En nuestro mundo moderno y civilizado prácticamente no existe hogar en el que el tema de la infidelidad no haya sido motivo de discusión central, ya sea porque fue o es parte de sus vidas, porque está afectando a personas cercanas o porque se lo quiere prevenir. Por supuesto que el tema también da mucho material para chismear, exagerar, calumniar, pero ese no es el enfoque de esta columna.
Analizado desde el punto de vista más sencillo, un affair se produce porque han entrado en contacto dos personas, por lo menos una de ellas casada, que han permitido que sus debilidades hablen por ellas. Hasta allí lo sencillo, ya que una vez que se establece, un affair es capaz, como todos sabemos, de destruir no solo un hogar sino una o más vidas.
Ahora bien, si conocemos las terribles consecuencias de la infidelidad matrimonial, lo lógico sería curarse en salud, evitando acercarse demasiado a compañías potencialmente peligrosas. Esto, obviamente, es menos sencillo todavía, ya que “potencialmente peligrosa” en ese sentido es buena parte de la gente que conocemos y que vemos en el trabajo, o en el gimnasio, o en el deporte que practicamos, o en la reunión del sábado pasado.
El affair, especialmente el que causa daño profundo, no se produce entre personas desconocidas (ese tipo de relación tiene otro nombre), y es precisamente la cercanía o familiaridad lo que lo hace más probable. Y esto puede suceder de la manera más casual e inocente. Por dar un ejemplo: cuando un hombre y una mujer compatibles (significando con esto que se caen bien desde el comienzo, ya sea en el trabajo, deporte, obras sociales) le dan espacio a la discusión de sus vidas personales están abriendo una puerta difícil de cerrar, porque se pueden crear necesidades, dependencias o sentimientos más comprometedores según su grado de inmadurez.
La demasiada familiaridad puede eliminar las barreras protectoras creadas por las obligaciones con sus respectivos cónyuges, incitándolos a comportarse como individuos, no como miembros de dos parejas diferentes, dejando el espacio abierto para que nazcan y crezcan sentimientos vedados. Si se llega a esta etapa, el resto es cuesta abajo.
Se facilitarán las oportunidades para verse furtivamente, se dirán el uno al otro lo maravilloso que es haberse encontrado (tan “maravilloso” que están dejando dos familias destruidas en el camino) y, como todo es lindo al comienzo, no se imaginan cuán trágico puede ser su epílogo.
Pero, entonces, ¿la solución es reunirse, trabajar o hacer deporte solo con miembros del mismo sexo? No hay que irse al otro extremo, que tampoco es una garantía. Sabemos que si alguien se propone tener un affair eventualmente lo logrará, no necesariamente con su primera elección.
Estamos hablando de los affairs que tienen como causa la negligencia de dos personas en evitar que el contacto con alguien, casado, del otro sexo, haya llegado al nivel siguiente. Y por supuesto que es posible prevenirlo: “uno sabe” cuando una relación circunstancial empieza a cambiar de naturaleza, y es aquí cuando los límites hay que reconocerlos y respetarlos.
Afortunadamente solo se necesita que lo haga uno de los dos. Ahora, si uno no estuviera seguro sobre qué terreno está pisando, una prueba que no falla es preguntarle al propio marido/esposa su opinión al respecto, comprometiéndose de antemano a regirse por dicha opinión.