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‘Charrasqueado’: Solo maté a una persona |
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| Juan Vera Carpio recuerda en la Penitenciaría del Litoral la canción por la cual fue apodado como el Charrasqueado. | | |
| Octubre 07, 2007
Llegó con la Biblia en mano desde el pabellón Buen Samaritano, de la Penitenciaría del Litoral. Ahí lleva recluido un año y nueve meses, desde que la Policía lo detuvo en una casa del cantón Mocache, en Los Ríos.
Afirma que ese día, 29 de noviembre del 2005, los policías lo llevaron hasta un río y apuntándolo con una pistola lo obligaron a culparse por la muerte de su pareja, Rosa Calva, y de la hija de esta, Helen Upaya.
“Creo que les dije que había matado a Rosa por celos, porque pensaba que estaba con otro hombre... pero no, eso solo fue una mentira para salvar mi vida... Yo no cometí el crimen”, sostiene antes de aseverar que la acusación en su contra es un invento de Manuel Upaya, esposo y padre de las víctimas.
“Él sí tenia motivos para matar porque Rosa lo dejó por mí”, indica, tras contar su versión de los hechos. Según esta, el día del crimen Vera entró a la casa de su compañera sentimental y la encontró muerta en la cama. Salió a la calle a buscar ayuda, pero dos hombres le recomendaron que huyera porque lo podían inculpar. Y así lo hizo.
Entonces, ¿por qué Lucía (nombre ficticio), hija de Rosa, lo señaló como autor del crimen? Su respuesta: porque está mintiendo, igual que Manuel, igual que los vecinos que declararon en su contra diciendo que él le pegaba a su pareja.
“Yo quería a Rosa, no podía lastimarla, peor violar a su hija... eso sí que no.... El doctor que le hizo la autopsia está mintiendo. Seguro Manuel le pagó para que diga eso”, manifiesta el Charrasqueado haciendo un gran esfuerzo para poder hablar fluidamente. Es que poco tiempo después de ingresar a la cárcel, su salud se deterioró por una golpiza que los internos le dieron con palos y fierros. La agresión es un castigo que los reos imparten a aquellos detenidos que han sido acusados de ultrajar a menores de edad.
En su cuerpo también hay marcas de cortes de machete. Las tiene desde el 25 de agosto de 1996, cuando se enfrentó a Andrés Alarcón, en el norte de Guayaquil. “Estábamos libando y comenzamos a pelear... Él me quiso matar, pero me adelanté y le di unas puñaladas”, relata.
El asesinato fue denunciado el 1 de diciembre del 2005, cuando la madre de Alarcón, Ernestina Pincay, reconoció a Charrasqueado por los medios de comunicación. En la denuncia la mujer indica que Vera ha matado al menos a doce personas más y que después de cada crimen bebía la sangre de sus víctimas (no hay más denuncias al respecto). “A ese chico sí lo maté, pero a nadie más... y yo no soy vampiro para chupar sangre”, asevera riéndose.
Su sonrisa vuelve a aparecer al recordar la canción de Juan Charrasqueado, aquella que siempre tocaba en su guitarra y por la cual se ganó el apodo. Es una melodía que habla de un hombre parrandero, galante y conquistador, con quien dice sentirse identificado. Es que además de Rosa, Vera estuvo unido a otras dos mujeres, con quienes tuvo cinco hijos.
Hace cuatro meses, dos de ellos lo fueron a visitar a la cárcel. “Les dije que comprendan que mi encierro es una injusticia de la vida, porque aquí no se pagan los delitos sino la pobreza”, manifiesta. Él cree que si hubiera tenido dinero para pagar un abogado particular –y no uno de oficio como el que se le asignó– hubiera logrado una condena menor.
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