Desde hace dos décadas, los países vecinos de Myanmar han lidiado con la interrogante de cómo responder a la constante represión orquestada por los generales en el poder contra su propio pueblo. En Tailandia, la respuesta llega cada vez que los tailandeses pagan su recibo de electricidad.
El gas natural procedente de Myanmar, que genera el 20 por ciento de toda la electricidad en Tailandia, mantiene las luces encendidas en Bangkok. El gas, que tendrá un costo este año de unos 2.800 millones de dólares, es la principal exportación de Myanmar, cuya economía es por lo demás pobre.
Las importaciones tailandesas de gas ilustran el dilema que enfrentan China, India, Singapur y Malasia, entre otras naciones, en su carrera por obtener las maderas nobles, los minerales y las piedras preciosas de Myanmar, así como acceso a sus 47 millones de consumidores.
En un contexto de precios energéticos disparados a nivel mundial, la perspectiva de extraer recursos naturales parece superar la vergüenza de negociar con una Junta que se ha vuelto tristemente célebre en el mundo entero. Por este motivo, a decir de los analistas, los países que disponen de mayor influencia sobre Myanmar parecen ser los más reacios a emplearla.
Desde el punto de vista de los generales de Myanmar, las compras tailandesas de gas son sólo el principio de lo que promete ser una inyección significativa de dinero. El país pronto anunciará al ganador de una concesión a los campos de gas aún más grandes de Shwe, ubicados frente a las costas occidentales del país. Compañías hindúes, chinas y surcoreanas están entre los concursantes para esos contratos.
En el oriente de Myanmar, empresas tailandesas construyen plantas hidroeléctricas y tienen contratos para pagarle al gobierno miles de millones de dólares por la electricidad.
El dinero obtenido ha permitido que los generales que gobiernan Myanmar compren armas a China y helicópteros a India, ordenen un reactor de pruebas nucleares de Rusia y edifiquen su nueva capital al norte de Yangon, ciudad principal del país.
Para los estándares internacionales, las reservas de gas de Myanmar son pequeñas. La compañía petrolera BP estima que las reservas totales del país son de 538 mil millones de metros cúbicos, mucho menos que las de la cercana Malasia o de Indonesia.
Pero los miles de millones de dólares que estos campos generarán son valiosos para los generales en el poder.
El año pasado, Myanmar vendió dos mil millones de dólares en gas a Tailandia, lo que significó más del 40 por ciento del total de exportaciones del país para ese año. En gran parte gracias al trato del gas, Tailandia, y no China, como suele creerse, es el principal socio comercial de Myanmar.
Los funcionarios tailandeses indican que su país compite por los recursos energéticos del mundo y que si no compra el gas, alguien más lo hará.
El general Sonthi Boonyaratglin, jefe del ejército que encabezó el golpe de estado militar ocurrido el año pasado en Tailandia, dijo hace poco que su país debería permanecer presente en Myanmar.
“Numerosas naciones amigas ayudan a Myanmar, porque es un país lleno de recursos naturales que las naciones poderosas quieren obtener”, explicó.
Para China, el atractivo de Myanmar es tanto de índole económica, importó 1.300 millones de dólares en mercancías chinas en 2006, como geoestratégica.
En el marco de su oferta para la explotación de los campos de gas en Myanmar, China ha propuesto la construcción de un gasoducto que se extendería del Océano Índico hasta la provincia china de Yunnan.