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Edición del DOMINGO 9 de Septiembre del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Entre campanas y vajillas
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El Nazareno, mejor conocido como Jesús del Gran Poder.
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Texto: Alexis Gómez

El museo de San Francisco y la casa María Augusta Urrutia albergan arte, leyendas y bohardillas del Quito de antaño.

Perderse en el Centro Histórico de Quito no da miedo, al contrario, da gusto. El día empieza bien temprano, antes de que los turistas terminen de desperezarse. A las 06:30 y 07:00, las campanas de las iglesias repican y funcionan mejor que un reloj despertador. 

Aquí no se nos pueden pegar las sábanas, porque el tiempo es justo para recorrer iglesias,  museos, improvisar y perdernos –sin temor– del croquis de ubicación.

De Cantuña
La primera perdida nos llevó a la iglesia  San Francisco, cerca de las 09:00. Es necesario mirar arriba y a los costados para admirar tan magnífica edificación. Los fieles creyentes, acostumbrados a verla todos los días, ni se inmutan, mas los visitantes permanecen por horas observándola. 

Esta es una de las construcciones religiosas más grandes y hermosas de América, fundada por fray Jodoco Ricke en 1535. Guarda en su interior cerca de 4.000 objetos entre esculturas, lienzos y muebles. El mítico Cantuña hacia el año 1600 fue considerado arquitecto del atrio en un pacto ‘demoniaco’, donde este le ganó a Satanás, pues hasta ahora falta una piedra en uno de los bajantes de agua de las escalinatas.

El convento  San Francisco impresiona con sus 3,5 hectáreas, la hazaña de haber sido construido en la pronunciada inclinación de las faldas del Pichincha, el traje café oscuro de los frailes de ajetreado caminar y el museo creado en 1996 con trabajos originales de la Escuela Quiteña. 

Se exhiben obras de Miguel de Santiago, como la Inmaculada Eucaristía; Diego de Robles, el padre Carlos, Manuel Chili (Caspicara), Bernardo de Legarda, Gregorio de Vásquez, Mateo Mexía, incluso grabados alemanes del siglo XVIII.  El Vía Crucis de Cristo plasmado en esculturas, la negación de San Pedro, El Nazareno, mejor conocido como Jesús del Gran Poder (imagen sagrada de la procesión de Viernes Santo en Quito), cientos de iconografías (símbolos utilizados por artistas para expresarse). Calaveras que hablan de autores que no le temían a la muerte, porque creían que luego de una vida santa no había razón para temerle.

Bocetos de dibujos hechos con cera de abejas, sillones de un altar mayor bordados en terciopelo con hilos de plata, tres Cristos con tres rostros diferentes: agonía, aceptación y muerte. Más de 300 obras expuestas en este museo dentro de un convento.

La biblioteca, descrita en el siglo XVII como “la mejor biblioteca del Perú”, permanece cerrada. El tiempo y la humedad maltrataron páginas y cubiertas. Esta atesora un acervo cultural importante de la época Colonial. Libros incunables (únicos) y corales se conservan allí. Los corales con salmos, cánticos religiosos, eran elaborados por copistas que escribían en letras góticas, mientras pintores los decoraban con finísimos trabajos de orfebrería. En fin, un atesorado archivo de libros que ya se encuentra en proceso de restauración a beneficio de nuestra historia.

De ángeles, vajillas y vitrales
La segunda perdida ya pasado el mediodía nos dirigió al número 760 de la  calle García Moreno, a una peculiar casa en medio de iglesias. Era la vivienda de María Augusta Urrutia, quiteña de familia adinerada del siglo XIX que decidió trabajar por los pobres. Desde 1995, convertida en museo por su riqueza arquitectónica e histórica, es como un castillo de la realeza construido a menor escala y conservado a través de los años.

Una pileta en el centro da la bienvenida. Se respira antigüedad y religiosidad. Es que María Augusta fue una mujer muy católica, también devota de los arcángeles a quienes llamaba sus guardianes. Pequeños fragmentos de los huesos de San Pedro, Santa Marianita y San Pablo reposan en vitrinas expuestas. De exquisito gusto por los detalles, ella recopiló una singular  colección artística del talento nacional, además de decorar su hogar con diseños europeos. Las obras transcurren varias etapas del arte ecuatoriano, de la Colonia, de la época Republicana y del siglo XX.

Los muebles,  vitrales y adornos nos transportan al estilo de las familias pudientes del Quito de antaño. Las pailas de bronce donde se preparaban los dulces caseros, la vajilla francesa pintada a mano, el piso de cerámica traído de Bélgica, la tina de baño de Inglaterra, el joyero de 1798, la bacinilla de plata, el retrato de García Moreno, los muebles boulles elaborados con bronce e incrustaciones de madre perla, sillas con pan de oro, armarios hechos con carey que escondían cajones especiales para guardar dinero o cartas de amor secretas, y los votos matrimoniales de ella y Alfredo Escudero, su esposo, colocados al pie de la cama.

Augusta Urrutia

Nació en Quito en 1901. Se casó con Alfredo Escudero, quien a los pocos años murió. Creó un comedor infantil y la Fundación Mariana de Jesús. El primer orfanato de Quito, dio hospedaje a cientos de jóvenes de provincias. También donó los terrenos donde hoy se asienta el parque La Carolina.

Y satanás perdió

La leyenda cuenta que un indio llamado Cantuña se comprometió a construir el atrio del templo San Francisco. El tiempo era corto y él hizo un pacto con el diablo. Este a cambio le pidió su alma y Cantuña aceptó.
Los demonios empezaron la construcción que demoró una noche. Cuando Lucifer fue a buscar su alma, Cantuña descubrió que faltaba una piedra por colocar, lo cual anuló por completo el pacto. El indígena salvó su alma.

Augusta Urrutia, García Moreno 760 y Sucre.

Convento San Francisco, Cuenca 477 y Sucre. Casa María


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