Al caer la tarde, se ven escenas inesperadas en Grozny, ciudad que hace menos de dos años parecía estar más allá de todo remedio.
Varias mujeres caminan en aceras que no existían el año pasado y adolescentes se agrupan bajo arbotantes de luz recién instalados, mientras hablan por teléfono celular. En una esquina, hombres jóvenes se reúnen para correr autos en una calle que acaba de ser pavimentada, escena que se siente fuera de lugar y de otra época, considerando que Grozny es la capital de Chechenia.
Por toda la ciudad, autoridades locales, en su mayoría ex rebeldes que libraron una insurgencia islámica nacionalista contra Rusia, se relajan en cafés, con rifles de asalto en descanso a su lado.
Tres años después de que una oleada de ataques guerrilleros y terroristas hicieron que a muchos analistas afirmaran que la guerra de Rusia contra los separatistas chechenos no podía ser ganada, la república ha caído casi completamente bajo el control del Kremlin y sus aliados indígenas, liderados por el Presidente checheno Ramzan A. Kadyrov.
El récord de violación a los derechos humanos de Kadyrov es escalofriante, y los alegatos de brutalidad e impunidad de su gobierno son generalizados. Pero incluso sus críticos más severos dicen que él ha desarrollado un significativo apoyo popular, en parte debido a los claros cambios que han acompañado a su firme y temible gobierno.
Mantenido a flote por una sostenida tregua en los combates y bien provisto de dinero, el gobierno de Kadyrov ha reconstruido la mayor parte de Grozny y sus áreas periféricas.
A principios de 2006, Grozny no era tanto una ciudad, sino más bien hileras de edificios destruidos con vista a charcas de aguas negras. Ahora cuenta con electricidad casi las 24 horas del día y con un servicio confiable de gas natural.
Muchos vecindarios tienen agua. Se han construido cuadras y cuadras de complejos habitacionales.
En los mercados abundan los productos, desde computadoras y muebles, hasta aires acondicionados, televisores de pantalla plana y autos nuevos.
“Lo comparo con la forma en que vivíamos antes, y es como si ahora estuviéramos en un cuento de hadas”, dijo Zulika Aliyeva, de 46 años, cuya casa fue destruida cuando Rusia saqueó Grozny, en 1999 y 2000, y quien vivió durante años en un edificio en ruinas. El edificio al que se mudó acaba de ser parcialmente restaurado.
Alexei Malashenko, analista del Carnegie Moscow Center, quien estudia a Chechenia y recientemente visitó nuevamente la república, dijo que el ritmo del cambio era impresionante. “No podía creer que estaba en Grozny”, señaló.
La victoria de Rusia sobre el corazón de la rebelión en Chechenia parece fluir, en el sentido más simple, de una fórmula de dos etapas: violencia extraordinaria, seguida por inversión extraordinaria.
Un corolario ha sido que los alegatos de abusos de derechos humanos por parte de Rusia y de sus aliados locales han sido ignorados en gran medida.
Al centro de esta fórmula ha estado Kadyrov, rebelde convertido en aliado del Kremlin, quien fue ampliamente tachado de bandido analfabeto cuando incursionó en la vida pública hace tres años tras el asesinato de su padre, el entonces Presidente.
Kadyrov, al igual que la república que encabeza, ha desafiado las sombrías proyecciones. Como Presidente de Chechenia desde esta primavera, se ha convertido en un populista que ha logrado acoger el islam sufi, la identidad étnica chechena y la autoridad del Kremlin de manera simultánea.
Varias personas de la localidad lo elogiaron, al decir que ha impulsado al gobierno a trabajar y ha obligado a los contratistas empleados por el gobierno a cumplir con los estrictos plazos establecidos por él.
El apoyo a Kadyrov dista mucho de ser total. En una barriada conocida localmente como Shanghai, los residentes dijeron que se les obligaba a mudarse a diminutas chozas en un campo contaminado con petróleo, porque sus terrenos ahora eran valiosos para los nuevos especuladores de bienes raíces de Grozny.
“¿Qué puedo pensar de Ramzan?”, comentó una joven, quien pidió no ser identificada por protección. “Nos echan con mentiras”.
Una gran porción de la población está empleada en trabajos de reconstrucción, pero Memorial, organización privada de derechos humanos, señaló que muchos trabajadores no habían recibido sus salarios, o recibían menos de lo prometido.
Sarah Mendelson, directora en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales, en Washington, indicó que era demasiado pronto para decir que Chechenia se había recuperado.
La historia podría demostrar que Kadyrov fue sólo un constructor, dijo.