Con su opulenta pintura, marcada ambición y alma de peregrino, Rembrandt van Rijn fue un dios del arte europeo del siglo XVII. Alrededor de 20 de sus pinturas —el mayor número fuera de Ámsterdam— laten en “La época de Rembrandt: La pintura holandesa en el Museo Metropolitano de Arte”, exhibición con un corazón escurridizo.
“La Época de Rembrandt” presenta la colección completa del Met de pinturas holandesas del siglo XVII: 228 pinturas. Una lista general relata la historia.
Además de las obras de Rembrandt, figuran once de Frans Hals; siete de Salomon van Ruysdael; cinco de Vermeer; cinco de Jacob van Ruisdael y ocho pinturas de Gerard ter Borch. Si a ello se le suma un retablo sensacional de Hendrick ter Brugghen; importantes pinturas de Jan van de Cappelle, Pieter Claesz y Aelbert Cuyp; y docenas de figuras respetables, si bien menos conocidas, el resultado es un inventario de impresionante alcance y profundidad.
¿Cómo empaquetarlo? Para una exhibición, en 1998, el Met se apegó a la cronología lineal: desde los comienzos hasta los últimos años. Para “La época de Rembrandt” ha dado con un tema, uno perfecto para nuestra era: el dinero.
La obra ha sido clasificada no por artistas o fechas, sino por los nombres y las fechas en que los coleccionistas compraron las pinturas y las donaron al museo. Según este arreglo, la historia del arte de la “época dorada” holandesa comienza en la era dorada de Estados Unidos a fines del siglo XIX, cuando se inauguró el Met.
Las estrellas de la exhibición no son Rembrandt, Vermeer y Hals, sino JP Morgan, Collis P. Huntington, William K. Vanderbilt y Lousine y H.O. Havemeyer. El que estas estrellas raras veces estuvieran alineadas crea un problema.
Porque compraron lo que podían obtener, o lo que estaba de moda, o lo que satisfacía su capricho, sus colecciones eran un revoltijo de géneros y estilos, que es lo que se tiene en la exhibición.
Aparte de una pared de retratos de Rembrandt, propiedad de Benjamin Altman, no hay una concentración de obras de ningún otro artista. Las cinco obras de Vermeer están esparcidas en el mismo número de salas. Obras apócrifas de Rembrandt aparecen antes que las auténticas. Tratar de armar pieza por pieza la trayectoria de un artista resulta un proceso frustrante.
El arreglo tiene algunas ventajas. Brinda una buena idea del aspecto general de la pintura holandesa. El visitante deriva un sentido realista de la mezcla de retratos, paisajes, naturaleza muerta y temática histórica que hirvieron a fuego lento en la olla de la pintura del siglo XVII. También se adquiere una rápida perspectiva del talento relativo. Ver a Rembrandt al lado de Bartholomeus Breenbergh o Jacob Duck es comprender instantáneamente quién estaba adelantado a su época.
Pero el tema principal de la exhibición —el arte holandés visto a través del dinero y el gusto estadounidense— es un ardid limitante. Esa historia comienza en la primera galería, de nombre “La compra de 1871”, que vuelve a abordar, de forma sumamente editada, la exhibición inaugural del museo. Tras la Guerra Civil, los estadounidenses decidieron que necesitaban un importante museo de arte, y se fundó el Met, en 1870.
Pero en ese momento, era una institución de arte sin arte, a excepción de un solo sarcófago romano. Así que se volcó a su compra. William T. Blodgett, vicepresidente del museo, realizó una compra masiva de 174 pinturas en París y las envió a Manhattan, donde se pusieron a la vista del público, en 1872.
El legado de Altman, en 1913, ofrece la única instalación coherente de la exhibición, principalmente porque contiene muchos elementos esenciales de la Época Dorada. La obra “Campos de trigo” de Jacob van Ruisdael está presente, al igual que “Fiesteros en garnaval”, la más grosera y más vulgar del grosero y vulgar Hals.
Rara vez se me ocurrió preguntar de quienes fueron alguna vez estas pinturas, o cuándo las adquirió el museo, o su valor en dólares.
Lo que yo quería era información sobre lo que retrataban, sobre la pintura con la que fueron elaboradas y sobre las manos que la aplicaron. Quería saber lo podrían haber estado pensando los artistas. Quería saber lo que los espectadores del siglo XVII vieron cuando contemplaban estas pinturas y lo que estas pinturas decían en su época.
En resumen, quería una exhibición diferente, una con exactamente el mismo arte aunque con menos ego institucional y más luz de arte e historia.