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‘Siempre volví a Guayaquil’

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En su querida cooperativa 25 de Julio, atrás de San Eduardo, el padre Hugo Vázquez, Marceliano Mina, Liliam García Morán y Marcirene Barreiro Ayoví.
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Octubre 07, 2007

Mariví Fierro

El próximo año se retirará del sacerdocio para completar 90 libros de su autoría.

Es guayaquileño y su amor por esta tierra lo hizo regresar todas las veces que intentó quedarse en otros países, por estudiar, por empezar desde cero, por pensarlo mejor y no contraer matrimonio para entregarse completamente a Dios.

Es sacerdote y poeta y se autodefine como “amante de los pobres de Guayaquil”. Frontal, pero ante todo un trabajador incansable, cuyo fuerte temperamento le ha ayudado a levantar parroquias enteras.
Aunque también por ese carácter ha soportado sanciones “injustas” de sus superiores.

Hugo Vázquez Almazán, en sus poco más de 70 años, es reconocido en muchos rincones de la ciudadela Bellavista, donde sus fieles lo saludan aun desde calles distantes a la iglesia Nuestra Señora de la Unidad, de la que es su párroco.

“Yo vivía en borracheras. Tenía una vida bohemia. El padrecito me rescató”, relata Héctor Chiriguaya, uno de sus fieles en San Eduardo, un sector donde no había nada, nada de nada (se refiere a la existencia de un templo) y donde el padre Hugo levantó lo que hoy es la parroquia Nuestra Señora de la Divina Providencia.

Mientras que Héctor Yagual, también de esta parroquia, recuerda cuando el padre Hugo daba las misas al aire libre, con lluvia y en el parque.

Pese a que desde muy niño sintió una fuerte vocación al sacerdocio, recién entró al seminario a los 27 años, antes estuvo a punto de casarse tres veces: con una ecuatoriana, una mexicana y una puertorriqueña. A esta última la conoció en Ponce, Puerto Rico, y si no dio el paso definitivo, fue “porque no tenía nada que ofrecerle”.

En Santiago de Chile terminó su seminario y trabajó con los sacerdotes diocesanos, se educó en el Instituto Diocesano de Schoensttat y luego ingresó a un instituto secular.

Pero la corriente nacionalista pudo más y ya en su mente y su corazón empezaban a gestarse las Notas biográficas de una ciudad y su río y más adelante, El niño nació en Ecuador, dos de sus “montones” de obras literarias dedicadas a su  ciudad: “Guayaquil, enamorado a diario / mojó sandalias: a veces en el Salado/ y otras veces en el Guayas”, dice uno de los versos de su libro Notas biográficas de una ciudad y su río.

En sus recuerdos de infancia le viene a la mente cuando sus amigos de Quito lo llamaban mono. Entonces, en lugar de sentir ‘coraje’, le tomó gusto a esta palabra. También dice que siempre quiso ser sacerdote y nunca obispo para estar más cerca de sus pobres.

Pese a esta aparente sencillez, para algunos, como el padre Freddy Barzallo, es muy elevado en su discurso, pues utiliza un lenguaje teológico cuando se dirige a las comunidades. Agradece el día en que Vázquez se acercó a los alumnos del cuarto grado en su escuela y les preguntó: ‘¿Quién quiere ser sacerdote?’. “Tenía solo 9 años, pero sus palabras me llegaron tan hondo que alcé la mano. Desde entonces lo seguí”, indica Barzallo de Nuestra Señora del Cisne en El Triunfo.

Una de sus características es la originalidad, sin importarle el qué dirán, aunque eso signifique irse en contra de las reglas. Pocos sacerdotes se atreverían, por ejemplo, a dar una misa completa con un muñeco. Esto ocurrió en 1972, cuando era párroco de Nuestra Señora de la Elevación, en La Chala. Su muñeco Chapulete cautivó a los niños, pero fue una experiencia que no se repitió.

En adelante Chapulete solo estaría en la catequesis y para acompañar al padre Hugo en sus momentos de inspiración para escribir sus cerca de 90 libros.

Todo era perfecto en La Chala, afirma. Construyó una iglesia y una comunidad. De hecho, le compuso un cuento a un niño del sector y también una canción. Fue todo tan perfecto que en aquella época, comenta, la Arquidiócesis lo premió por su labor trasladándolo a la iglesia San Antonio María Claret de Urdesa, donde solo estuvo dos años. Luego vendría una sanción, según Vázquez, “por chismes” que no detalla. Y fue trasladado a Bellavista.

Mientras tanto, no dejaba de escribir. Entre sus libros, destaca Crónicas y canciones del Guayaquil que se fue, una obra que le dio ganancias suficientes para construir su casa en Bellavista. Y biografías de las santas ecuatorianas Mercedes de Jesús Molina, de Narcisa de Jesús Martillo, libros de Mariología, de Jesús y más.

Con su obra literaria, Vázquez cubre toda entera a la ciudad “hasta en sus pequeñeces” como detalla en Guayaquil corazón. Un mariólogo y poeta por excelencia, sin duda “una persona dulce y buena que conoce muy a fondo Guayaquil”, opina sobre el padre Hugo, el arzobispo de Guayaquil, monseñor Antonio Arregui.

¿Defectos? Si los tiene, los disimula muy bien, dice entre risas el Arzobispo, pero agrega que cuando algo no le parece “pone las cosas en su lugar”.

Ese temple lo ayudó a sobrellevar hace poco la enfermedad del Antrax, una prueba de fuego para el sacerdote porque solo allí comprobó cuánto lo quería su comunidad. En los días de convalecencia recibió visitas constantes de cientos de fieles. El próximo 6 de enero cumplirá 40 años de sacerdocio, que espera celebrarlos con discreción por su diabetes. Después de esa fecha, afirma que se retira para seguir escribiendo para su “adorada Guayaquil”.

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