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DOMINGO | 7 de octubre del 2007 | Guayaquil, Ecuador
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Luego de la mortal bengala II
Es triste comprobar en los estadios la realidad de nuestra cultura y nuestra gente, así como la escasa educación del pueblo por ausencia de políticas educativas.

Antes y durante el partido, todo parece una guerra a muerte. Voces, gritos, coros, bombos y bengalas reflejan una jungla ardiente. Indigna que fanáticos utilicen su tiempo no solo para apoyar a un par de equipos que en los últimos años solo han dado decepciones, sino para destruir la propiedad privada, cual trogloditas.  Llenamos los estadios para apoyar a dos equipos mediocres con dirigencia mediocre. Sus barras en vez de estimular a sus jugadores con entusiasmo transpiran frustraciones y liberan al ser primitivo o salvaje que llevan en su interior, al que no han civilizado.

Es bochornoso que estas barras –auténticas “bestias salvajes”– lleguen al extremo fanático de ver en el equipo a su “dios”, en el cual depositan su fe, su vida y la de los demás. El crimen de Carlitos no habría ocurrido si las barras e hinchas primitivos hubieran controlado su euforia y furia. Algunos de esos fanáticos se reúnen antes del partido en sitios estratégicos para proveer de “herramientas” a las masas y luego asistir al estadio con custodia de la Policía, cual “celebridades”. ¡Hinchas del astillero, reflexionemos! Los equipos no son “dioses”, no resuelven nuestros problemas. Después de un partido de fútbol, nuestra realidad es la misma, nada cambia, excepto el incremento de las deudas. El marketing posee estrategias para manipular los sentimientos, cautiva y ciega nuestra mente para que defendamos sus intereses y llenemos sus bolsillos.

Apoyemos al equipo de nuestra simpatía con mesura y civilizados. No descendamos al círculo vicioso en el que se pierden los valores y se incentiva la disputa campal entre barras por algo que no deja de ser más que un partido de fútbol.

Leonardo Pozo Ortiz
Guayaquil
Foro de lectores

Lo acontecido en el Monumental es muestra del estado moral que aqueja a una parte de la población ecuatoriana.

Según los videos de los noticiarios, grabados durante los “festejos” de las “barras bravas” en el sector de la popular, se vio cuando individuos aún no identificados expresamente dirigen los fuegos de bengala hacia las localidades de los palcos y  tribunas del equipo  rival, llevados por sentimientos victimarios. Odio, agresividad, resentimiento social… ¿qué pueden motivar estas actitudes extremistas? ¡Cómo no desencadenar esta clase de desmanes si desde las altas esferas se vienen exacerbando los instintos, sembrando violencia, caos, división en los estratos sociales de la comunidad! Una muestra más también de que la violencia ya es de todos.

Gladys Isabel García,
Guayaquil

¿A quién echar la culpa de una muerte que es responsabilidad de todos? En primer lugar, tenemos a las autoridades seccionales que no exigen que los directivos cumplan las normas básicas de seguridad que deben  existir; luego, los directivos que son incapaces de organizar con responsabilidad un evento de esa naturaleza; después, los líderes de las barras que parecen que afilan a sus “soldados” para una guerra, proveyendo suficientes “armas” para cometer cualquier atrocidad; y la fanaticada, víctima de su propia ignorancia e inconsciencia. El día en que las autoridades nos gobiernen con responsabilidad y reflexionemos nuestros actos podremos no ser parte de esta culpa colectiva y evitar otra situación triste como la muerte de un valioso ser.

Mónica López Carranza
licenciada, profesora, Guayaquil
 
Lamentablemente, el deporte más popular del mundo ha sufrido un proceso profundo de comercialización, diluyéndose aquel viejo espíritu olímpico que imperaba en el Mediterráneo.

El excesivo consumo de alcohol siempre ha acarreado graves consecuencias por sus efectos dañinos, sin embargo, en los escenarios deportivos no existe ningún control que regule su venta debido a que genera cuantiosas ganancias.

Ahora último ha cobrado un inusitado auge y, como lo más normal, los enfrentamientos viscerales e inconscientes entre barras bravas que se disputan zonas de influencia con el inevitable saldo de víctimas entre sus componentes, similar a la época de los años veinte en los Estados Unidos.

No hay reunión deportiva en que no se registren atracos y actos vandálicos en la vía pública, en la que son desvalijados los aficionados a entera voluntad de los barristas violentos disfrazados de hinchas, aparte de los robos y destrozos de los vehículos.

Frente a todo esto considero muy necesario que el Estado ecuatoriano adopte una actitud drástica mediante una reforma que permita protegernos de individuos de alta peligrosidad, caso contrario, en un futuro no muy lejano soportaremos más tragedias que superen, incluso,   lo ocurrido el 15 de abril del año 1985 en el estadio de Heysel, Bruselas, Bélgica (Europa), donde lamentablemente fallecieron treinta y nueve aficionados en  un terrible acto vandálico de rivalidad y fanatismo.

Álex León Ramírez,
abogado, Guayaquil

¿Resultaría bueno o malo para el país que la Asamblea disuelva el Congreso?

¿Qué entiende usted o sabe lo que es socialismo del siglo XXI propuesto por el presidente Correa a partir de la instalación de la Asamblea?

 

Luego de la mortal bengala
Quise ser espectador de un partido de fútbol y fui testigo de un cruel asesinato.

He esperado varios días para escribir esto con tranquilidad frente a tanto horror, pero han pasado las semanas y las imágenes de ese terrible momento no se borran; son cada vez más claras. Recuerdo a un pequeño  gritándole al viento que amaba a su  equipo y disfrutando ese momento. Mi amigo, observándolo, decía: “Ojalá mi hijo sea igual” (su niño es muy chiquito para ir al estadio). Al instante siguiente, ya no había júbilo; Miguel trataba de apagar  la bengala que ardía en el pecho del menor. Lo mismo hacía Washington. Todos tratábamos de hacer algo para ayudarlo. Luego, en mis brazos, ya no gritaba, estaba inerte. Un policía lo cargó, luego un familiar, y después la noticia de su deceso.
Los policías dicen que  no son responsables de lo que los dirigentes permiten ingresar al estadio antes de los partidos de fútbol. Los dirigentes dicen que no son responsables porque no autorizan el ingreso de explosivos y que ni conocen a los integrantes de las barras. Los periodistas deportivos no se sienten culpables porque advirtieron que eso podía ocurrir.  Los dirigentes de las barras dicen que ellos no estuvieron presentes y no pueden controlar a todos los que participan en estas. Nosotros, los aficionados, añadimos que no formamos parte de las barras.  Los futbolistas agregan que ellos solo juegan. Al fin, ¡nadie es culpable de la inmensa tragedia!

¡Qué  fácil es lavarse las manos. No sé si pueden  estar tranquilos!; yo no puedo al pensar en la responsabilidad que todos tenemos cuando: los policías conocen a los autores de los desmanes en los estadios y no los han detenido aunque están filmados cuando realizaban estos actos; hay dirigentes de barras perfectamente identificados; dirigentes que venden más entradas de la capacidad de las tribunas y no previenen una catástrofe, y otorgan facilidades para que se organicen las barras sin importarles la violencia con la que actúan; periodistas deportivos invitan a llenar los estadios y tibiamente se refieren a la exagerada venta de entradas, o entrevistan a dirigentes de las barras como héroes, y en vez de exigir sanciones para todos los culpables tratan de señalar quién fue el primero en lanzar la bengala, como si eso hiciera menos culpable al asesino, y se preguntan si la sanción al estadio es correcta.

¡No! Todos son culpables: los dirigentes de las barras que conocen a los encargados de los “arsenales”, y aunque no los conocieran, son responsables porque son canalizadores de los auspicios para que puedan existir; los futbolistas, que con gran violencia agreden a sus compañeros en la cancha; y nosotros, que sabiendo lo que ocurre, asistimos al estadio y no decimos nada. Respetemos la memoria de Carlitos Cedeño y no nos lavemos las manos con justificaciones. Miro a mis hijos, nietas, y no sé si yo hubiera encontrado consuelo si uno de ellos hubiera sido la víctima.

José Apolo Pineda,
doctor, Guayaquil
Luego de la mortal bengala III

De lo sucedido en ese Clásico del Astillero en el estadio del Barcelona, culpable es la sociedad, o sea, nosotros, que cuando hubo señales de brotes de incidentes se habló, todos repudiamos, y casi un mes después ahí quedó como hecho anecdótico. ¿Qué se hizo? ¡Nada!

 Las mal llamadas barras bravas son causantes de las últimas desgracias, pero no es menos cierto que nosotros los asistentes al estadio también lo somos. ¿Por qué? Quienes ingresan a las suites (estadio Monumental) van subiendo a los distintos pisos y se dirigen  por los corredores; esos hinchas, muchos del Barcelona, comienzan a mirar, más de uno, despectivamente, a los hinchas del Emelec que ingresan a la preferencia; entonces los de esta hinchada (azul) empiezan con el insulto, a lo cual los  que van a suites comienzan a tirar objetos e insultos. Todos los partidos que se juegan en dicho estadio entre estos dos equipos de Guayaquil son lo mismo. Eso lo ven niños y adolescentes que después creen que así se actúa para ser “buen” hincha, y peor aún un buen ciudadano. Soy barcelonista y lamento decir esto, pero es la verdad, y parte de eso provoca desgracias. El fútbol  es para divertirse, no para agredir ni matarse unos a otros. Este es el reflejo de nuestra sociedad y  de lo que muchos actuales políticos y gobernantes también demuestran. 

Randy Assán Villa
ingeniero comercial, Guayaquil

El impacto y posterior fallecimiento por efecto de una bengala explotada en el pecho del niñito Carlos Cedeño Véliz, lamentable hecho de sangre sucedido en el último Clásico del Astillero en el estadio del Club Barcelona, sigue concitando en muchos de nosotros rechazo, y pone en mal predicamento la seguridad inexistente en los escenarios deportivos del país.

Hasta el momento las autoridades no dan con el paradero del vándalo causante de esta lamentable tragedia.

Es necesario que las personas sensatas que se encontraban en el lugar desde donde se disparaban esos artefactos mortales ayuden a la Policía Nacional en las investigaciones, para dar con el paradero de autores, cómplices y encubridores del mencionado hecho de sangre.

Ojalá fuera posible que el Gobierno Nacional o el Municipio de Guayaquil ofrezca una recompensa halagadora a la ciudadanía, para obtener los datos necesarios que lleven a la captura de los delincuentes que acabaron con la vida del niño, quien –según informaron–   con sus tiernas manitos trató de arrancarse del cuerpo el artefacto mortal.

Franklin Alvarado Acosta,
Guayaquil

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