Domingo 16 de septiembre del 2007 Religiosa y Obituarios

El hijo miope

La parábola que hoy nos cuenta el evangelio tiene como protagonista a un padre con dos hijos. Y aunque sin duda usted la tiene casi toda en la memoria, se la voy a recordar muy brevemente.

El más joven de los hijos, después de recibir la parte de la herencia que, según su parecer, le era debida, se fue a lejanas tierras. Allí gastó todo su capital, viviendo disolutamente. Y apenas se quedó sin plata, las y los compinches de relajo, como suele suceder, lo abandonaron. Por lo que el pobre parrandero principal, para darle algún trabajo al vientre, se puso a cuidar chanchos.

Contemplando estos groseros animales, recuperó por fin la sensatez y regresó a la casa de su padre. Allí, en lugar de recibirle con reproches, fue colmado de besos. Y además fue agasajado como rey: regia ropa, regio anillo, regia mesa y regia fiesta.

El otro de los hijos –el mayor– se hallaba fuera de la casa cuando llegó su hermano. Y oyendo al regresar la música y los cantos, preguntó por el motivo de jolgorio. Pero no se entusiasmó con la noticia: se puso tan furioso que su  padre, para intentar que se integrase en el festejo, tuvo que salir a convencerlo.

Él, muerto de las iras, reclamó a su padre: “Tantos años sirviéndote en todo sin fallar en nada… Nunca me has dado para celebrar con mis amigos ni siquiera un cabrito… En cambio, a ese hijo tuyo que gastó toda su plata en prostitutas le pasas todo por alto. Más aún, lo celebras por lo alto”. No nos dice el evangelio si el papá logró que el resentido recapacitara.

Aunque es lícito pensar, teniendo en cuenta lo que su papá le dijo, que también este segundo hijo terminó reconociendo su equivocación. ¿Cómo no iba a reaccionar cuando le dijo el padre: “Tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”? El testarudo, insisto, muy probablemente terminó reconociendo su inmisericordia.

Mas hoy, para nuestra meditación, el final de este segundo hermano no tiene tanta importancia. Lo que sí la tiene es que este hijo, el mayor de los hermanos, no andaba bien por dentro.

Trabajaba bien por fuera, desde luego. Pero obraba con el corazón envenenado. Parecía estar junto a su padre, mas todo era una farsa: con quien en verdad “estaba” era consigo mismo. Tan solo le importaba su excelencia, no el servicio a los demás.

El pobre era miope para todo lo espiritual. Y por eso no entendió, al menos en un primer momento, que aquella alegre fiesta era obligatoria. Pues su hermano, como le explicó su pacienzudo padre, “estaba muerto y había resucitado; estaba perdido y había sido hallado”.

No vamos a justificar lo que hizo mal el hijo joven. Pero sí vamos a resaltar que la conducta habitual de su egoísta hermano algo debió influir en el escape del más joven. Y le vamos a pedir a nuestro Dios que nos perdone si hemos sido así. Y que jamás permita que nuestro egoísmo pueda hacer que alguno deje al Padre que nos ama tanto.
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