Hay una frase que el fallecido escritor estadounidense Truman Capote dejó para la posteridad. “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. La podemos leer en el desgarrador autorretrato que él hizo de sí mismo en el libro Música para camaleones, publicado en 1980.
Nada para imaginar. Capote lo dice todo. Solamente la misma persona se puede catalogar como alcohólica. Ahí está la clave. Aunque el resto del mundo se empeñe en llamar a alguien que ingiere alcohol con cualquier calificativo, nada se puede hacer si uno no admite que es un alcohólico, borracho, ebrio o beodo.
La ebriedad o embriaguez es el estado de intoxicación de una persona con el alcohol en un grado suficiente como para deteriorar las funciones mentales y motrices del cuerpo.
Las bebidas alcohólicas son aquellas que contienen etanol (popularmente conocido como alcohol). Por la manera en que están elaboradas se pueden distinguir entre las producidas por fermentación (vino, cerveza) en las que el contenido en alcohol no pasa de 18-20 grados, y las que son por destilación, generalmente a partir de un producto de fermentación vodka, tequila, aguardiente).
Históricamente el alcohol ha ejercido una fascinante y poderosa atracción en las personas. Existen innumerables casos de grandes artistas para quienes esta sustancia forma parte importante de sus vidas.
Solo por mencionar algunos. Oscar Wilde, Vincent Van Gogh, Charles Baudelaire, Édouard Manet, Pablo Picasso, Edgar Degas, Ernest Hemingway, entre otros, consumían ajenjo con el fin de inspirarse artísticamente para sus obras. En 1888, Van Gogh, ebrio de ajenjo, se cortó el lóbulo de la oreja y se la dio a una joven prostituta.
Picasso elevó el ajenjo a tema magistral en varias de sus obras. Hay una cita de Oscar Wilde que dice: “¿Cuál es la diferencia entre un vaso de ajenjo y el ocaso?”.
Rasgos alcohólicos
En opinión del psiquiatra Fernando Valarezo, hay quienes toman todos los días y no son alcohólicos y quienes beben una sola vez al año, pero tienen tremendos problemas en manejar el alcohol.
El alcoholismo no está fijado por la cantidad ingerida en un periodo determinado de tiempo. Las personas afectadas pueden seguir patrones muy diferentes de comportamiento, existiendo tanto alcohólicos que consumen a diario como aquellos que beben semanalmente, mensualmente o sin un tiempo fijo.
Algunas personas nunca beben y de repente lo hacen, se desbaratan y entonces realizan muchas barbaridades. Luego son renuentes a aceptar lo que han hecho y quieren hacer como el gato que tapa todo, movidos por la vergüenza y el temor a lo que digan los demás. Otros sufren de amnesia u olvido.
Se dice que una persona padece dependencia del alcohol cuando obtenerlo y beberlo se convierte en una prioridad por encima de muchos otros aspectos de la vida que anteriormente consideraba más importantes.
Uno deja saber que es alcohólico por su descontrolada forma de beber y por sus aptitudes. Puede ser bastante eficaz en su trabajo y en las tareas que realiza, muy buena persona y excelente amigo, pero se transforma cuando ingiere un par de tragos. Su actitud también cambia al tornarse hosco, agresivo o melancólico.
La ciencia médica no puede hacer nada por un alcohólico que bebe constantemente. El alcohólico se degenera con el tiempo. La degeneración llega cuando se dedica a lo que vulgarmente se conoce como petardear un trago, esto quiere decir que se arrima a un compañero de bebida, conoce que en alguna esquina están bebiendo y pasa por ahí para que lo conviden, se autoinvita a cualquier reunión social; o anda cazando eventos públicos donde brindan trago gratis. Esta situación tiene sus límites, porque aquellos que un día lo invitan son los mismos que luego lo desechan cansados de sus excesos.
Un animal
“Yo estoy entre los siete primeros que asistieron al llamado de Alcohólicos Anónimos (A.A.) en Guayaquil hace 40 años. Sigo siendo un alcohólico, pero pasivo, no consumo, sin embargo puedo morir alcoholizado”. Las palabras son de Clodomiro Avilés, un hombre de 70 años que en sus días de grandes borracheras llegó a comportarse “como un animal”. Solo que, como él mismo dice, ni los animales beben alcohol.
“Ahora soy una persona normal. Hubo un tiempo en que bebía por todo y sin razón. Si ganaba Barcelona o Emelec, si perdían, si empataban. Si nacía alguien o moría cualquiera. Siempre buscaba pretextos para beber. Si conocía una chica bebía porque era guapa; si era fea pensaba cuán borracho habré estado para meterme con esta”, refiere Clodomiro, director general de la casa de reposo, alcoholismo y drogadicción Monte Paraíso.
Explica que si toma la primera copa de cualquier cosa empieza y no para. Es como si fuera un auto de carreras, arranca el motor, pica y se va de largo. Es comprensible, porque el alcohólico trata de beber la mayor cantidad que puede para recuperar el tiempo perdido que pasó sin beber.
Bebedor social
Es muy posible ser un bebedor social toda la vida. Cualquier persona puede tomarse de tres a cinco tragos sin problemas. Muchos no tienen la capacidad compulsiva del adicto, para quienes es complicado y casi imposible detenerse.
En mi caso, expone el doctor Valarezo, voy a una fiesta y me tomo tres tragos; cuando llego, cuando bailo o como y para despedirme. Así disfruta y no hace el ridículo. Luego se marcha a su casa y al día siguiente no tiene ningún síntoma de borrachera.
Clodomiro sabe por experiencia y porque ha transitado los caminos de la ruina moral lo que significa abandonarse a la bebida. A los tres años y cuatro meses de estar en A.A. recayó y estuvo ocho meses bebiendo sin poder detenerse. Recuerda cuando con soberbia atacaba: “Yo decía: tomo cuando quiero, cuando no quiero no tomo y por último lo hago con mi plata. El problema es que todos los días tenía necesidad de beber”.
El organismo se adapta o se adecúa al alcohol y cada vez pide más. El Dr. Valarezo considera que el alcoholismo es una enfermedad física, mental y espiritual. “Hay que aceptar que es un problema que te puede conducir a la muerte”, sentencia categórico.
“También fui un bebedor social, pero no me di cuenta cuando atravesé la línea invisible y me convertí en un bebedor crónico. No me faltaba nada, tenía de todo en mi hogar, tenía una hija, mis padres. En mi casa había tranquilidad, comodidad. Sin embargo, todo lo perdí por mi forma compulsiva y estúpida de beber”, dice Clodomiro.
En qué momento el bebedor social se transforma en borracho vulgar es la gran pregunta que todos realizan. “Si yo hubiera sabido que iba a caer en el barranco del alcoholismo no hubiese bebido”, asegura don Cloro, como lo conocen sus amigos. Si se les pregunta a los alcohólicos ¿por qué lo hicieron? Seguramente contestarán por ignorancia, por querer satisfacer un deseo ingobernable, y cuando llega la ingobernabilidad todo está perdido. Es algo profundo y tremendamente triste.
Para él, los alcohólicos generalmente son buenos trabajadores. Se esfuerzan porque tienen la necesidad de ganar dinero para pagar su vicio. Cuando más ganan, mayor es el consumo. Con el tiempo van cambiando las marcas y las cantidades.
“Empecé con Cinzano, un vermú italiano algo dulce. En el cumpleaños de mi hermana bebí a escondidas y me mareé. Yo era apenas un niño de 6 años”.
Los primeros síntomas de la embriaguez normalmente son considerados positivos, por lo menos inicialmente. Cuando los efectos disminuyen comienza una resaca asociada con la ebriedad, como resultado de la deshidratación y agotamiento.
Una delicia
Para Alejandra Morales, beber es una cosa deliciosa. Ella camina por los senderos del alcohol, como por la noche. Con sus 28 años anda sin novio y sin apuros por conseguirlo. Frecuenta los bares de la Zona Rosa de Guayaquil y recuerda que empezó a tomar a los 17 años con unas primas mayores a ella.
Refiere que la noche es su mejor elemento y siempre se encuentra a gusto con una copa entre las manos. “Creo que me veo más sexy”, afirma con mucha coquetería. “El alcohol me transporta, me desinhibe, me vuelve más espontánea. Ayuda a que todo lo mire de un color más interesante”. Ese es el pensamiento de esta mujer que asegura nunca haber tenido problemas por su manera de beber.
Existe una fórmula sencilla para averiguar si se está consumiendo demasiado alcohol, mediante el cálculo de los gramos. Este método consiste en multiplicar la cantidad de bebida en milímetros o centímetros cúbicos por el número de grados de alcohol y por 0,8, y este resultado se divide entre 100 para conocer los gramos de alcohol de la bebida en cuestión.
Se considera un consumo excesivo diario 40 gramos de licor en hombres, debido a su mayor tolerancia al alcohol, y 20 gramos de alcohol en mujeres.
Para aquellos que piensan que beber no hace daño, una investigación del Comité de Nutrición de la Asociación Americana del Corazón (CNAA) demostró que el alcohol aumenta el HDL (colesterol bueno), reduce la trombosis (coagulación de la sangre), aumenta la fibrinólisis (ayuda a que la coagulación sea más lenta), reduce el espasmo arterial del estrés, ayuda a la circulación de sangre en el corazón y aumenta la sensibilidad emocional, como la de la insulina, todo ello bueno para la salud del corazón.
Pero según el Instituto Nacional de Cáncer de los Estados Unidos, tomar alcohol, especialmente junto con fumar tabaco y consumir drogas, incrementa el riesgo de contraer cáncer de boca, esófago, colon, recto, laringe, huesos, estómago, pulmón, próstata, uretra, vejiga, testículos, intestino, piel, faringe, tiroides, paratiroides, páncreas, apéndice, intestino grueso, gónadas, micrótico, colorrectal e hígado en los hombres, y de cáncer de mama en las mujeres.
La decisión final es de cada uno.