Treinta días después del 30 recién se podrán conocer los resultados de la madre de todas las batallas. Así será porque el inapelable tribunal lo ha decidido. Si pudo mandar a la casa a más de la mitad de los integrantes del Congreso, cómo no va a poder prohibir la difusión de cualquier conteo rápido, encuesta a boca de urna o cómputos preliminares. Si por casualidad las misiones internacionales de observación electoral se atreven a hacer alguna observación, los cuatro vocales podrán cantarles Patria tierra sagrada para demostrarles en dónde están la soberanía y la dignidad, con lo que pondrán fin al problema. Esas son las reglas cuando hay poderes omnímodos, y esto había que saberlo antes de apoyarlo como lo apoyaron quienes ahora son sus víctimas.
Pero, con resultados postergados o sin ellos, lo que está en juego en esta elección es básicamente el número de asambleístas que tendrá el Gobierno. De este depende lo que pueda hacer la Asamblea, el tipo de Constitución que saldrá de ella y por tanto, el futuro del Ecuador. Una mayoría absoluta de Alianza PAÍS convertirá la Asamblea en el sastre encargado de hacer un traje (o para ir con la moda presidencial, una camisa) a la medida. Algo muy parecido, solamente con pequeños matices en uno u otro artículo, sucederá si esa mayoría se logra con sus aliados más cercanos (MPD, PRE, Pachakutik y PSE-FA). La situación será algo diferente si el partido gubernamental y las fuerzas que lo apoyan se ven obligados a conversar y buscar acuerdos con las organizaciones situadas más hacia el centro del espectro político. Claro que esto no garantiza que la nueva Constitución vaya a ser el producto de consensos de largo alcance, ya que no existen las propuestas ni la visión integral que se requiere para que ello ocurra.
Entonces, cabe hacer algunas reflexiones sobre el posible número de asambleístas altivos y soberanos. Primero, hay que considerar que pueden producirse tsunamis políticos. Aunque las tendencias históricas de votación demuestran que solo en contadas ocasiones una lista ha podido obtener porcentajes superiores al 35% o al 40% en pocas provincias y nunca en el nivel nacional, nada asegura que ahora no se pueda superar esa barrera. Con la campaña que ha desarrollado el Presidente en las últimas semanas es probable que lo logre. Segundo, puede mantenerse la marea habitual, especialmente porque la gran cantidad de listas en la disputa fragmentará la votación. Pero a la vez, esto puede convertirle a Alianza PAÍS en un Gulliver cómodamente instalado entre un montón de liliputienses. Es decir, puede afectar a todo el resto y no necesariamente a ese partido que ha contado con claras ventajas en esta contienda. Tercero, la fórmula de asignación de puestos ciertamente beneficia a los pequeños, pero si esos son no solamente pequeños sino minúsculos ya no existiría tal beneficio. En síntesis, un triunfo del Gobierno es tan posible como un tsunami, pero no se puede predecir. Una marea siempre es predecible, pero puede no llegar a ocurrir.