- SEP. 23, 2007 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
“Ningún siervo –hoy nos dice el evangelio– puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá al uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo”.
Cuando medito estas palabras de Jesús, enseguida me pregunto: ¿Por qué no puedo ser esclavo más que de uno solo? ¿A qué se deberá la imposibilidad de dar el mismo trato a dos señores? ¿Por qué si quiero al uno no puedo al mismo tiempo amar al otro? La respuesta no es tan simple. Por una parte –lo comprendemos bien usted y yo– no hay dos amos iguales. Siempre hay uno a quien servirle es un placer o cuesta menos. Siempre hay uno con el que sintonizamos más.
Mas esta diferencia de señores no lo aclara todo. Hay una causa propia y exclusiva del sirviente, que da la explicación de la completa imposibilidad de amar a dos en paralelo: que corazón humano no puede darse por igual y simultáneamente a dos amantes, ya que el amor perfecto, es siempre y necesariamente, “total, perenne, exclusivo y estable”. Si le faltara alguno de estos componentes sería un medio amor o un seudoamor.
Ahora bien, con medio o seudoamor no puede darse un buen servicio. Con ese amor estrecho lo que se puede dar es un negocio: te doy mis bienes –mi tiempo, mi trabajo, mi atención– para que tú me des los tuyos: tu plata, tus aplausos, tu sometimiento. Así aparentemente sirven muchos medio-seudoservidores.
Sobre todo en las empresas que se llaman “de servicios”, se da el medio servicio: facilitan a la gente lo que necesita, pero a cambio de una utilidad. Es un servicio muy legítimo y santificable, pero un servicio a medias o un medio servicio. El que sirve de verdad se entrega por entero. No pide nada a cambio. No piensa más que en la felicidad de la persona amada.
Supera al medio servicio.
Todo esto que afirmamos del servicio pleno, nos permite en un primer momento comprender por qué el servir perfectamente a dos señores no es posible. Pero también nos lleva a penetrar profundamente en el sentido de la afirmación final del evangelio: “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.
Porque el servicio-servicio, el servicio en que se entrega el corazón entero, solo puede hacerse a Dios y a los demás por Dios. Al dinero solo cabe seudoamarle o medio amarle: es decir, buscarlo honestamente para servir con él a Dios y a los demás.