Una vez que detectaron a los humanos en la esquina de su complejo, los chimpancés se acercaron a nosotros con los brazos estirados y las palmas de las manos volteadas hacia arriba. Esa era su forma de pedir un plátano, y mucho más, como han descubierto investigadores del Centro Nacional Yerkes de Investigación de los Primates, en Atlanta.
Ese sencillo gesto, la palma de la mano hacia arriba, es una de las señales más antiguas y mejor entendidas del mundo. Es activada por circuitos neuronales heredados de antiguos reptiles que se doblegaban ante animales más grandes. Los chimpancés y otros simios, en particular los humanos, la adaptaron no sólo para pedir alimentos, sino también para pedir formas más abstractas de ayuda, lo que creó un nuevo tipo de señal que algunos investigadores creen fue el origen del lenguaje humano.
De ser verdad, y si se puede rastrear la elocuencia humana hasta un mensaje primigenio que significa “dame”, no estoy seguro qué conclusión sacar respecto a nuestra especie. Quizá que somos criaturas inherentemente sociales que sobrevivieron y prevalecieron contra animales más poderosos al aprender a lograr la cooperación de otros, o quizá que, en nuestro nivel más básico, todos carecemos de ambición.
El significado del gesto es claro ya sea que se trate de una palma hacia arriba y extendida, gesto de los mendigos en todo el mundo, o la versión con las dos palmas, favorita de los predicadores que extienden los brazos para suplicar la ayuda divina.
La palma vuelta hacia arriba es el acompañamiento automático a una disculpa o una coartada. Es una muestra de impotencia. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo iba a saberlo?
El gesto de la palma de la mano hacia arriba es lo que el antropólogo David Givens, director del Centro para los estudios no verbales, en Spokane, Wa-shington, llama un “subproducto gesticulante” de los circuitos del cerebro y la columna vertebral que protegía a los vertebrados hace millones de años.
Enfrentados a una amenaza, los lagartos de la antigüedad doblaban instintivamente la columna y las extremidades para presionar sus cuerpos más al piso, protegiendo el cuello y la cabeza e indicando sumisión a un animal más grande. Este acto de encogimiento es lo opuesto a la actitud de alzamiento, postura agresiva de un semental o un gorila que levanta el pecho y la cabeza para parecer más grande.
En los humanos, el vestigio del acto es encogerse de hombros, que obliga a bajar la cabeza y girar los antebrazos hacia afuera de manera que las palmas de la mano miran para arriba.
A la inversa, el acto de alzarse persiste en los humanos como una rotación de los antebrazos y las palmas de la mano en la dirección opuesta, produciendo el gesto dominante de las palmas hacia abajo utilizado por un jefe que golpea la mesa en una junta.
La mayoría de estos gestos se realiza de manera inconsciente, pero los humanos y otros simios adaptaron el de las palmas hacia arriba para gestos conscientes. Se ha observado que los chimpancés comunes y los chimpancés pigmeos, o bonobos, lo utilizan en los bosques y en cautiverio. En un estudio reciente, Amy Pollick y Frans de Waal, de la Universidad Emory, en Atlanta, hallaron que los chimpancés en Yerkes y los bonobos en California utilizaban los gestos de diferentes maneras dependiendo de la situación y el grupo.
Los chimpancés utilizaban el gesto de las palmas para arriba para pedir a otros chimpancés que compartan alimentos, que ayuden en una pelea, para pedir sexo o, con mayor frecuencia, para solicitar una sesión de aseo personal. Los bonobos lo utilizaban con mayor frecuencia como invitación al juego.
“Estas observaciones”, dijo Pollick, “nos llevaron a Frans y a mí a especular que los gestos pueden haber servido como escalón hacia la comunicación entre los primeros homínidos y, posiblemente, hacia el lenguaje”.