gustos y sentimientos distintos, es de esperar que respondan y actúen en formas diferentes.
Por eso lo importante es fijarnos cómo reacciona cada uno de ellos, qué los motiva, qué les agrada, qué les asusta, qué les aburre, así como qué actitudes nuestras los intimidan o los alteran y cuáles los tranquilizan. Estar muy cerca y observar a nuestros hijos con mucho interés no solo es fundamental sino que es como leer un libro fascinante y, a menudo, divertido.
Recordemos que lo que más contribuye a que nuestros hijos actúen como deseamos no es la forma en que los complazcamos ni las cosas que les demos, sino la sensibilidad, comprensión y respeto con que los tratemos, ya que ellos acaban por convertirse en lo que nosotros, con nuestras actitudes y palabras, les decimos que son.