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Edición del DOMINGO 7 de Octubre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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En busca del pájaro rojo
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El pájaro brujo o Pyrocephalus rubinus.
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Paula Tagle | nalutagle@yahoo.com

La afición que une a una pareja a través de los años se convierte en la verdadera historia de sus vidas”.

El era ingeniero, construía casas, echaba un vistazo al paisaje para mentalmente acomodar edificaciones humanas. Ella era bibliotecaria, sabía cómo clasificar libros, cómo encontrarlos; trabajaba en la biblioteca de su pequeña ciudad.

Allí se conocieron un día, se gustaron, y finalmente se casaron. Poco a poco se descubrían. A él le interesaba lo práctico, en cambio ella soñaba con sitios lejanos, montañas altísimas y estuarios poblados de manglares, volcanes rojísimos y tundras heladas, interminables.

Querían un niño, dos o tal vez cuatro, pero los años pasaban sin regalarles heredero. Ella se sumió en sus libros, mientras él se sumergía en sucesivos proyectos de construcción, ya que California crecía a ritmos imparables. Corrían los años sesenta, y sin mayores acontecimientos, apaciblemente, empezaron a vivir en los setenta.

Fue entonces cuando a manos de ella llegara un libro sobre aves de Norteamérica. Un ejemplar hermoso, lleno de láminas de colores, como de colores eran esas criaturas voladoras a las que nunca antes había prestado mayor atención. Estado por Estado, se describían las diferentes especies, su envergadura de alas, hábitos alimenticios, rangos de distribución.

Vocación
Él la miraba distante, sin entender esa afición rarísima. Interesarse por aves, uno queda con dolor de cuello de tanto ver para arriba –pensaba él para sus adentros.

Pero se querían. La convivencia, las cosas dulces del día a día, lo cartesiano de él y lo verbal de ella, los había hecho, sin grandes pompos, sencillamente, una pareja feliz. Ya no podían imaginar los despertares sin el otro en la misma cama, o los paseos por el parque con los perros, los domingos, sin que su otra mitad caminara a su lado, aunque fuera en silencio, como lo hacia él, o hablando de pájaros como lo hacia ella.

Entonces vino la noticia terrible. Ella se estaba retorciendo, no su alma, pero si sus huesos. Tenia “artritis reumatoidea deformante”, que tarde o temprano la convertiría en una invalida, incapaz de caminar por esos flujos de lava o prados de florcillas silvestres que habitaban sus sueños.

La enfermedad podía tomar años, pero él decidió que no había que arriesgarse, que si ella debía ver todos los pájaros del mundo, tendrían que apurarse, porque son un poco más de 8.000 especies.

Empezaron comprando dos binoculares de marca y suscribiéndose a un par de sociedades para el avistamiento y protección de aves. Apenas contaron con el tiempo suficiente partieron a recorrer los estados de su país buscando avecillas. En un año tenían 184 especies avistadas, todas maravillosas. Sin embargo una por sobre todas lo había impresionado a él enormemente.

El pájaro brujo o Procephalus rubinus. Lo vio por primera vez en la carretera que los llevaba de Los Ángeles a San Diego y quedó impactado por la nitidez de los colores que decoran sus plumas, un rojo encendido, bermellón, y un negro muy negro. Ella le contó que ese mismo pajarito se veía siempre en el árbol de su propio jardín y que su distribución llegaba hasta Argentina.

Él se sintió avergonzado descubriendo su antigua insensibilidad por las cosas de la naturaleza; se prometió que cambiaría. Continuó construyendo casas, pero apenas podía se trepaba a un carro, o avión, y junto a ella enrumbaba a un destino distinto, a ver pájaros.

El viaje
Llegó el momento de visitar las islas Galápagos, en 1978. Avistaron albatros en Española, anotaron los tres tipos de piqueros, once de las trece especies de pinzones, los cuatro cucuves, la paloma y el gavilán de Galápagos, en fin. Encontraron a la mayoría, menos a uno, al pájaro brujo, el que habitaba el jardín de su casa, esa misma especie aquí se escondió a sus ojos.

Lo tomaron como excusa para pensar en un segundo viaje, algún día. Él temía que para entonces ella no pudiera seguirlo, pero se equivocó. En 1990 reemprendían la aventura en busca del pájaro rojo. Otra vez recorrieron las islas. Los nudos de las manos de ella, deformados por la enfermedad, le impedían sujetar los binoculares por mucho tiempo.

Pero para eso estaba él a su lado; con paciencia y mucha discreción, la ayudaba a sostenerlos. Vieron muchas aves, pero por algún motivo inexplicable, el pájaro brujo se negó a aparecer. “que valga entonces como pretexto para volver a las Encantadas”, se repitió él, ahora con pánico de que de verdad ella ya no estuviera a su lado en el siguiente viaje.

Pero dos semanas atrás, año 2007, regresaron. Ya en sus setenta, vestidos de exploradores, con los mismos binoculares que compraran cuando comenzaron juntos a buscar los pájaros del mundo. Con 1.234 especies avistadas, un número que pocos logran conseguir.

Ella apenas podía bajar del barco, completamente deformado el pie izquierdo, las manos incapaces de sujetar binoculares o bastón. Sin embargo caminaron los senderos, despacio, pero caminaron, él siempre a su lado, hablándole al oído, señalando cada avecilla. Y buscaron una vez más al pájaro rojo. Nunca lo vieron.

En esta ocasión, ya sin miedos y más bien con los ojos llenos de ilusión él me comentó al partir: “Que bueno que la vida nos da pájaros rojos para ir buscando, para seguir viviendo. Ya estaremos de vuelta entonces para buscar, una vez más, nuestro pájaro rojo de Galápagos”.


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