Lo que más llama la atención de estas tres semanas de publicidad electoral no es la deplorable calidad. Tampoco la ausencia de propuestas. Ni siquiera la competencia por el premio a la ignorancia en que parecen estar embarcados los candidatos. No, lo asombroso es que alguien se sorprenda de que ello ocurra.
Desde que se comenzó a hablar de la convocatoria a la Asamblea, en los inicios de la campaña electoral del año pasado, estaba claro que se produciría este baratillo de incongruencias. Si esta fue presentada como la solución mágica a todos los problemas del país, entonces todos esos problemas tendrían cabida en ella y por supuesto en la campaña de sus integrantes. Cuando se eliminaron todos los filtros para la inscripción de las candidaturas y se satanizó cualquier forma organizada de hacer política, quedó abierto el campo para que cualquier fulano de buena voluntad pudiera repetir en público y con todo el aplomo del mundo lo que comenta con los amigos en las gradas del estadio después de unas cuantas cervezas.
Es imposible esperar que la Asamblea vaya a ser algo diferente a lo que se ha visto y oído en la campaña. Sus futuros integrantes están condenados a repetir allá lo que ahora dicen como candidatos. Lo están, en primer lugar, por un elemental sentido de coherencia entre lo ofrecido y lo realizado. Ellos deberán sostener esas mismas posiciones en el momento de redactar la nueva Constitución, a menos que quieran poner en evidencia que todo eso fue solamente un truco para ganar votos.
En segundo lugar, lo están porque resulta obvio que, con contadas excepciones, no tienen una idea adicional a la que han plasmado en el mensaje publicitario. De tenerla, sencillamente la habrían puesto ahí. Aun dentro de las limitaciones de tiempo de las franjas asignadas es posible decir algo coherente, como lo hace día a día cualquier buen publicista con los escasos treinta segundos que tiene a disposición.
Pero toda esta levedad puede resultar muy útil cuando se quieren pasar de agache algunos asuntos de fondo. La estrategia es dejar que los candidatos se entretengan en la caza de votos –donde vale mucho el concepto del matrimonio monogámico, heterosexual y exclusivamente reproductor, expresado muy progresistamente por la modelo varias veces divorciada–, mientras por el otro lado se hacen los amarres para el proyecto de largo plazo. Uno de estos, el último pero no el único, es la conformación de una comisión encargada de adecuar las leyes a una constitución que aún no existe. Más allá de la incongruencia, esta es una forma de ir sustituyendo desde ya al Congreso, en su acción legislativa, por si no consiguen la mayoría necesaria para cerrarlo. El siguiente paso será encontrar otra argucia para sustituirlo en su acción fiscalizadora, que es la que verdaderamente puede contar en el futuro. No les resultará difícil hacerlo con la ayuda del Consejo de Universidades que, desempeñando patrióticamente su papel histórico, será el digno ejecutor de lo que altiva y soberanamente demande la patria.