Entre los recuerdos del Guayaquil antañón hubo la costumbre de la barriada de comer los sábados las típicas hayacas que se vendían a los vecinos de casa en casa, preparadas por hábiles manos y con todos los ingredientes del caso.
Agrego que a mí sí me bañaron y me bañé con el jabón de rosas de la Jabonería Nacional, y el criollísimo jabón prieto (jabón de orillo), de color café oscuro. Ardía en la piel, pero curaba sarna, salpullido, etcétera. Asimismo, que me bañé para dejar estas molestias en las aguas límpidas del Salado y las piscinas del American Park.
Tampoco olvido la famosa kola Yes-Yes, con su lema comercial tipo inglés, que en las décadas del veinte y treinta la fabricaban en Juan Montalvo y General Córdova los hermanos Cáceres, ambos muy voluminosos y parecidos. Esta kola (entonces se escribía así) tenía una tapa especial blanca de porcelana con un cauchito a manera de válvula diferente a los platillos de hojalata de ahora. Costaba real y medio (0,15 centavos de sucre).
Como cosa curiosa anotaré, porque muy pocos guayaquileños lo saben, que en los años veinte la amplia pista y las tribunas de madera y caña del llamado Hipódromo (Jockey Club) de Guayaquil estuvieron localizadas en los terrenos del actual Barrio del Centenario, en la parte posterior del ahora colegio salesiano Cristóbal Colón, en la hoy calle Rosa Borja de Ycaza y otras hacia el oeste.
Nuestra ciudad tenía aproximadamente ochenta mil habitantes. Los aficionados a las carreras de caballos llegaban desde la plaza Rocafuerte hasta aquí en los carros urbanos halados por mulas, en tranvías eléctricos y en viejos modelos de automóviles.
Además, esta extensa sabana que hacía de pista de ese segundo hipódromo que tuvo la ciudad fue adaptada también para que sirviera de aeródromo, palabra usada en ese tiempo por campo de aviación, para que allí realizaran sus pinitos nuestros flamantes pilotos de aeroplanos, entrenados en Italia.