La primera semana que viví en Shanghai, caminaba por la calle Nanjing, frente a Cartier, cuando un hombre trató de venderme unas garras de tigre. Me encontraba cerca de una de las principales plazas comerciales sofisticadas, una reluciente masa de rascacielos y tiendas lujosas.
Bajé la vista a las garras apolilladas y luego dirigí la mirada a los diamantes en el escaparate de Cartier, y me sentí como a menudo se siente uno en Shanghai: como parte de una pintura surrealista.
Dejé la ciudad de Nueva York hace un año, después de vivir toda la vida allí. Estaba molesta por tener que gastar 20 dólares por una hamburguesa, deprimida por las boutiques de diseñador y hastiada del espectro merodeador de Al Qaeda. Decidí mudarme, junto con mi hija, Lulu, de doce años a —a quien había adoptado de bebé en China— de la antigua capital del mundo a la nueva: para formar un hogar en Shanghai, ciudad del futuro.
Conocía algo de Shanghai, pues había estado allí de viaje varias veces en los últimos años. La ciudad siempre estaba tan emocionada que apenas podía contenerse.
Es un micro cosmos del auge asiático, repleta de gente borracha de esperanzas y emocionada con el cambio. Es un lugar donde todos los autos en la calle son nuevos y todas las mascotas son recién adquiridas, pero la persona que uno acaba de conocer puede dar un recuento de 70 generaciones de su familia viviendo allí. Shanghai se atraca de modernidad y refinamiento tan rápido como puede, y resulta fascinante observarlo.
No obstante, visitar una ciudad es una cosa; establecer un hogar en ella es otra. Lo primero que había que hacer era encontrar un lugar para vivir. Los agentes de casas de renta en Shanghai sirven, al parecer, como anfitriones. No sólo le encuentran a uno alojamiento, sino que le presentan la ciudad, sirven como asesores y traductores, y siguen pendientes de uno y de todas sus necesidades mientras dure su arrendamiento.
A través del agente de bienes raíces encontré una casita en la ex Concesión Francesa, área de la ciudad que fue concedida al gobierno francés después de las guerras del opio.
Cuando uno renta una vivienda en Shanghai, el arrendatario le da regalos. Ésa fue una gran sorpresa. Mi agente me dijo que podía pedir muebles especiales, televisiones o una membresía para un gimnasio. Tomé el lugar sin amueblar, pensando que compraría muebles usados y, en el proceso, podría echar un vistazo a la ciudad. Cuando salí a buscar los muebles, rápidamente descubrí que no había. Hay algunas antigüedades, pero la clase de muebles que la mayoría de la gente llama muebles usados no existieron durante esos 50 años que China estuvo cerrada al mundo. Conservaban los muebles hasta que quedaban inservibles.
En Shanghai coexisten dos tipos de vida: la occidentalizada y la de los antiguos callejones, que una buena cantidad de habitantes de Shanghai, que ahora me incluye a mí y a mi hija, aún vive. Cada callejón es un perfecto mini ecosistema.
Hay un portero del callejón que lo vigila y un barredor de callejón que acude cada mañana y tarde y lo limpia, y a quien le pago unos cinco dólares mensuales.
Hay vendedores de frutas y verduras. La gente compra comida fresca a diario y sólo la que necesita. No acapara y sus casas no están llenas de artículos que nunca usan.
Vivir en Shanghai tiene una gracia que me encanta. La gente hace cosas que las máquinas hacen en la mayoría de los otros países. En vez de un parquímetro, hay una persona que recibe el dinero y le ayuda a estacionarse. Cuando uno compra una planta en el invernadero, un hombre va a su casa y la siembra. Cuando compra una computadora, una persona va y la instala y otra llega a cargarle los programas.
Dentro de 30 años, Shanghai probablemente será como Nueva York. No me preocupo por eso. Cuando termine de escribir esto, voy a ir al parque Jiang a buscar al grupo de mis vecinos que instalaron altavoces al anochecer para bailar.
A ellos no les molesta si me les uno. Entre más mejor.