Imágenes de una visita a un antiguo reino y ex colonia británica, sometido por una dictadura militar que vive ahora la rebelión del pueblo.
En 1995, por una circunstancia personal, me resultó la oportunidad de un viaje a Birmania. Ir a ese país –que era una posibilidad incierta hasta no obtener la visa– era como viajar a un reino remoto y escondido. Lo ubiqué en el mapa, pero poco sabía de qué se trataba.
Primero tocaba ir a Bangkok (Tailandia) para intentar obtener la visa.
Las puertas al turismo se habían acabado de reabrir, después de las revueltas de 1988 contra la Junta Militar que gobierna este país desde 1962 y que ha eliminado de su camino toda posibilidad de oposición.
La empleada de la agencia nos explicó que como máximo podríamos obtener catorce días de visa y que el ingreso de periodistas estaba prohibido. Luego nos indicó que en el aeropuerto nos esperaría un señor que nos llevaría a cambiar dólares por kyats (la moneda oficial) y nos instó a mantener obediencia y sobre todo a preguntar “poco”.
Solo en ese momento supimos que el país al que íbamos no se llamaba Birmania, como pensábamos, sino Myanmar y su capital Yangon en vez de Rangoon. El cambio había sido una decisión de la Junta Militar en 1988, para eliminar todo vestigio del colonialismo británico (que duró hasta 1948), y además creó el Consejo Estatal para la Restauración de la Ley y el Orden.
En esa ocasión las protestas se iniciaron, como las de las tres semanas anteriores, por un alza desmedida en los pocos productos que les permiten sobrevivir a los birmanos: huevos, aceite, arroz y combustible.
Pero en esa ocasión (que dejó un estimado de 3.000 muertos) los manifestantes eran activistas pro democracia y no monjes ofendidos y hambrientos como ahora.
Anochecía cuando llegamos al decrépito aeropuerto de Yangon y se acercó Ko Mon, un hombre de unos 53 años. En un sofisticado acento británico nos explicó que la única forma de cambiar dinero era en el mercado negro y nos llevó en un carro destartalado hacia unas barriadas oscuras donde todo parecía a punto de desplomarse.
En la moneda, como en todos los campos de la vida en este país, hay dos dimensiones: la oficial y la real. El cambio al negro es 200 veces mayor al cambio oficial. En general el mercado negro es un delito asumido, si no existiera difícilmente alguien podría comer, pues desde 1966 el Estado nacionalizó toda la provisión de víveres y el resultado fue el desabastecimiento de productos básicos. La Junta Militar se sostiene, asimismo, del mercado negro: de opio, de los bosques de teca y de los famosos rubíes de Myanmar.
Una guía turística planteaba la disyuntiva: “Quien desee visitar este país debe ser consciente de que su contribución a la economía nacional, por pequeña que ella sea, permitirá que el represivo e inepto gobierno de Myanmar gane algo de tiempo. De otro lado, mantener a los birmanos aislados de la mirada internacional contribuye a que el gobierno cimiente más su control sobre ellos. ¡Usted escoge!”.
El pacto implícito en esta advertencia se fue convirtiendo en compromiso a medida que conocimos más al pueblo birmano y su resistencia pacífica, encabezada por la Premio Nobel Aung San Suu Kyi, una mujer que vive en arresto domiciliario intermitente desde 1989 y es la líder de la Liga Nacional para la Democracia, el más fuerte movimiento de oposición.
Al día siguiente volamos hacia Bagán (antes Pagán), un reino detenido en los inicios de la era cristiana que está ubicado en un desierto de 40 km², donde se levantan cientos de templos que parecen castillos y pagodas budistas que semejan a campanas prehistóricas abandonadas en medio de los cultivos de maní.
Amaneció, y en el hotel estatal al que nos había enviado Ko Mon nos esperaba una visita: era Ko Nun, un hombre menudo que nos recibió con una sonrisa generosa y nos invitó a subir a su humilde coche decorado con flores frescas para la ocasión.
Entre el silencio y el paso parsimonioso del caballo nos deslizamos por este paisaje infinito de castillos silvestres, con la distante compañía de uno que otro campesino que alentaba con languidez el arado de los bueyes. Eran escasos los turistas y más aún la oportunidad de intercambiar con algún local: estaba prohibido visitar los poblados cercanos después de la puesta del sol y ellos no podían ingresar a este santuario para turistas.
En el día, cuando íbamos en busca de algo para comer, los niños se acercaban a pedir lápices y las mujeres, gran sorpresa, solo pedían, entre señas, perfumes. Entre los objetos que un turista podía ingresar a Myanmar, aparte de su equipaje personal, figuraban: 400 cigarrillos, dos litros de licor y medio litro de colonia o perfume. Cámaras, radios, grabadoras y calculadoras debían ser declarados a la entrada, para asegurar su salida.
De pronto, Ko Nun se detuvo en un puesto donde vendían pétalos de flores envasados. Le pregunté si tenían alguna utilidad (tal vez curativa, se me ocurrió). “Just for beauty” (solo por su belleza) me respondió, mientras sacaba de su falda (una especie de pareo con el que se visten hombres y mujeres) un puñado de hojas de betel.
En Myanmar los hombres mascan todo el tiempo esta hoja, que además de tener propiedades medicinales actúa como estimulante y los obliga a escupir constantemente un líquido verdoso, lo cual se ha convertido en problema público a juzgar por los avisos de “prohibido escupir” ubicados en las calles de Yangon y en las inmensas pagodas budistas, único sitio donde hasta ahora los birmanos podían encontrar paz y alejarse del deseo como lo profesa su religión.