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| eluniverso.com | 07h00 |
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Grupos marginales en Bolivia hablan de guerra civil anti Morales |
Septiembre 30, 2007
SANTA CRUZ, Bolivia | AP
Miguel Roda dispara cuatro tiros a las palmeras por sobre su cabeza y se imagina una guerra civil. Derramaremos hasta la última gota de sangre, camaradas! grita a un grupo de menos de una docena de seguidores en la plaza de esta ciudad del oriente boliviano, bastión de la oposición al presidente izquierdista Evo Morales. Vamos a defender Santa Cruz palmo a palmo, calle a calle, pueblo a pueblo!. Con una boina negra y un revólver debajo de su amplia camisa, Roda trata de revivir la Falange Socialista Boliviana (FBS), un partido de derecha que fue fuerte en los años 40 y 50, y que permanece inactivo desde entonces. La guerra civil parece lejana en Bolivia. Pero el marginal grupo de Roda refleja la alarma que se ha apoderado de la elite blanca del departamento de Santa Cruz. Las reformas de Morales son populares entre los bolivianos de los Andes, pero son rechazadas en estas tierras proclives al capitalismo. Muchos bolivianos creen que las rivalidades de larga data regionales y raciales están dividiendo a este país en dos. Las elites se sienten absolutamente violentadas por los cambios que se han dado en la sociedad boliviana, dice José Mirtenbaum, profesor de sociología de la Universidad estatal Gabriel René Moreno, de Santa Cruz. Hay una situación aquí que es más emocional, es una situación muy irracional. Muchos aquí creen en los rumores no confirmados de que Morales está trayendo armas desde Venezuela en vuelos nocturnos no registrados. Un video incorporado hace poco a YouTube por un grupo derechista de Santa Cruz muestra a indígenas paramilitares entrenando a las orillas de lago Titicaca. A principios de este año, una versión más alarmista fue reproducida por uno de los diarios brasileños de mayor circulación. O Globo citó a un anónimo funcionario de Santa Cruz que se jactaba de que una milicia de 12.000 separatistas y opositores a Morales estaba esperando en la selva el momento oportuno; una milicia que el reportero del medio nunca vio. No se conoce ninguna evidencia que sustente la versión. Pero, mientras sólo un grupo marginal cree posible una guerra civil, el resto de Bolivia hace su parte para mantener vivo el rumor. Nosotros decimos: Viene el lobo, viene el lobo, pero nadie cree que el lobo esté realmente viniendo, dice Víctor Jemio, general retirado del ejército y analista de asuntos militares. El país es muy inestable, anota, recordando que ha tenido 84 presidentes y dictadores en sólo 182 años. El boliviano es muy impaciente. Siempre tiene algo de esperanza en el cambio, pero siempre apuesta a la solución por el desastre, agrega el general. Otrora un pueblo aislado, la capital de Santa Cruz se convirtió rápidamente en la ciudad más rica del país sudamericano más empobrecido. Su consumismo influido por el estadounidense y su mestizaje no se mezclan fácilmente con la visión de Morales de hacer de Bolivia un estado comunal regido por los valores tradicionales de las mayorías indígenas históricamente oprimidas. Pero el choque entre las dos ideologías empezó antes de que Morales naciera, hace 47 años. Roda explica que los disparos en la plaza fueron un tributo a los miembros del grupo conocidos por sus iniciales FSB, que murieron resistiendo la revolución izquierdista de 1952, la última vez que un gobierno boliviano intentó reivindicar a los pueblos indígenas. En 1958, tropas de indios quechuas y aymaras enviadas para aplastar una rebelión ultimaron a un puñado de miembros de la FSB en la localidad de Terebinto. La masacre se convirtió en leyenda en los cafés de Santa Cruz, donde el amargo recuerdo, a veces, va acompañado de una sombra racista. Lo de menos es la cantidad de muertos que hubo, sino el proceso de humillación que se sufrió de parte de una jauría enceguecida por el alcohol y la irracionalidad, escribió el historiador cruceño Alcides Parejas en respuesta a una entrevista por correo electrónico. Medio siglo después de Terbinto, los indígenas del occidente del país, la mayoría seguidores de Morales, siguen llegando a Santa Cruz, pero en busca de trabajo, lo que ha llevado a que su población pase de 2 millones en 2001 a alrededor de 2,5 millones hoy. El rápido cambio del paisaje racial y político hace temer a algunos grupos blancos y mestizos que vuelva la violencia. Morales alimentó sus miedos cuando el mes pasado organizó un desfile de indígenas y militares en una base de la fuerza aérea en Santa Cruz. La élite de Santa Cruz hizo fortuna con plantaciones de soya, ganado vacuno y negocios inmobiliarios, y se siente blanco de los planes del gobierno de revertir tierras ociosas u obtenidas fraudulentamente del estado para repartirlas entre grupos de indígenas y campesinos. Los habitantes de larga data de Santa Cruz, el centro de la industria energética de Bolivia, también están preocupados porque las inversiones extranjeras caigan ahora que Morales ha forzado a transnacionales petroleras a pagar más impuestos. Los líderes de Santa Cruz quieren una mayor participación en los ingresos por la explotación de gas en el departamento, pero Morales necesita el dinero para el empobrecido occidente, una de las razones por las que la región exige constituir su gobierno autonómico departamental. La tensión a veces se desborda a las calles. La Unión Juvenil Cruceñista, un aliado de la FSB, fue acusada en agosto de organizar una incursión violenta a un mercado controlado por indígenas andinos para forzar su cierre, previo a un paro regional contra el gobierno. En las imágenes de televisión se puede ver a jóvenes ebrios rompiendo vidrios de autos y amenazando a los vendedores con insultos racistas. Un vendedor fue atropellado por un unionista que huía en su auto. La Unión niega haber participado en los hechos. Pero los jóvenes que rondan su sede tienen el hábito de blandir palos y bates de béisbol, y no esconden su desprecio por los indígenas andinos recién llegados, afines a Morales. Se adaptan a lo que es Santa Cruz, o retornan a su tierra, dijo el miembro de la Unión Víctor Hugo Vhistrox. Los bolivianos sienten que los sueños de los violentos pueden ser realidad si no encuentran consenso. Ya llegó un momento en que no se sabe exactamente cómo encararlo, dice Carlos Valverde, un influyente analista cruceño cada vez más crítico de Morales. Valverde, de 50 años, perteneció a la FSB en su adolescencia, cuando su padre era dirigente del partido, pero rechaza la violencia que él mismo atribuye a la Unión. El miedo que yo tengo es que un día vamos a llegar al precipicio y vamos a ir con tanta fuerza que algunos se van a caer. Y de allí nos vamos a la m...
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