- SEP. 18, 2007 - Foto - La Caja - EL UNIVERSO
El columnista de televisión de El Tiempo de Bogotá, Omar Rincón, contaba en alguna ocasión que fue invitado a una entrevista de radio y lanzó una broma: iba a abrir un seminario en la universidad para analizar la cultura contemporánea utilizando únicamente distintos capítulos de los Simpson.
Solo era una broma, pero al día siguiente había una cola de más de 30 personas tratando de inscribirse para tomar el curso. Omar se lamentaba de no haber organizado el curso en serio. “Algún día lo haré”, aseguraba.
Prácticamente cualquier hecho del mundo contemporáneo ha pasado bajo la mirada irónica y ácida de la familia amarilla de Springfield. Así que la idea es todo lo contrario a descabellada. El último viernes, por ejemplo, se emitió por Teleamazonas un capítulo sobre los reality shows.
Desde la “profunda” creatividad que destilan (“lo inventé copiándolo de la TV holandesa”, dice el productor) hasta la manipulación para cambiar las reglas del juego, meter personajes cuando está descendiendo el rating y el cinismo de los productores, que no les importa el destino de los participantes. Todo lo que suelen llamar “la hiperrealidad televisiva.”
En el colofón del capítulo, los Simpson deciden no ver más realities, se aburren con series insulsas y deciden apagar el televisor para divertirse –aunque sea tontamente– entre ellos. Exacto: la telerrealidad deja de ser importante cuando se decide vivir de verdad. Aunque hoy resulte difícil distinguir entre la una y la otra.