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Primera sentencia a 35 años

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MILAGRO. Manuel Upaya, esposo y padre de las víctimas, quiere reconstruir su familia en la casa donde se cometió el asesinato.
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Octubre 07, 2007

Teresa Marchán Luna

Juan Vera recibió esa sentencia por la violación y muerte de dos personas en Milagro.

Por primera vez en el Guayas un hombre fue sentenciado a 35 años de prisión por acumulación de delitos. Se trata de Juan Vera Carpio, alias Charrasqueado, quien asesinó a su pareja y violó y mató a la hija de esta, en octubre del 2005 en Milagro. Desde ese cantón, una niña, de 12 años, cuenta cómo se cometió y sobrevivió la noche del crimen. 

Alambres de púas y montes cercan la humilde vivienda del sector de  Cien Camas de Milagro, donde el 8 de octubre del 2005 se cometió uno de los más horrendos crímenes ocurridos en ese cantón.

En la cara posterior de la construcción cuatro tablas cubren una pequeña ventana. Aquella por donde Juan Olegario Vera Carpio, de 48 años, ingresó la noche del asesinato para degollar a su pareja, Rosa Ercilia Calva Sánchez, de 40; y violar y matar a la hija de esta, Helen Upaya Calva, de 8, según el juicio 98-2006 de la Corte de Justicia del Guayas. 

“La casa la construí en 1999 para vivir con mi esposa y mis tres hijas”, expresa el marido y padre de las víctimas, Manuel Upaya, mientras recoge un letrero de la tienda que tenía en el inmueble. En ese negocio fue donde conoció, en el 2001, a Juan Vera. Juan Charrasqueado, como lo llamaban los vecinos, quien cuatro años más tarde conquistó a su esposa y, dice, le arrebató su hogar. 
 
Un hogar que, excepto por algunos electrodomésticos que fueron incinerados, por dentro se mantiene igual que el día del asesinato. Es como un camal, dice Manuel, quien explica que por ocuparse de los trámites legales no tuvo ni el tiempo ni el valor para limpiar las manchas de sangre que aún permanecen en el piso y las paredes.

Pero ahora Manuel afirma que ha recuperado la fuerza para hacer esta tarea. Ahora que el pasado 26 de septiembre Juan Charrasqueado fue sentenciado  por el Quinto Tribunal de lo Penal del Guayas a 35 años de cárcel. La condena máxima que estipula el artículo 81 del Código Penal (que trata sobre la concurrencia de delitos) y que marca un precedente en esta provincia, donde nunca antes alguien había recibido tal castigo.   

“Arreglaré la casa para vivir con mis hijas”, indica Manuel, refiriéndose a las dos niñas que sobrevivieron al ataque de Vera. La mayor de ellas, a quien llamaremos Lucía, cuando tenía 10 años se convirtió en pieza clave del caso y su testimonio liberó a su padre de  sospecha.

El 15 de diciembre del 2005 la pequeña declaró ante la Fiscalía de Milagro que el crimen ocurrió cerca de las 21:30, después de que su madre y hermanitas se fueron a dormir. Ella también se acostó, pero se mantuvo despierta, señala. Así pudo escuchar cuando el asesino entró por la ventana de atrás, como siempre acostumbraba hacer cuando llegaba borracho para reconciliarse con Rosa.

Pero ese día su intención era otra. El Charrasqueado quería desquitarse de su mujer porque horas antes ella había dado por terminada la relación. La pelea fue escuchada por los vecinos. Sin mayor sorpresa, afirman, pues los insultos y golpes eran frecuentes entre la pareja.

Sin embargo, los gritos con los que Rosa y sus hijas pidieron ayuda mientras eran agredidas aquel día ningún morador los oyó. Se perdieron entre la bulla de una ceremonia evangélica que se celebraba en el sector.

Lucía, en cambio, tuvo que escucharlos en silencio para poder salvar su vida, después de que el asesino tomó un cuchillo de la cocina y se lo clavó en el pecho. La pequeña cayó al suelo y se quedó quieta, simulando estar muerta. Con sus ojos entrecerrados vio  cómo el Charrasqueado se acercó a su mami y le asestó nueve puñaladas en el corazón,  otras dos en el dorso, una en la muñeca y un corte  en el cuello. Luego, hizo lo mismo con su hermanita Helen, quien se había agarrado a las piernas del asesino y le suplicaba que no matara a su madre.

Dos días después, el médico  que hizo la autopsia a la menor descubrió que, además de recibir  dos puñaladas,  había sido violada. A la única que no lastimó  fue a Elena (nombre ficticio), de 7 años. Vera sabía que por ser una niña con retardo mental no podía hablar, no podía delatarlo. Seguro de que ya no había testigos, el Charrasqueado se fue dejando el cuchillo ensangrentado.

Lucía fue hasta donde  su madre, pero al acercarse a su pecho se percató de que el corazón de Rosa “ya no hacía tic tac”. “Fui donde Helen, pero estaba toda tiesa. Me dio miedo de que ese hombre (Vera) regrese y otra vez me hice la muerta”, cuenta la pequeña, quien se quedó dormida hasta las 19:30 del día siguiente.

Al despertarse, tomó a Elena y la bañó junto a ella. Ambas estaban cubiertas de sangre y Lucía sentía vergüenza de que las vieran así. Con ropa limpia, salió de la casa y casi ya sin fuerzas pidió ayuda a sus vecinas.

El auxilio que prestaron los moradores ese día les significó  más tarde noches de insomnio y terror, cuando –aseguran– el Charrasqueado intentó vengarse de ellos, porque ayudaron  a la niña que luego lo acusó. “Muchos vecinos tuvimos que dejar nuestras casas”, cuenta una habitante, que no da su nombre, pues teme que Vera se escape de la Penitenciaría del Litoral, donde está recluido desde diciembre del 2005. 
Ese temor también lo siente Lucía, quien vive junto a su hermana Elena en casa de sus abuelos. “No puede estar sola ni un momento y siempre se imagina que el asesino va a aparecer por la ventana para matarla”, cuenta su padre.

Para él, los 35 años que recibió Charrasqueado nunca serán suficientes para pagar la destrucción de su familia y el dolor que hoy sufren él y sus hijas. “Solo Dios sabe lo que en realidad se merece”, afirma.


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